La depresión materna y su impacto en el bebé

Por Fernanda Aragón

 

Es frecuente escuchar que la maternidad es un gran reto, que es un proceso altamente demandante por la energía, la administración y el trabajo que demandan las tareas del hogar o porque los bebés piden mucho. A veces, se le mira con miedo; otras veces, con gran deseo. Sin duda, es un camino que la mujer irá recorriendo con distintos matices. ¿Qué pasa cuando la maternidad se colorea en tonos gris, donde no hay entusiasmo ni ninguna clase de disfrute?  ¿El bebé se verá trastocado por ese ánimo disminuido de mamá?

 

La tristeza no es sinónimo de depresión. La tristeza es una emoción que puede despertarse por algún desencuentro, por alguna falla propia o de alguien a quien se le quiere, incluso, por el clima frío. La depresión va más allá que un día malo o un leve desgano. Esta implica estar invadido por un sentimiento persistente de poca valía, de tener poco o de nulo interés en las actividades que solían llenarnos de alegría o que resultaban placenteras. El hambre se altera, ya sea que se coma de más o que se olvide probar alimento. Lo mismo pasa con el sueño y con las relaciones sexuales. Varias áreas de la vida quedan nubladas por una densa capa grisácea de dolor.

 

Ahora, si hablamos de la sensación de poca valía e interés por todo aquello que no tenga que ver con el ánimo es lo que predomina, ¿cómo podrá conectarse una madre con su bebé? Mamá estará instalada en sí misma, tratando de sobrellevar lo que le aqueja; su mente ocupará mayor espacio y energía para pensar en lo que ha perdido, que en intentar entender qué necesita su bebé y qué clase de malestar estará apareciendo en la pequeña criatura para calmarlo, entenderlo y darle lo mejor de sí misma.

 

El bebé está tan indefenso que necesita que alguien más satisfaga las necesidades más básicas para sobrevivir y, al mismo tiempo, las necesidades emocionales de sentirse protegido, amado, escuchado. Una madre deprimida otorga primacía a su acongojamiento; se desconecta de todo aquello ajeno a sí misma, incluido el pequeño bebé. Este, entonces, queda a merced de incomodidades corporales, como cólicos o hambre, que incrementan al grado de vivir un terror de aniquilamiento.

 

La relación entre el bebé y su madre deprimida queda deprimida también. Nada de lo que ocurre entre ellos es capaz de vitalizarla, de llenarla de alegría o de construir un vínculo cercano y protector. Podríamos hablar de desolación y desesperanza, como las emociones principales que marcarán ese lazo de unión entre ambos personajes de la díada.

 

Resulta bastante doloroso pensar en esas emociones tan tristes; apachurran el corazón de quien ve ese grado de descuido y ni hablar de quien lo vive en carne propia. Generalmente, se piensa que las madres conectadas con sus bebés se entusiasman con cada logro alcanzado por esa pequeña criatura indefensa y que da seguridad verlo fortalecido y creciendo sano. Se dice que “traen torta bajo el brazo”, cuando en realidad, los padres se encargan de hacer maravillas por brindarle lo mejor de ellos. Cuando una madre está deprimida, nada logra inyectarle esperanza o disfrute, ni siquiera un hijo que ha nacido de ella.