La noción de trauma en Freud y su impacto en la estructura de la personalidad

Por Miguel Eduardo Torres Contreras

El término trauma proviene del griego antiguo τραῦμα (traûma), que significa “herida” o “daño”. Como sabemos, es un término que se usó inicialmente en la medicina para designar una herida física, pero con el tiempo adquirió un significado más amplio. En la actualidad, se usa para designar daños psicológicos permanentes debido a una situación emocional que ha generado un impacto severo en la mente de una persona. Laplanche y Pontalis (1996) mencionan los tres significados esenciales del trauma en sentido psíquico: un impacto violento, la efracción (ruptura) que provoca y las consecuencias en la organización psíquica.

Freud, siendo médico de profesión, conocía el uso médico de este término. La novedad freudiana en este campo, como en otros, consiste no solo en la aplicación del término en el ámbito psíquico, cosa que habían hecho autores previos, sino en la amplitud que adquiere este término dentro de la teoría psicoanalítica freudiana. En efecto, aunque Freud no escribe un texto específico sobre el trauma, el tema se encuentra diseminado a lo largo de su obra. Asimismo, su concepción del trauma en sentido psíquico va cambiando conforme desarrolla y amplía su teoría y trabajo clínico. En un inicio, el trauma psíquico estaba asociado a una experiencia en la historia de la persona que desencadenaba afectos penosos; pero esto solo era posible debido a ciertas circunstancias del sujeto en el momento de la vivencia traumática, por ejemplo, un momento de vulnerabilidad. Luego, el trauma se convierte en trauma sexual, con la famosa teoría de la seducción, que finalmente Freud abandona en 1897.

            Debido a la limitación de espacio solo será posible comentar algunas propuestas relevantes de la visión freudiana sobre el trauma y su impacto en el desarrollo y estructura de la personalidad. La primera propuesta, innovadora y relevante, está relacionada con su concepción de las pulsiones, particularmente las pulsiones sexuales. Como las pulsiones vienen de dentro y no hay manera de “escapar de ellas”, y además su acción es constante, pero sobre todo porque impactan en un yo y una mente que no están cabalmente formados, su efecto es semejante al de un trauma debido a un estímulo que, en la concepción freudiana, es externo. Esta propuesta freudiana es muy importante, porque lo que nos está diciendo es que la sexualidad, o más bien la psicosexualidad en los seres humanos, es fundamentalmente “traumática” y que no hay manera de que no sea así. Tal como en “Tres ensayos sobre teoría sexual” (Freud, 1905) afirma que, de inicio, la psicosexualidad es perversa polimorfa, ahora también señala que es “traumática”.

No obstante, como la noción de trauma psíquico implica que este tiene efectos duraderos en la mente y vida del sujeto, surge la pregunta si esta forma de concebir las pulsiones sexuales y la psicosexualidad dejan huellas duraderas en el sujeto. En el texto “Análisis terminable e interminable” (1937), Freud sostiene que, en la infancia, por un lado, hay una gran intensidad de las pulsiones y, por otro, el yo es un yo débil, en formación; es decir, hay una asimetría entre la intensidad pulsional y una fragilidad yoica. El yo tendrá que lidiar con ese impacto pulsional intenso y echar mano de todos los recursos con los que cuente para afrontar esta situación traumática. Esto hace que, finalmente, el yo resulte afectado o deformado. Así, no hay normalidad psíquica, no hay sujeto alguno en el que no haya un yo alterado o afectado. La consecuencia es que no hay salud mental absoluta: todos los seres humanos, en menor o mayor medida, poseen algún grado de afectación en su yo. En resumen, en la visión psicoanalítica freudiana, la psicosexualidad es traumática, y esto traumático está en el origen del desarrollo y la estructura de la personalidad de todo sujeto, y deja una impronta en este.

Sin embargo, la amplitud de la noción de trauma en Freud, si bien abarca el potencial traumático de las pulsiones, no deja de lado las vivencias en donde lo externo también juega su papel, siempre articulado con lo interno. Por ejemplo, cuando Freud habla sobre lo que provoca en el niño la percepción de los genitales femeninos, que hace representable la castración, se refiere a esta vivencia como una verdadera tormenta afectiva. En este caso, la realidad externa juega su papel. Ante tal situación, el niño enfrenta un conflicto: o conserva su práctica onanista y sus deseos incestuosos, o renuncia a ellos para conservar el órgano que le brinda tanto placer. Sea cual sea la elección, esto deja una impronta en su estructura y funcionamiento psíquico. En el historial del pequeño Hans, este desarrolla una fobia a los caballos ante la imposibilidad de elaborar esta conflictiva edípica.

Otro ejemplo: un(a) adolescente puede experimentar una intensidad pulsional sexual hacia los padres en la adolescencia, lo que puede provocarle a ese chico o chica una gran angustia, vergüenza o culpa por tener estos deseos y fantasías hacia los objetos parentales. El potencial traumático de este tipo de vivencias puede afectar la manera en que dicho adolescente viva su sexualidad posteriormente.

La visión psicoanalítica sobre el trauma pone el acento en la realidad psíquica del sujeto, en la forma en que elabora lo pulsional constituyente y las fantasías inconscientes. No obstante, esto no significa que la realidad exterior (y, más específicamente, ciertos eventos como separaciones, pérdidas o violencias de todo tipo) no sea importante en la generación de un trauma psíquico y sus consecuencias en la estructura y funcionamiento mental de una persona. Por ejemplo, un niño pequeño que es maltratado de manera recurrente por uno o los dos padres, por lo general, tendrá una afectación importante y negativa en la formación de su personalidad, a diferencia de otro niño que vive en un contexto familiar de apoyo, cuidado y amor. Hoy en día las neurociencias aportan datos importantes sobre este tipo de situaciones traumáticas en el desarrollo cerebral y de la personalidad.

En síntesis, si bien el psicoanálisis reconoce que la misma psicosexualidad y lo pulsional inherente son traumáticos y enfatiza en la realidad psíquica del sujeto a partir de la cual procesa situaciones inesperadas que lo impactan, no deja de reconocer otros factores que inciden en que un evento se torne traumático y afecte la estructura de la personalidad y el funcionamiento psíquico. El tipo de situación, el momento del desarrollo, las características de los vínculos familiares y el contexto sociocultural son factores que deben considerarse en una comprensión integral del trauma. En esto, como en otras problemáticas psíquicas, la complejidad es la mirada más adecuada para una mejor comprensión.

Referencias:

Freud, S. (1937). Análisis terminable e interminable. Obras Completas. Amorrortu Editores.

Freud, S. (1909). Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Obras Completas. Amorrortu Editores.

Laplanche, J. y Pontalis, J. B. (1996). Diccionario de psicoanálisis. Paidós.

Ortiz, E., Cardós, G., Berjón, N., Barud, C. (2022). El Trauma. Social, familiar, subjetivo. Jornadas Eleia, 2021. Instituto Universitario Eleia S. C.

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