La supervisión de la clínica psicoanalítica

Por Elsa Georgina Sotelo García

 

Si bien vemos el mismo mundo,

lo vemos a través de distintos ojos.

 

Virginia Woolf  (1822 – 1941).

 

Considero que uno de los beneficios más importantes del psicoanálisis es que permite ver una misma situación desde diferentes enfoques. No es lo mismo observar un barco en el horizonte que mirarlo desde su interior. Esto puede pensarse directamente en el trabajo con los pacientes: nuestra visión siempre será distinta a la que cada uno trae consigo. No obstante, también podemos añadir que, dentro del propio psicoanálisis, existe una gran variedad de autores y corrientes teóricas con perspectivas diferentes.

En Eleia, tanto durante mis estudios de maestría como en los actuales de doctorado, he adquirido un pluralismo teórico que pongo en práctica con cada uno de mis pacientes. La manera más responsable de ejercer mi labor como psicoterapeuta es supervisar constantemente mi trabajo. Una materia fundamental, que nos acompaña desde el tercer semestre de la maestría hasta el último del Doctorado, es la supervisión de material clínico con analistas experimentados. En cada supervisión el aprendizaje es amplio y significativo: escuchar distintas corrientes psicoanalíticas y diferentes interpretaciones u opiniones me ayuda a replantear observaciones, ver puntos ciegos o detectar errores técnicos en los que posteriormente tendré que trabajar.

El pasado 12 de noviembre tuve la oportunidad de supervisar con el Dr. Carlos Barredo, destacado psicoanalista lacaniano y profesor de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) y del Instituto Universitario de Salud Mental (IUSAM), también en Buenos Aires.

El psicoanálisis lacaniano es una corriente encabezada por Jacques Lacan (1901-1981). Según esta vertiente, el inconsciente está estructurado como un lenguaje, por lo que los significados y significantes de cada palabra emitida por los pacientes son fundamentales en su análisis. Aunque Lacan retorna a la teoría freudiana en muchos de sus postulados, el psicoanálisis lacaniano es la corriente que más difiere de la teoría psicoanalítica que yo conozco. No obstante, la supervisión con el Dr. Barredo resultó ser una experiencia, además de enriquecedora, muy interesante.

El material clínico que presenté fue el de una mujer de 31 años a quien nombré Melissa. La paciente tiene apenas siete meses de trabajo analítico, varias veces por semana, en modalidad presencial y en diván. Su motivo de consulta era la sensación persistente de que, a su edad, debería estar en otro lugar: quizás titulada, casada y con un hijo. En mi texto describí detalladamente cómo veía a la paciente y cuál era su conflictiva. En la primera intervención, el Dr. Barredo dijo que mi relato era bueno y estaba bien escrito; sin embargo, dejaba muchos interrogantes y presentaba huecos por todas partes. Le llamó la atención que Melissa sintiera que siempre estaba fuera de lugar, que tuviera una gran necesidad de que la completaran, de que la ayudaran a cerrar, y que percibiera a su pareja como alguien poco deseante. Repitió: “La paciente está incompleta y nunca cierra”.

Desde la corriente lacaniana, el analista debe vaciarse de saber. No cura; modula la ansiedad del paciente, interpreta y escucha; y en esa escucha es imperioso devolver al paciente aquello que no puede oír. Supervisé dos sesiones que, a mi parecer, estaban relacionadas entre sí y se desarrollaron en días consecutivos. Cuando en la primera sesión la paciente dice que no tiene recuerdos de su padre biológico, el Dr. Barredo considera que es un padre que la paciente silencia y reprime, y que tampoco acepta a su padrastro. Habla del padre de su hermana y del padre de su medio hermano, y se queja diciendo: “A mí no me tocó papá”. Al utilizar repetidamente la palabra tocar, el doctor pensó en el escenario de una fantasía sexual, del fantasma de pegan a un niño, y comentó que un niño puede gozar con la fantasía de que alguien le pegue. En su discurso, la paciente insiste en que la toquen, y el doctor comenta: “Sí le tocó papá, y es un papá que toca; fascinante como la medusa de la cual habla la paciente en su sesión, y a la vez picante, que hiere, que lastima”.

Además de buscar un padre que la toque, la paciente busca un padre exclusivo, no compartido. Para Melissa, los padres solo existen para las hijas únicas. No tolera ver que su padre tenga otros intereses; así que, si su padre llega con su novia, prefiere no verlo y quedarse sin padre.

Algo importante que me hizo ver el Dr. Barredo es que mi paciente habla de los vicios de los otros y considera que ella no tiene ninguno, cuando en realidad sí los muestra en su tratamiento. Son vicios transferenciales: silencia información, no interroga, gradúa la alimentación (horarios e información), llega tarde, no profundiza. Comenta que si la paciente no se adentra en su análisis, no extrae material de sus sesiones y, al extraerlo, no se apropia de lo que yo digo, comete un acting out. Cuando esto sucede, es necesario regresar a la paciente a la realidad, y afirma que, para instalar un tratamiento analítico, es preciso que se ejecute sin vicios y sin actings out.

De acuerdo con el Dr. Barredo, en la segunda sesión se pone en juego la transferencia. El doctor me hizo notar que, con mis explicaciones e interpretaciones sobre el contenido del sueño, tiendo a cerrar la oportunidad de indagar más acerca de las preguntas que la paciente hizo. Me invitó a detenerme en los cuestionamientos que aparecieron. El sueño pasa a un segundo plano y, al interpretarlo, cierro su pensamiento; ella se va con certezas, no se adentra en su análisis y yo nunca me entero del verdadero significado de su pregunta.

El doctor Barredo comenta que lo central en el análisis es estar atento y escuchar. No se trata de explicar, sino de mostrar lo que ella no entiende; de no intervenir con lo que sé, porque el que sabe es el paciente. Señala que debo permitir que la paciente asocie, porque al interpretar sin sus asociaciones corro el riesgo de que quede pegada a lo que yo respondo, y yo quedo como una analista que calma a su paciente solo por ratitos (como el padre que Melissa busca, aunque sea por momentos). El doctor comenta que Lacan decía que el analista tiene que resistir; en cuanto al no saber, debe vaciarse de saber para que surja algo que incluso sorprenda al analista. Y repite textualmente la frase de Lacan: “El analista es aquel que debe poder ignorar lo que sabe para saber lo que ignora” (p. 336).

Cuando supe que tendría la oportunidad de supervisar el material clínico que había preparado con un psicoanalista lacaniano tan distinguido, no pude evitar sentir un poco de angustia y, a la vez, emoción. La experiencia me resultó muy estimulante. Destaco la importancia de escuchar con atención el discurso del paciente y hacerle saber lo que él no escucha; poner atención en los huecos de su relato; permitirle asociar; y no interpretar para cerrar, sino para abrir. Y algo muy importante: debo olvidar lo que sé para saber lo que ignoro.

Visualizar a mi paciente con otros ojos, a través de la mirada lacaniana del Dr. Barredo, me permitió cambiar mi ubicación y no ver el barco hacia el horizonte, sino desde su interior, con mayor detalle. Después de la supervisión y al elaborar este texto, continúo aprendiendo, reflexionando y replanteando mis pensamientos para comprender mejor el funcionamiento psíquico de mis pacientes. Con cada supervisión voy puliendo y perfeccionando mi técnica clínica para un mejor desempeño como psicoterapeuta psicoanalítica.

Referencias:

Lacan, J. (2009). “Variantes de la cura-tipo (1955)”. Escritos 1 (T. Segovia & A. Suárez, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada 1966)

 

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