La tristeza

Por Víctor Ruiz

 

Para hablar de los diversos cuadros depresivos y sus manifestaciones, diagnósticos, posibles causas y tratamientos, es necesario definir y diferenciar algunos conceptos que se emplean al estudiarlos. En esta ocasión, proponemos pensar en la tristeza.

 

La tristeza es una emoción y también forma parte de un estado de ánimo o, en todo caso, lo caracteriza. Una emoción es una experiencia subjetiva (es decir, involucra distintos sistemas de funcionamiento como el psíquico-mental y el orgánico) y multidimensional (dimensiones como la fisiológica, la sensitiva, la motivacional y el inconsciente). Dependiendo del modelo teórico, sus dimensiones cobran mayor o menor relevancia al entender la emoción.

 

Un estado de ánimo es también una experiencia subjetiva, pero a diferencia de la emoción, es más duradero. Por ejemplo, cuando la tristeza y otras emociones (como la desesperanza y la insatisfacción) se mantienen como la principal experiencia emocional, clínicamente se podría llamar depresión. Tiene como características ser más persistente y, en apariencia, no tener un origen claro. Algunas personas lo verbalizan haciendo alusión a la ira o la impaciencia: “Llevo un tiempo sintiéndome ansioso y no sé la razón” o “Desde hace unos días, ni yo me aguanto”.

 

Lo que se espera del estado de ánimo es que no sea estático o rígido. La flexibilidad emocional y la posibilidad de enriquecerse de las emociones se ven menoscabadas cuando una emoción o grupo de emociones permanecen por un largo periodo de tiempo dando forma al estado de ánimo. Esto aplica para cualquier emoción, por ejemplo, se podría considerar que sería muy bueno sentirse siempre alegre, pero la vida mental se enriquece gracias a la gama de emociones que, como humanos, experimentamos. Si alguien está alegre todo el tiempo, es posible que su estado de ánimo sea de hipomanía o euforia. En este estado, la persona podría ponerse en riesgo al ignorar las consecuencias de sus acciones. Podría mostrarse indiferente a las necesidades de otras personas, sin importarle cómo sus acciones impactarían en ellas, ya que no experimenta miedo o tristeza frente a la posibilidad de dañarlas o perderlas. En suma, experimentar tristeza —como emoción o como estado de ánimo— es natural, esperable y necesario para la vida humana. Lo que podría alertar y ser indicio de patología sería su presencia constante, dando forma a diversos cuadros depresivos cristalizados en una sola emoción o grupo de emociones.

 

Una separación, pérdida, decepción o fracaso son detonadores de la tristeza como emoción. Es muy probable que alguien que enfrenta un fracaso laboral, la muerte de un ser amado o la ruptura de un vínculo emocional, experimente tristeza. La dimensión sensitiva de la emoción sugiere la posibilidad de sentir y registrar cognitivamente la emoción. Conscientemente, nos sentimos impactados por la tristeza, cuya experiencia se padece porque suele ser desagradable y dolorosa. Sin embargo, no se puede dar por sentada esta capacidad en todas las personas; algunas experimentan una notable dificultad para registrar, sentir, comunicar y aprender de sus emociones. En diferentes cuadros psicopatológicos (por ejemplo, en adicciones, trastornos psicosomáticos o funcionamientos obsesivos) y cuadros depresivos, por mencionar algunos, se puede encontrar una dificultad para experimentar emociones, incluida la tristeza. Algunos casos de depresión crónica o estados de ánimo disfórico (como se les conoce en el campo de la psiquiatría), por ejemplo, se caracterizan por el extrañamiento emocional y el aplanamiento afectivo: las personas se sienten durante mucho tiempo con poca energía, desanimadas, indiferentes y sin posibilidad de disfrutar; todo sin que sientan la tristeza como emoción o como parte del estado de ánimo.

 

Desde la perspectiva psicoanalítica, Freud denomina afecto a la experiencia sensitiva de la emoción y señala que no se puede reprimir: por definición, el afecto se siente. También considera que es posible sentirnos afectados por una emoción, aun cuando no sepamos del todo la razón. De aquí la idea freudiana de unir, en el trabajo psicoanalítico, los afectos con sus representaciones. Por ejemplo, una persona que no entiende el porqué de su constante tristeza, en el trabajo analítico podría descubrir las causas inconscientes de su estado emocional; quizás está ligado a una experiencia de trauma temprano o a una dificultad constitutiva para vivir las separaciones, frustraciones e inevitables pérdidas de la vida que empiezan con la pérdida del vientre materno. Desde esta perspectiva psicoanalítica, se puede considerar que cualquier emoción y estado de ánimo son reflejo de un estado mental inconsciente. De él se desprenden distintos afectos que podremos percibir conscientemente, aunque no tengamos del todo claro su correlato u origen inconsciente.

 

Para Wilfred Bion (1962/1987), dar sentido y aprender de una experiencia emocional no es una tarea sencilla. Esta posibilidad depende de la capacidad para tolerar el dolor, la incertidumbre y el no saber. Si no se tolera la tristeza y la experiencia de desagrado y malestar psíquico que implica, es probable que sea evacuada o desterrada de la mente por cualquier medio. Esto conlleva varios problemas, entre otros, una capacidad disminuida para entrar en contacto con la realidad interna y externa, así como el empobrecimiento de la mente, pues no se nutre de las experiencias emocionales.

 

Por ejemplo, después de una ruptura amorosa, la persona que no tolera la tristeza podría culpar al otro, sintiéndose enojado o despreciativo, y considerar que no perdió nada, que es el otro el que debería estar arrepentido. Si la persona se permite ser impactada por la tristeza y otras emociones que acompañan al estado emocional del duelo, podría dar sentidos profundos y enriquecedores a la dolorosa experiencia de pérdida. Podría responsabilizarse de lo que hizo o dejó de hacer para que la relación no avanzara e incluso podría experimentar agradecimiento por lo que encontró en dicha relación.

 

En cuanto a la dimensión motivacional o social, se piensa —desde la psicología y la antropología— que la emoción comunica y sirve de algo. Sabemos cuándo alejarnos de una persona que manifiesta ira en su rostro, y cuándo acercarnos si se muestra triste y requiere apoyo. El componente social de la emoción es necesario para la convivencia en grupo. También está ligado con aspectos filogenéticos y evolutivos: las emociones han ayudado a la supervivencia de nuestra especie. En el caso de la tristeza, su utilidad motivacional y social permite mantener y fortalecer el lazo social; el grupo que cuida de sus integrantes y se entristece por sus desgracias tiene mayor posibilidad de subsistir.

 

Finalmente, tenemos la dimensión fisiológica. Gracias al avance tecnológico y a la investigación médica, sabemos que la tristeza activa estructuras cerebrales y circuitos neuronales específicos. Se han hecho estudios para determinar qué agentes bioquímicos (hormonas y neurotransmisores) están relacionados con los estados de ánimo vinculados con la tristeza. Igualmente, se ha estudiado la comorbilidad de los cuadros depresivos con hipo e hipertiroidismo, cáncer, fibromialgia, Parkinson, tuberculosis, osteoporosis y accidentes cerebro vasculares, entre otros.

 

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Referencias

 

Bion, W. (1987). Aprendiendo de la experiencia. Paidós. (Obra original publicada en 1962).

 

Chóliz, M. (2005). Psicología de la emoción: el proceso emocional. Universidad de Valencia.

 

Freud, S. (1992). Inhibición, síntoma y angustia. Obras completas. (vol. 20, pp. 71-163) Amorrortu editores. (Obra original publicada en 1926).

 

 

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