¿Cuánta privacidad debo darle a mi hijo adolescente?

Por Javier Fernández

La privacidad y la intimidad son exigencias que el propio desarrollo emocional del adolescente demanda. La consolidación de su identidad también depende de estos dos factores. Sin embargo, es doloroso darnos cuenta de que esta privacidad la necesita más cuando está dentro del núcleo familiar: apenas acaba de comer y no quiere convivir más tiempo; trae puestos sus audífonos para anular el “ruido” del exterior. ¿Qué sucede en ese cuarto donde se encierra durante horas? ¿Qué escribe en su chat? Nada más lo vemos reírse solo, cuando en casa no suelta ni una sonrisa y menos un comentario. Las palabras que le decimos y reflejan nuestra preocupación, interés y cuidado son percibidas como una invasión a su intimidad. Lo más importante es entender por qué el adolescente necesita de esa privacidad; de esta forma el dolor que nos causa su alejamiento podrá disminuir y nuestra necesidad por ser escuchados y de cercanía no será vivida como un disturbio a su espacio vital.

 

El adolescente que busca alejarse del sistema familiar y apegarse con ahínco a sus amigos refleja un buen pronóstico, ya que busca la identificación con su grupo de pares. Lo que sucede en dicho grupo es un momento experiencial necesario para la formación de una identidad propia que debe ser vivida en la intimidad. De ahí que las opiniones de los padres no sean bienvenidas e incluso sean rechazadas. Los muros que ponen los hijos son infranqueables; cualquier grieta desde su mundo interno pone en riesgo la estructuración de su identidad. Esto no quiere decir que como padres nos debemos quedar callados; solamente debemos entender que en ese momento no hay “quien” nos escuche y la insistencia será contraproducente. El respeto por su espacio contribuirá a que no se nos viva como una amenaza para sí mismos y así se abra la comunicación y la confianza.

 

Aberastury (1971) afirma que el sentimiento de soledad es típico en el adolescente y que la verdadera capacidad de estar solo es un signo de madurez, la cual se logra después de estas experiencias de soledad a veces angustiantes en la adolescencia. ¿Qué nos lleva a irrumpir en esta experiencia que viven los hijos? En principio, pensar que están haciendo algo malo: hay quienes no tocan la puerta del cuarto para “sorprenderlos en el acto”, el acto que como padres fantaseamos. Me parece que nuestra curiosidad, no soportar la exclusión y el dolor de sentir que “no nos necesitan” es lo que nos lleva a invadir su privacidad.

 

Un proceso fundamental en la vida del adolescente es el florecimiento de su sexualidad: necesita explorar, experimentar y vivirla a través de su cuerpo y posteriormente con una pareja. Con frecuencia nos cuestionamos cuándo tendremos la plática sobre la sexualidad con ese hijo y por qué nunca nos habla de eso. En esta área es donde el adolescente puede sentir más invadida su intimidad; es de esperarse que aleje estos temas de los padres, que se sienta avergonzado o los evada si es cuestionado directamente. Hay que esperar que sean ellos los que se acerquen. En la mayoría de las ocasiones piden hablar con alguien que no sean los padres, como, por ejemplo, con algún terapeuta; nuestra forma de ayudar se torna indirecta pero esencial al respetar su espacio y no imponer nuestras condiciones. 

 

Hasta ahora he descrito conductas, emociones y aspectos que, aunque parezcan desadaptativos, reflejan a un adolescente en búsqueda de su identidad, crecimiento y autonomía. En el momento en que la arrogancia y soberbia dominan su funcionamiento mental es cuando debemos intervenir, porque lo que reclama como “su privacidad” es solo parte de su agrandamiento y omnipotencia, características que tienen que ver con la sensación de que puede controlar todo y, peor aún, que “ya lo sabe todo”. Cuando esto sucede, se pone en riesgo tanto su salud como su vida; su privacidad, entonces, pasa a segundo plano.

 

En este sentido, a un adolescente aislado, retraído y sin necesidad de socializar debemos considerarlo como una alerta y es en su privacidad donde podremos encontrar alguna respuesta; es la preocupación real la que guía nuestra intervención como padres y, aunque al inicio sea difícil la aceptación de recibir ayuda, se dará paulatinamente.

 

En conclusión, a las situaciones reales de riesgo en las que pueden estar inmersos los hijos debemos diferenciarlas de nuestros propios conflictos como padres, que se manifiestan ante el crecimiento y separación de los hijos.

 

Referencias

 

Aberastury, A. (1989). Adolescencia. En Knobel, M. y Aberastury, A. (eds). La adolescencia normal. Buenos Aires: Paidós.