La sesión analítica y el valor de la supervisión

Fecha: 26 agosto, 2026

Autor:

Erika Escobar

Cuando inicié mi supervisión, fue un momento clave para mi formación. Las teorías psicoanalíticas comenzaban a cobrar sentido, pero poco a poco comprendí que una cosa es acercarse a la teoría y otra muy distinta encontrarse con ella en la experiencia con el paciente. En el consultorio, los conceptos dejan de ser únicamente formulaciones teóricas y se transforman en una experiencia humana muy profunda que puede impactar, confundir, atemorizar y, muchas veces, conmover. Fui descubriendo que lo que ocurría en mí durante el encuentro con el paciente no era algo ajeno al proceso analítico; despertaba emociones, sensaciones y pensamientos que no siempre podía comprender de manera inmediata y que requerían ser pensados y elaborados en supervisión. Fue un proceso empezar a entender la transferencia y dejar de mirar solo el mundo externo para adentrarme al funcionamiento interno del paciente y observar cómo se pone en juego durante las sesiones.

Estamos inmersos todo el tiempo en el trabajo con los pacientes en una dinámica compleja de transferencia y contratransferencia, es decir, se pone en escena nuestro inconsciente, con nuestras fantasías y nuestros objetos internos buenos y malos junto con los de los pacientes, lo cual hace que el encuentro esté en un dinamismo constante.

En la sesión no solo escuchamos las palabras del paciente, también aquello que se expresa en los silencios, en nuestras reacciones corporales, en lo que parece que no tiene relevancia, en los gestos, en la tonalidad de voz, en las formas de vincularse y todas las emociones que aparecen dentro de la relación terapéutica. Muchas veces resulta difícil reconocer todo lo que está ocurriendo en el vínculo. Podemos sentir confusión, cansancio, enojo, tristeza, rechazo, impotencia o incluso deseos de rescatar o corregir al paciente.

Es a través de la supervisión que podemos acercarnos a lo que no logramos ver de las ansiedades del paciente, de sus fantasías inconscientes, de sus formas de relación, de sus objetos internos y los conflictos que organizan su vida psíquica.

Del mismo modo, podemos acceder a ellas a través de comprender lo que sucede en el encuadre: las llegadas tarde, las cancelaciones, los olvidos, las dificultades con los pagos o aquellos momentos en los que sentimos que algo del vínculo se pone en juego. Estas situaciones forman parte del encuentro con el paciente y requieren ese espacio adicional de supervisión para ser pensadas y transformadas, ya que por momentos están veladas para nosotros.

La supervisión psicoanalítica ofrece precisamente esa posibilidad: detenerse, revisar el material clínico y contar con la mirada de otro analista que, desde su formación y experiencia, pueda ayudarnos a comprender aquello que para nosotros permanece oculto e incluso, como menciona Clara Nemas (2026), la supervisión es también una “atmósfera de cocreación”, en la que las construcciones y conjeturas se pueden generar en el encuentro.

Asimismo, piensa que la supervisión se convierte en un espacio en el que el terapeuta puede ampliar su capacidad de pensar la experiencia clínica, tolerar la incertidumbre y mantener vivos los modelos teóricos sin quedar atrapado en ellos. Para ella, el valor formativo de la supervisión no radica únicamente en la adquisición de conocimientos o procedimientos técnicos, sino en favorecer un crecimiento de la mente del analista: una mayor capacidad para tolerar la perplejidad, sostener preguntas y construir comprensiones que no estaban disponibles inicialmente y poder imaginar con libertad.

Trabajamos inevitablemente con mapas: teorías, modelos, conceptos que nos orientan. Pero la experiencia clínica —el territorio— siempre desborda, en algún punto, esos mapas. Cuando esa diferencia se borra demasiado rápido, la experiencia corre el riesgo de ser reducida a lo ya conocido. En cambio, cuando puede sostenerse, aunque sea por momentos, se abre un espacio para la imaginación. (Nemas, 2026)

El inconsciente se manifiesta constantemente. Está presente cuando el paciente llega apresurado, cuando parece un niño pequeño buscando aprobación, cuando se disculpa por llegar tarde, cuando observa un cambio en el consultorio o cuando aparecen pequeños actos que parecen sin importancia, pero forman parte de la comunicación inconsciente. Aprender a captar estos movimientos requiere estudio, formación, experiencia y espacios de reflexión.

Finalmente, Fischer (2019), piensa que la supervisión es parte de la formación permanente del analista. Supervisar significa entender que el trabajo con el inconsciente requiere un espacio de interrogación continua. El supervisor no debería ocupar el lugar de un ideal o de un superyó que autoriza y dice qué hacer. El supervisor ayuda al analista a comprender desde qué posición está interviniendo y qué está ocurriendo en el vínculo transferencial. Entiende la supervisión como un espacio de encuentro, diálogo, investigación y aprendizaje, cuyo objetivo es que el analista pueda construir progresivamente su propio modo de ejercer la clínica.

En el diplomado “Supervisiones con analistas extranjeros: del inconsciente a la práctica psicoanalítica”, buscamos ofrecer un espacio de aprendizaje y enriquecimiento clínico a través del encuentro con analistas invitados de Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, Colombia, España y México, con una amplia trayectoria en la práctica clínica, la formación psicoanalítica y el intercambio académico.

Referencias:

Fischer, I. V. (2019). La supervisión y la formación del analista. Cuadernos Tópica, (5), 72–87. Ricardo Vergara Ediciones.

Nemas, C. (2026, 14 de abril). Cambio psíquico y comprensión imaginativa: El crecimiento de la mente del analista [Presentación]. Secretaría Científica, SAP.