La histeria

Por Andrea Méndez

En cuanto a mí, la belleza me seduce en todos los sitios en donde la encuentro, y cedo fácilmente a esa dulce violencia con que nos atrae. Por muy atado que esté, el amor que siento por una hermosa no obliga a mi alma a ser injusto con las otras. Conservo ojos para ver los méritos de todas, y rindo a cada una de ellas el culto y los tributos a que nos obliga la naturaleza. Sea lo que sea, no puedo negar mi corazón a todo lo que veo digno de ser amado; y en cuanto me lo pide un lindo rostro, diez mil que tuviera, todos se los daría.

Don Juan, Molière

En general, cuando decimos que alguien “está histérico” solemos referirnos a alguna reacción melodramática o novelesca pero, ¿qué es la histeria para el psicoanálisis? Y sobre todo, ¿cómo se entiende y se trabaja con ella actualmente?

La palabra viene del griego y significa “útero”, es por eso que el término “histeria” se asociaba únicamente a mujeres cuando mostraban conductas emocionales exageradas y descontroladas. Lo llamativo de las pacientes histéricas era que, junto con el dramatismo de sus reacciones emocionales, presentaban síntomas en el cuerpo (de repente no podían ver, caminar o sentir algún miembro), pero cuando acudían al médico no encontraban ninguna causa biológica. Este fenómeno empezó a interesarle a la psiquiatría, a la neurología y posteriormente al psicoanálisis; de hecho, Freud sostenía que hay algo dentro de la psique que parece hallar inconcientemente una vía para expresar sus conflictos mediante el cuerpo.

A partir del trabajo con varias pacientes histéricas, como el caso de Anna O, Elisabeth von R y Lucy R, entre otros, Freud fue descubriendo junto con estas mujeres todo el entramado de deseos y fantasías inconcientes que habitaban en sus mentes. En un primer momento, creía fielmente lo que varias de sus pacientes le contaban: que habían sido seducidas por un adulto mientras eran pequeñas, por lo que, en un trabajo parecido al del arqueólogo, el psicoanalista escarbaba en los recuerdos reprimidos para tratar de encontrar la pieza exacta, el evento traumático que desencadenó toda la patología allá y entonces y que se estaba manifestando aquí y ahora.

Pero conforme iba pasando el tiempo, escuchaba una y otra vez la historia del adulto seductor, Freud dudó, no de la honestidad de sus pacientes, sino de la veracidad de los recuerdos, pues al provenir de ese océano desconocido y abismal que es el inconciente, están cargados de deseos y fantasías igualmente inconcientes.

¿Qué tipo de deseos puede tener una niñita? Que su padre, ese hermoso ser con el que quisiera casarse y vivir en un castillo para siempre, le haga caso a ella y sólo a ella, no a mamá ni a los hermanos, sino a ella. Teniendo esta idea en la mente, seguramente alguna sonrisa, algún roce pudiera hacerles sentir correspondidas en ese amor tan deseado y prohibido a la vez.

Esto tal vez nos provoque una reacción similar al descontento que experimentó el público victoriano tras leer a Freud por primera vez, pero lo cierto es que en la mente se nos juegan a diario batallas que entremezclan los que vivimos en el presente con los deseos de la infancia que, aunque quedaron reprimidos, siguen con vida y regresan en distintas formas, como en sueños o síntomas.

Pensemos en el caso de algún famoso pianista, que justo antes de dar un recital frente a cientos de personas, se le paraliza la mano, o en un sueño donde el profesor al que admiramos nos dice que somos el mejor de su clase.

Estas historias de amor y desamor se plasman a diario en la vida cotidiana, en nuestros sueños, el trabajo, la pareja o, prácticamente, en cualquier escenario. Podemos encontrar un gran repertorio de estos dramas en el cine y la literatura; el personaje de Don Juan, por ejemplo, que conquista una tras otra cualquier cara bonita que tenga en frente pero, ¿no llama la atención que parece que ninguna mujer le es suficiente?, ¿no será entonces que no encuentra a la que busca realmente, en lo más profundo? Aquella que en algún momento de su vida le representó la pareja perfecta, pero tan perfecta que se tuvo que volver prohibida: su mamá.

O, ¿qué pasa con tantas personas que tienen problemas para disfrutar de una sexualidad plena? Ya sea la impotencia en hombres o la frigidez en las mujeres, padecimientos cada vez más comunes. Generalmente, frente a estas afecciones, primero se va al médico, pero al no encontrar causa biológica alguna, llegan penosos al diván a contarnos estas historias de amor, en las que nos sumergimos para explorar los diferentes niveles, desde lo más conciente, hasta lo más profundo e inconciente.

Dice Kristeva: “ser psicoanalista es saber que todas las historias terminan hablando de amor”. Poco a poco, escuchando estas historias vamos desenredándolas, encontrando que cada historia de amor tiene de fondo el mismo guion de antaño, el de la infancia, sólo que los personajes se van actualizando, se van tornando más complejos.

Al final, la mente termina siendo un crisol donde se funde el amor, la sexualidad, lo inconciente y los deseos infantiles.

Referencias

– Anzieu, D. (1998). El autoanálisis de Freud y el descubrimiento del psicoanálisis. México: Siglo XXI.

– Chemama, R. y Vandermersch, B. (1998). Diccionario del psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu.

– Gay, P. (1988.) Freud. Una vida de nuestro tiempo. Barcelona: Paidós.