Transferencia positiva, ¿una aliada en el análisis?

Por Mariana Castillo

La transferencia es un proceso universal que se desarrolla en todas y cada una de las relaciones o vínculos que establecemos. Freud (1905) redimensiona, en su experiencia de analizar a Dora, el lugar de la transferencia como una valiosa herramienta —que se convertiría en uno de los pilares del proceso analítico— al pensar que, la tendencia natural del sujeto a repetir, en el vínculo con el analista, deseos, emociones y relaciones infantiles y tempranas daba oportunidad de mostrar al paciente las motivaciones de sus conflictos inconscientes dentro del campo de batalla de la sesión analítica. Es a través del encuadre, que el método adquiere la potencialidad de detectar y describir la transferencia por medio de la interpretación.

La transferencia tiene mil caras y toma forma a partir de las infinitas conflictivas del paciente. Freud (1912) y, posteriormente, Melanie Klein (1952) abordaron el problema de la transferencia unido a la naturaleza ambivalente de los vínculos. Con fines explicativos, se suele hablar de transferencia positiva y de transferencia negativa; dos expresiones transferenciales básicas que surgen de manera complementaria en el proceso psicoanalítico dada la naturaleza de toda relación, siempre matizada por el amor y el odio.

En este artículo, nos centraremos en la transferencia positiva, al ser el elemento necesario para que un análisis pueda germinar; es decir, que se requiere de un poco de amor para sostener el encuentro con el analista. La transferencia positiva se refiere a la repetición o actualización, en el vínculo con el analista, de los afectos tiernos y amorosos. Es preciso aclarar que, en psicoanálisis, el amor se piensa siempre unido a la hostilidad y odio, pues  son elementos inseparables que habitan en toda relación, y la relación analítica no es la excepción.

Etchegoyen (1986) menciona que la transferencia es para Freud un fenómeno predominantemente erótico. Con esto, se refiere a que la posibilidad de transferir proviene de una tendencia a libidinizar al otro; que posteriormente, se convertirá en un punto de controversia. Aun así, Freud se ve en la necesidad de hacer una primera clasificación, señalando una transferencia positiva y otra negativa.

En la transferencia positiva, distingue dos modalidades: la transferencia erótica y la transferencia erótica sublimada. En la primera, se repiten los deseos amorosos de la sexualidad infantil en busca de satisfacción —como él mismo estudia—  pueden convertirse en una resistencia o en fuerza contraria al propósito del análisis, que para Freud se relaciona con hacer consciente lo inconsciente.  La segunda, la transferencia positiva, es la portadora del éxito del análisis, al permitir y sostener el proceso psicoanalítico que requiere de un sentido de confianza, auspiciado al inicio por la idealización del analista. Esta idea es retomada por otros autores. Por ejemplo, Klein (1952) sostiene que, al inicio del análisis, se juega en la transferencia la idealización temprana, como en un momento del desarrollo es necesario idealizar primero a los objetos, para así poder confiar en ellos y, posteriormente, integrarlos con los aspectos hostiles. Esta idealización puede durar poco tiempo o tardar un poco en aparecer, como en el caso de aquellos pacientes que inician con predominio de una transferencia negativa.

Todo paciente que puede iniciar un tratamiento lo hace porque ha transferido ciertas funciones al analista. Esto lo podemos observar, en las primeras sesiones, cuando los pacientes se sienten aliviados tan solo al atravesar la puerta del consultorio, al ser escuchados, al escuchar nuestra voz. En realidad, el alivio inicial no responde a nuestro trabajo —el cual todavía no ha iniciado— sino que proviene de lo que el paciente ha volcado en la relación que inicia con su analista. Es deseable que esto se conserve, pero muchos autores consideran que la transferencia positiva, al igual que la negativa, debe interpretarse con el fin de describirle al paciente la motivación y la conflictiva que se ponen en juego en la transferencia.

Klein, al estudiar las relaciones de objeto temprano, nos advierte de la complejidad del conflicto amor y odio, de la escisión y la identificación proyectiva. Es decir, que cuando un paciente nos muestra pleitesía (respeto, admiración, etc.), cuando está encantado con todo lo que le decimos, conviene preguntarnos donde está colocado el odio que se mostrará tarde o temprano con la misma intensidad. Recuerdo a una paciente que, al escucharme, me decía que mi voz era como escuchar a los ángeles. Yo intentaba explicarle que lo que yo tenía para decirle parecía menos importante que escuchar mi voz, algo que la calmaba, pero convenía también hablarle de la idealización. No dejaba de preguntarme qué pasaría cuando me escuchara con la voz de los demonios.

Meltzer (1987), por su parte, considera que en toda mente existe una parte adulta de la personalidad capaz de escuchar al analista. A esta parte, es a la que se le describe, por medio de las interpretaciones, el funcionamiento del mundo infantil que es el que demanda satisfacción. Por ejemplo, en una sesión, una paciente cuenta tres sueños, uno tras otro. En uno de ellos, aparece la imagen de una sirena que con su canto mantiene hipnotizados a unos marineros que la observan boquiabiertos. La parte infantil de la mente que aparece plasmada en el sueño, y en la transferencia, es la de la niña exhibicionista (sirena) que con su canto tiene embelesados a los padres, a los amantes, y también es la que busca hipnotizar al analista con el relato de sus sueños. A la parte adulta —que es la que trae a la niña a la sesión y la que le da un lugar importante a los sueños— se le puede explicar que, en esta ocasión, los sueños tienen la función de encantar y, tal vez, no tanto la de comunicar o pensar. La parte adulta es una aliada que promueve la confianza, el amor por el trabajo y la búsqueda de la verdad.

Una idea similar aparece alrededor de la alianza terapéutica. Los psicólogos del yo consideran que este es un aspecto que sostiene el trabajo analítico, auspiciado por una parte de la mente que está libre de conflicto y en posibilidad de escuchar y aliarse con el objetivo del análisis.

Pensar acerca de la transferencia positiva nos dirige al terreno de la técnica y la interpretación. En el encuentro científico: Amor, odio transferencia e interpretación, exploraremos la relación inseparable entre estas coordenadas.

Referencias

Etchegoyen, R. H. (1986). De la transferencia y la contratransferencia. En Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (pp. 91-270). Amorrortu.

Freud, S. (1905). Fragmento de un análisis de un caso de histeria (Dora). En Obras Completas (vol. 7). Amorrortu.

Freud, S. (1912). Sobre la dinámica de la transferencia. En Obras Completas (vol. 12). Amorrortu.

Klein, M. (1952). Los orígenes de la transferencia. En Obras Completas (vol. 3). Paidós.

Meltzer, D. (1987). El proceso psicoanalítico. Ediciones Hormé.