Las múltiples caras de una misma historia

Por Mtra. María Antonieta Rosas Rodríguez

Durante una charla TED en 2009[1], la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (1977) habló sobre los efectos de confinar las experiencias humanas a los límites de una única narrativa, usualmente aquella del grupo o cultura hegemónicos del momento. Este sesgo permea las historias que nos rodean de tal modo que solemos no ser conscientes de él y, así, con frecuencia no nos percatamos de nuestra visión parcial y limitada de la realidad. Alimentados de historias que muestran sólo una cara de la moneda, construimos una teoría del mundo que simplifica lo complejo, complejiza lo simple, niega e incluso elimina las diferencias, promueve el rechazo en lugar de alimentar la empatía, limita la identidad como si se tratase de una prenda unitalla y genera pequeñas (y grandes) crisis en el afán humano de encajar dentro de los moldes rígidos de visiones monosémicas.

Adichie, por ejemplo, cuenta cómo durante su infancia en Nsukka (ciudad sede de la Universidad de Nigeria) los cuentos y novelas que leía, todos provenientes de Inglaterra, nutrieron las primeras historias que escribió siendo niña. Sus personajes vivían inviernos llenos de nieve y consumían alimentos que la autora sólo conocía por el nombre. Aunque era una niña nigeriana, viviendo una infancia típicamente nigeriana, sus textos estaban poblados por niños ingleses porque no imaginaba que se pudiera escribir de otra forma. Al crecer y darse cuenta de que su cultura e identidad nigerianas podían ser un tópico literario fue una revelación y también una liberación: la experiencia de ser nigeriana ahora era tan relevante como la de ser inglés.

El caso de Adichie, sin embargo, no es único ni extraordinario. La mayoría de nosotros, sin saberlo, ve el mundo a través de lentes que filtran, y por ende ocultan, un sinfín de tonalidades. La revolución digital que debió ser un antídoto a nuestra miopía sólo se ha convertido en un filtro más. En una era de comunicación irrestricta y de acceso global a la totalidad del conocimiento humano, los algoritmos de las redes sociales y los motores de búsqueda como Facebook y Google están diseñados para hacer un “perfil” de nuestra identidad y mostrarnos únicamente aquellas ideas y datos que nos interesan y con los cuales comulgamos. Las ubicuas cookies nos arrinconan en nichos de conocimiento bien delimitados. Y, si bien la inconmensurable cantidad de información a nuestro alcance requiere un método de categorización para no perdernos en ella, el peligro de los populares hashtags se revela en su nombre: las etiquetas, por definición, etiquetan; es decir, encasillan en visiones reduccionistas y simplistas aquello que no siempre lo es.

¿Se puede, entonces, usar la literatura y la Internet de modos que no fomenten una única historia del mundo? Sin lugar a dudas.

Como lectores y como usuarios podemos elegir qué y cómo leer. Si bien la mayoría de las veces el mercado editorial y el marketing digital (por motivos cuya explicación excede los límites de este artículo) promueven visiones hegemónicas del mundo, se pueden diseñar estrategias de lectura que compensen este sesgo: desde no perder nunca de vista el hecho que todo texto es una perspectiva del mundo, hasta elegir libros (y sitios web) cuyo contenido confronte la ilusión de univocidad de, por ejemplo, la literatura canónica.

Se me ocurren algunos ejercicios de lectura de este tipo:

Para obtener una visión no eurocéntrica de la conquista española, a las Cartas de relación de Hernán Cortés o la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, podemos acompañarlas con la Visión de los vencidos de Miguel León Portilla o Balún Canán de Rosario Castellanos. Lo mismo que hoy en día podemos contraponer a los discursos antimigrantes estadounidenses libros como La casa en Mango Street de Sandra Cisneros, o Borderlands/La frontera de Gloria Anzaldúa.

El amor, otro tema siempre vigente, también ofrece contrapesos literarios a los discursos conocidos. Si leemos Jane Eyre y pensamos que todo acaba bien para la heroína de Charlotte Brontë, después deberíamos dirigir nuestros pasos hacia El ancho mar de los sargazos de Jean Rhys. Por otra parte, al ser este subgénero la base cultural de nuestra educación sentimental, vale la pena cuestionar nuestras expectativas sobre el romance, los hombres y las mujeres con Escrito en el cuerpo de Jeanette Winterson.

Margaret Atwood, por otro lado, hace un trabajo maravilloso al devolverles la voz a personajes femeninos tan literariamente famosos como discursivamente mudos. Así, la fiel Penélope de Ítaca tendrá mucho que decir en La penolopiada; y Bilah, la esclava de la bíblica Raquel, se convertirá en la razón de ser de El cuento de la criada. Igualmente, inspiradas en el poderoso silencio de las mujeres en los textos clásicos, Pat Barker y Madeline Miller nos ofrecen respectivamente The Silence of the Girls y Circe (ambas aún sin traducir), dándonos otra perspectiva de la Ilíada y la Odisea a través de los personajes de Briceida y de Circe.

Faltan por nombrar muchos, muchísimos más ejemplos sobre obras que contrarrestan discursos largamente pronunciados “a una sola voz”. Por el momento, basta saber que ahí están.

[1] Chimamanda Adichie, “El peligro de la historia única”. Disponible en: https://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story?language=es

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