Depresión infantil

Sara Dweck

Una de las causas más frecuentes por la que los niños acuden a consulta se refiere a las depresiones infantiles. Lo menciono en plural porque este padecimiento se presenta de múltiples formas en los niños y sus síntomas pueden confundirse fácilmente con otras patologías como déficit de atención, trastornos psicosomáticos, trastornos de ansiedad, fobias, trastornos del sueño, trastornos de la alimentación, trastornos de la sexualidad (masturbación compulsiva y actividades autoeróticas), entre otros.

Por esta razón, es de suma importancia conocer los signos y síntomas que acompañan a la depresión infantil. Estos se presentan en forma de berrinches, llanto excesivo sin causa aparente, desobediencia, apatía para jugar, poco interés en actividades que antes disfrutaban, flojera y pasividad, continuas quejas por afecciones físicas —dolores de cabeza, dolores de estómago, resfriados frecuentes, etc.—, aburrimiento, baja autoestima que se presenta en forma de descuido y abandono personal, aislamiento social, excesiva agitación motora, manifestaciones de júbilo y buen humor constante, repetidos accidentes que representan intentos suicidas.

Las causas de la depresión infantil generalmente tienen que ver con duelos, traumas o separaciones. Pueden deberse a la muerte o separación de algún ser querido —padres, abuelos, hermanos, tíos, amigos, niñeras, mascotas—, a la separación materna en la fase de separación-individualización, al divorcio o la separación de los padres, peleas constantes entre los padres, el nacimiento de algún hermano(a), cambios de casa y escuela, migraciones frecuentes, el despido laboral o el trabajo excesivo de alguno de los padres con ausencias prolongadas del hogar, y depresiones frecuentes de los padres. La intensidad dependerá de la edad y la constitución psíquica del niño, así como el tipo de evento. A continuación, relataré brevemente el caso de una niña de 7 años que padece una depresión por un duelo enquistado.

El caso de Ceci

Los padres de Ceci, como llamaré a mi paciente, consultaron debido a que su hija tenía mucho miedo a los perros, situación que empeoró hasta casi incapacitarla para salir de su casa; solo se sentía segura en el colegio y dentro de su hogar. Ceci es la tercera hija y la más pequeña del matrimonio, ya que tuvieron otra hija menor que murió súbitamente diez meses antes de la primera sesión, una niña sana y jovial de 2 años. Este evento provocó que los padres y toda la familia quedara devastada. Los padres mencionaron que Ceci no pudo llorar cuando le anunciaron que su hermanita había muerto, tampoco podía tocar el tema; al contrario, adoptó una actitud de adulta y consolaba a su madre. Al poco tiempo, Ceci bajó su rendimiento escolar, se convirtió en una niña aislada e insegura en algunos aspectos de su personalidad y deseaba permanecer el mayor tiempo posible cerca de su madre.

Cuando conocí a Ceci por primera vez, era una niña temerosa, ensimismada y un poco aplanada afectivamente, además de que mantenía largos periodos de silencio. Cuando le pregunté la razón por la cual sus padres la habían traído a consulta, me comentó el miedo que sentía a los perros, sobre todo a aquellos que son pequeños, pues saltan mucho, son juguetones, muerden cuando están muy emocionados y, debido a que son cachorros, no es posible domarlos. En los primeros encuentros, Ceci no hablaba para nada sobre la muerte de su hermanita. Solía jugar “Adivina quién” o “Uno” y lo hacía sin júbilo ni emoción. El contenido de su escueto discurso giraba en torno a su temor a los perros, las dificultades con sus compañeras de escuela y sus preocupaciones por uno de sus hermanos que padecía frecuentes alergias que le causaban enrojecimiento en los ojos, flujo nasal constante y dolores de estómago. Otra de sus preocupaciones se refería a la ausencia de su padre cuando tenía que hacer un viaje de negocios o a la de su madre cuando tardaba en llegar a casa. En el contenido latente de su discurso siempre existía el temor a perder a alguien de su familia.

En varias ocasiones llegó a la consulta con grandes ojeras y muy cansada. Cuando le pregunté sobre esto, me respondió que no dormía profundo. Le pedí que me contara algún sueño y me dijo que no soñaba nada y que prefería estar despierta, que no le gustaba dormir ni la noche porque todos dormían y ella se sentía con miedo. Le interpreté que parecía que dormir significaba para ella como morir un poco. Contestó le parecía horrible. Entonces, agregué: “sí, te entiendo. Debe ser horrible vivir angustiada pensando que alguien se puede morir en cualquier momento”. Le comenté que sus papás, cuando se entrevistaron conmigo, hablaron sobre la muerte de su hermanita. Ceci me dijo: “no quiero hablar de eso. Mejor que te lo platique mi mami, ella te lo puede contar, pero me choca cuando lo hace porque llora mucho”. Mencioné que, dentro de sus pensamientos y sentimientos, quizá se sentía culpable porque, en su fantasía, ella quería y, al mismo tiempo, odiaba a su hermanita. Además de que veía sufrir a sus padres, pero ella no se permitía dejar salir esas emociones, ya que se había sentido muy celosa cuando nació su hermana y ahora se sentía muy mal por albergar tantos sentimientos negativos hacia ella.

Se acercaba el periodo de vacaciones de semana santa. En la última noche de la semana de pascuas, habló sobre un sueño que tuvo: “soñé que estaba en el jardín de la casa de mis primos y estábamos jugando todos. Mi hermanita estaba en una resbaladilla y yo la cachaba desde abajo; pero, de pronto llegaba un señor que cuidaba perros, venían amarrados con una cuerda, hasta que uno de ellos se soltaba y corría hacia mí. Ahí me desperté”. En este punto del análisis, Ceci ya hablaba más sobre la muerte de su hermanita durante las sesiones y comunicaba muchos detalles cotidianos que habían vivido juntas. Empezó a sentir placer por sus actividades, se la veía con un semblante más relajado y sonreía más. En algunas ocasiones, Ceci me preguntaba si yo alguna vez tuve miedo a los perros o si yo sabía lo que se sentía experimentar la muerte de un ser querido.

Al acercarse las vacaciones de verano, Ceci empezó a sentir más placer por sus actividades de verano y me comentaba su deseo por dominar su temor hacia los perros. En una entrevista con los padres posterior a este periodo vacacional, me comentaron que Ceci logró irse de campamento sin ningún contratiempo y, en un viaje con ellos a la playa, pudo acariciar a un perrito cuya dueña lo cargaba en brazos. En este caso, podemos observar varios elementos: el duelo por la hermanita muerta fue una situación traumática muy fuerte e inesperada que la deprimió porque, en su fantasía, los sentimientos de hostilidad hacia la hermana la habían dañado irremediablemente hasta la muerte. Esto generó un sentimiento de culpa y un enojo que se revirtió retaliativamente y se depositó en los “perros bebés” que la podían dañar.

En la transferencia, esa hostilidad fue evidente desde un inicio en el alejamiento emocional que tuvo conmigo; aunque su actitud siempre fue cooperativa, pues sufría y deseaba deshacerse de esos sentimientos que la atormentaban y la incapacitaban. También pude observar varios aspectos de la sintomatología de una depresión relacionada con una causa traumática ocasionada por el duelo que se produjo en la niña: bajo rendimiento escolar, falta de sueño, aislamiento social, preocupaciones excesivas ante la separación de sus seres queridos, cansancio y apatía por actividades que a cualquier otro niño le generarían placer, y fobia a los perros. Al concluir su análisis, Ceci logró comprender la causa de sus miedos y obtuvo un entendimiento más amplio de su propio funcionamiento mental.

El tema de las depresiones infantiles es vasto y aún hay mucho por aprender. En el Diplomado “Neurosis y psicosis en el infante” profundizaremos sobre el juego diagnóstico, el mundo interno y el funcionamiento psíquico de los niños depresivos, así como la dinámica familiar y escolar en sus vidas, todo ello por medio de ejemplos de diversos casos clínicos.