Pasiones, funcionamiento psíquico, transferencia y contratransferencia

Por Miguel Eduardo Torres Contreras

 

Pasiones, afectos, emociones y sentimientos son algunos de los términos que se han utilizado para nombrar y entender la vida afectiva del ser humano. Esto muestra que hay cierta confusión terminológica para hablar de esta dimensión de su vida psíquica. Si bien es importante la manera como se nombran las cosas, los fenómenos y las distintas realidades, para evitar entrar en discusiones semánticas, entenderemos como sinónimos todos estos conceptos y que, para efectos de este texto, significan la experiencia afectiva como realidad inherente al psiquismo humano.

Desde los orígenes del pensamiento filosófico y científico occidental, la vida afectiva del ser humano ha sido objeto de reflexión. Platón (427 – 347 a. E.), por ejemplo, dedica dos diálogos al tema del amor: El banquete y Fedro. Por su parte, Aristóteles (384 – 322 a. E.) con su noción de virtud como el término medio entre dos extremos, plantea que la razón ha de guiar las pasiones para evitar que lleguen a cualquiera de los dos extremos. Siglos después, B. Pascal (1623 – 1662) propone su célebre afirmación: “El corazón tiene razones que la razón no conoce” (1996, p. 131). Ya en tiempos más cercanos, M. Heidegger (1889 – 1976) en su principal obra El ser y el tiempo (1927), sostiene que la afectividad, el ser afectado, es la primera forma que tiene el ser humano de saber de sí mismo. En otras palabras, empieza a saber algo de sí mismo cuando es afectado por el medio físico y las demás personas; ser afectado por algo es tomar conciencia de ese algo y de sí mismo. Sin embargo, se puede decir que, en términos generales, a lo largo de los siglos la afectividad del ser humano fue devaluada, dando primacía a la razón y en oposición a esta. En nuestros días, debido al auge de las neurociencias, hay toda una serie de investigaciones sobre las emociones desde el punto de vista neurobiológico.

Con el surgimiento de la psicología, y en especial del psicoanálisis, la dimensión afectiva del ser humano pasa a ser objeto de reflexión y comprensión desde una nueva perspectiva. En efecto, para S. Freud (1856 – 1939) la vida afectiva, los afectos como los denominaba, son inherentes al funcionamiento psíquico del ser humano: la culpa, el odio, la angustia, la envidia, etc. Afectos como la culpa fueron parte esencial de su comprensión del psiquismo, pero lo más relevante de su aportación es que una persona puede sentir culpa y, sin embargo, no saber por qué siente esa culpa. O cree saberlo, pero en realidad ese saber es un saber consciente, cuando en realidad el origen de esa culpa está en lo que el psicoanálisis llama inconsciente. Por ejemplo, un joven que proviene de una familia de escasos recursos económicos, donde nadie ha tenido una carrera universitaria, ha logrado titularse, tener un trabajo, empezar a ganar un buen ingreso económico; lo ascienden de puesto y, justo el día en que inicia en esta nueva responsabilidad, tiene un accidente automovilístico. ¿Por qué tiene este percance justo el día en que su progreso laboral y económico aumenta? Otro ejemplo: es frecuente que los niños o niñas se sientan culpables de la separación de sus padres cuando se divorcian o terminan su relación de pareja. ¿Por qué un niño siente que él es el culpable de la ruptura de sus padres? Otro afecto que le interesó mucho comprender a Freud es la angustia. ¿Qué es lo que angustia al ser humano? ¿Por qué se angustia? En su texto Inhibición, síntoma y angustia (1926), el fundador del psicoanálisis escribe sobre la importancia de este afecto en la vida psíquica y los vínculos humanos; asimismo, menciona distintos tipos de angustia, como la angustia de nacimiento, la angustia por la pérdida del amor del objeto, la angustia de castración, la angustia de muerte, etc. Autores postfreudianos, hasta la fecha, han seguido profundizando en la importancia de los afectos en el psiquismo del ser humano y sus vínculos.

Sin embargo, hay que precisar que la vivencia de los afectos, emociones o pasiones, como se les quiera denominar, depende en buena medida del tipo de funcionamiento psíquico que tenga un ser humano. A saber, la intensidad de la angustia y su cualidad esencial es distinta en una persona cuyo funcionamiento psíquico es predominantemente neurótico que en otra que tenga un funcionamiento preponderantemente fronterizo. En esta última, la angustia es muy intensa, sobre todo ante la separación de personas, vínculos o situaciones que le brindan seguridad, estabilidad, pertenencia e identidad. Asimismo, experimentan una gran ambivalencia; por ejemplo, cuando están con una persona o situación significativa llegan a sentirse asfixiados, engolfados, atrapados; pero cuando esa persona se va o se apartan de esa situación se sienten terriblemente abandonados, solos o ansiosos.

Ya en el trabajo clínico, la manera como los pacientes viven sus afectos en la sesión se reeditará en el vínculo con el psicoterapeuta o psicoanalista, es lo que en la técnica psicoanalítica se llama transferencia. Más aún, la forma en como un paciente experimenta (transfiere) sus afectos en su vínculo con el analista depende del funcionamiento psíquico específico que tiene. Así, ante un paciente con un carácter obsesivo, que llega veinte minutos tarde a la sesión y el psicoterapeuta le dice: “terminamos la sesión” en el tiempo acordado, es posible que experimente una gran ira porque no controla el tiempo y fin de la sesión, y, además, siente que ha de “someterse” a lo que el otro (el analista) le “impone”. La siguiente vez llega antes de la hora de la sesión y menciona que, por las prisas para llegar a tiempo, se le olvidó pasar al cajero y no trae el pago del mes de las sesiones. Así, este paciente siente que vuelve a tomar el control sobre el analista, ahora reteniendo el dinero de las sesiones.

Se podría pensar que, dado el contexto previo, esta retención del dinero es un acto agresivo de este paciente hacia el analista. Ahora bien, esta acción de hostilidad genera una afectación en el propio analista, que es lo que en psicoanálisis se denomina contratransferencia, la cual se entiende como el “conjunto de reacciones inconscientes del analista frente a la persona del analizado y, especialmente, frente a la transferencia de éste” (Laplanche y Pontalis, 1997, p. 84). Esto implica que en el trabajo clínico el analista o psicoterapeuta tendrá que estar atento no solo a la transferencia del paciente, sino a su propia reacción contratransferencial.

Las pasiones que viven los pacientes en la sesión de acuerdo con su funcionamiento psíquico, cómo se expresan en el vínculo transferencial con el analista y cómo este las toma en cuenta, son algunos de los temas que se estudiarán en el Diplomado Psicoanálisis de las Pasiones Humanas en la Sesión y en la Transferencia: amor, celos, rivalidad, lo edípico.

Referencias:

Aristóteles. (2005). Ética a Nicómaco. Alianza Editorial.

Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras Completas (Vol. XX). Amorrortu.

Heidegger, M. (1993). El ser y el tiempo. FCE.

Pascal, B. (1996). Pensamientos. Alianza Editorial.

Laplanche, J. y Pontalis, J. B. (1996). Diccionario de psicoanálisis. Paidós.

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