La función del analista

Por Fernanda Aragón

 

La cercanía emocional entre paciente y analista permite construir un vínculo suficientemente sólido para volcar los estratos neuróticos, no neuróticos y psicóticos de la mente. Hablar con total libertad sobre lo que se tiene dentro o se experimenta a nivel sensorial y corporal sólo es posible si ambas partes de la diada confían en ese trabajo conjunto orientado hacia la comprensión.

¿Cómo se puede construir un vínculo sólido, confiable, cercano y persistente? Autores como André Green consideran de vital importancia la capacidad de escucha y la figurabilidad imaginativa, mediante las que el analista puede ayudar al analizado a concebir ideas que no se le habrían ocurrido, así como la elaboración de la contratransferencia. Memoria preconsciente, historización, interpretación y construcción, forman parte del arsenal técnico, en el que el psicoanalista tiene la responsabilidad de entrenarse duramente.

          En la actualidad, las manifestaciones psicopatológicas se han complejizado y transformado, generando cierto predominio de lo no neurótico en la clínica contemporánea. Autolesiones, problemas alimentarios, adicciones, depresiones blancas y enfermedades autoinmunes, solo por mencionar algunos padecimientos frecuentes por los que consulta, dejan ver la necesidad de un abordaje distinto, al menos durante un tiempo, con respecto a la técnica clásica.

          Green (1993) menciona que los pacientes narcisistas o que viven el complejo de la madre muerta no se verían beneficiados únicamente de recibir interpretaciones acerca del odio. Él considera que el núcleo central, llamado desinvestidura del objeto primario, debe ser nombrado y descubierto en la transferencia para que la experiencia pueda procesarse, utilizando nuevos recursos y dotando de comprensión emocional aquello que ya se ha vivido previamente.

          Lo interesante de este tipo de manifestaciones clínicas radica en que el paciente no identifica esas vivencias como motivo de consulta para resolverlas y continuar adelante; más bien, carece de registro de que un desastre como aquel tuvo lugar en su vida o en la de su objeto materno.

¿Cómo podrá el analista acceder a aquel núcleo si el paciente no lo recuerda? Con gran agudeza en la escucha, prestando atención a la comunicación no verbal y registrando continuamente su contratransferencia, el analista podrá detectar que en el vínculo se ha generado una “depresión de transferencia” y que, una vez concluida la sesión analítica, el paciente se recompone y puede continuar con su vida cotidiana “como si nada hubiera sucedido”.

          Por su parte, Winnicott (1971) ha enfatizado la importancia de proponerse como un objeto vivo e interesado, prestándole su capacidad imaginativa al paciente, así como de ser altamente cuidadosos del manejo de los silencios, pues, a diferencia de las personalidades neuróticas, la reflexión no será algo promovido por aquella ausencia de palabras.

           No cabe duda alguna de que la función del analista es importante para echar a andar la maquinaria del análisis; sin embargo, estamos advertidos de que es importante desarrollar distintas herramientas técnicas para comprender y abordar la diversidad psicopatológica contemporánea.

 

REFERENCIAS:

Green, A. (1993). La madre muerta. Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. Amorrortu.

Green, A. (2000). Ejes organizadores de la patología. Ideas directrices para un psicoanálisis contemporáneo. Amorrortu.

Winnicott, D. (1971). El uso del objeto y la relación por medio de identificaciones. Realidad y juego. Gedisa

 

 

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