La (trans)formación psicoanalítica

Enseñar sin un grave temor,

sin una atribulada reverencia

por los riesgos que comporta,

es una frivolidad.

Hacerlo sin considerar cuáles puedan ser

las consecuencias individuales y sociales

es ceguera.

Enseñar es despertar dudas en los alumnos,

formar para la disconformidad.

Es educar al discípulo para la marcha.

Georges Steiner, Lecciones de los maestros.

 

Por Jorge Salazar

Como todo oficio, el psicoanálisis no se puede enseñar, pero se puede aprender. Se aprende mediante su puesta en práctica, a través de la experiencia que se adquiere en corroborar o refutar hipótesis, en comprobar o desechar teorías, en aplicar ideas y conceptos, inicialmente vacíos de sentido, a la compleja realidad humana para así dotarles de significación, siendo este aprendizaje la única manera posible en la que los conocimientos teóricos y abstractos se transforman en experiencias vividas, emocionalmente significativas que, a diferencia de aquellos, mutables y prescindibles, son indispensables y dejan una huella profunda e imborrable en el aprendiz.

El oficio se aprende observando con detenimiento al maestro en su taller, ocupado en su quehacer y mostrando a los estudiantes sus destrezas y habilidades desarrolladas a su vez en su propia práctica, ya sea que se encuentre resolviendo los problemas comunes y ordinarios de su labor, enfrentando diversos desafíos que requieren nuevas soluciones o creando ideas originales y perfeccionando las herramientas y técnicas que emplea en la realización de su trabajo. Así, el saber del maestro se transmite por medio de su experiencia, por el despliegue natural de su arte y su técnica —de su maestría en el dominio de su oficio—, por la exposición didáctica de sus capacidades y talentos ante la mirada atenta y curiosa de sus entrenados, tanto o más que por la comunicación de los conocimientos que posee sobre su materia.

El deseo del maestro por enseñar nace del anhelo de compartir su saber con los otros, sobre todo con los más jóvenes, al valorar la enseñanza como un medio para que el individuo alcance la realización personal. La educación y la formación son los pilares fundamentales sobre los que se asienta el desarrollo de la personalidad y constituyen firmes referentes para sostener la práctica de aquellas disciplinas que contribuyen a ennoblecer el espíritu. Guiado por el deseo de enseñar, el maestro se coloca como un eslabón de la cadena de transmisión que vincula a las nuevas generaciones con la tradición, al presente con el pasado, a lo moderno con lo ancestral, sin desestimar ni lo uno ni lo otro, sino conciliando la fascinación que despierta lo nuevo con el interés de preservar el legado en un diálogo permanente con la historia. El buen maestro orienta al alumno sin restringir, persuade sin coerción y fomenta valores sin imponerlos. Su enseñanza es testimonio de la coherencia con la que vive su propia vida y aplica sus convicciones en su persona antes que en los otros, de ahí que, como sabemos, sin dar un buen ejemplo de sí mismo, no hay enseñanza posible.

El alumno, por su parte, al seguir de cerca al maestro, paso a paso en la exposición de su saber, aprende de él en un inicio más por imitación que por comprensión. En efecto, el aprendizaje en sus primeras etapas es un proceso vinculado con los mecanismos de identificación en los niveles tempranos del desarrollo psíquico que darán pie, en etapas posteriores, a la posibilidad de comprensión con la participación de las propiedades maduras de la mente. La diferencia que media entre aprender como paso inicial y aprehender, en el sentido de capturar la esencia o de asirla como logro definitivo, consiste en la asimilación del saber en lo más íntimo del ser, quien así transforma un conocimiento meramente intelectual en una comprensión emocional, genuina, profunda y significativa. La persona que logra aprehender no permanece igual a sí misma puesto que se transforma mediante la influencia que ejerce el proceso de aprendizaje.

El oficio psicoanalítico no solo se debe aprender, sino que es preciso aprehenderlo. Para ello es necesario dedicar largas horas a su estudio, pero más todavía al entrenamiento y la práctica clínica. Conscientes de esta realidad y decididos a enfrentarla, hace treinta años Celia Leiberman y Norberto Bleichmar —Celia y Beto— crearon una escuela, para fortuna de quienes hemos sido sus alumnos, con las condiciones propicias para ofrecer una formación psicoanalítica de calidad, así como para brindar un espacio favorable para la discusión, transmisión y comprensión del pensamiento psicoanalítico. Con base en el modelo del taller, concibieron al Centro Eleia como una institución para albergar y difundir la enseñanza del psicoanálisis en forma diferente a los usos y costumbres de las organizaciones psicoanalíticas de entonces. Jóvenes aún, Celia y Beto habían visto ir y venir distintas modas psicoanalíticas, pero, sobre todo, instituciones académicas penosamente desgajadas por conflictos internos y desvirtuadas de sus propósitos formativos. Eleia no iba a repetir la misma historia, por lo que asumieron su dirección con firmeza y visión del futuro. Su enseñanza, sabia y generosa, sustentada en los principios que he descrito más arriba, no escatimó recursos ni tiempo para mostrar su vasta experiencia a través de la impartición de clases teóricas en las que la clínica es la principal protagonista, de supervisiones individuales y grupales y de numerosas publicaciones que contienen la esencia de su pensamiento. El énfasis de su enseñanza, junto con la pluralidad de perspectivas teóricas, recae en la horas de práctica que requiere el dominio del oficio psicoanalítico, lo cual llevó a que el Centro Eleia, desde su fundación, estableciera como fundamento de su misión educativa el que la experiencia personal del alumno obtenida en la clínica fuera la manera idónea de aprehender a pensar psicoanalíticamente.

Treinta años dedicados con éxito a la formación psicoanalítica, transformando vidas con invaluables lecciones, que felizmente celebramos en este aniversario, demuestran el acierto de la vocación pedagógica de nuestros maestros y la excepcionalidad de su enseñanza. ¡Felicitaciones, Centro Eleia!