La histeria en el Siglo XXI

Por J. Cristóbal Barud Medrano

La puerta de entrada al método psicoanalítico, tanto para Freud como para quienes nos dedicamos a ello, fueron las pacientes histéricas de La Salpêtrière, aquejadas por desmayos, parálisis, alteraciones de la sexualidad o crisis emocionales cuya explicación a través de la ciencia médica de aquel tiempo resultaba insuficiente. A ellas se les debe el nacimiento del psicoanálisis e incluso es a una de ellas, Anna O, a quien debemos el término de la cura por el habla.  

            La histeria tiene un origen lingüístico desafortunado puesto que remite al útero, como diciendo que esta entidad clínica es terreno exclusivo de la feminidad, aunque la mirada dentro del consultorio nos muestra que no es así: tanto la mujer fatal como el Don Juan bien podrían fungir como estereotipos del excitante y a la vez frustrante mundo de la histeria, en donde coexisten, como en un acto de magia, la erotización de los vínculos y el rechazo a la sexualidad genital. En otros tiempos, los efectos teatrales de la histeria eran pensados como producto de las posesiones demoníacas y hasta eran atribuidas a un útero fuera de control, el cual, por intermediación de la febril imaginación de los clínicos de antaño, adquiría vida propia para recorrer el cuerpo femenino, produciendo efectos desastrosos.

            Así, el aporte del psicoanálisis consistió en inscribir a la histeria en una lógica muy diferente, relacionada con la sexualidad infantil y con los conflictos inconscientes, cuyo escenario de batalla era el cuerpo, el cual, a través del mecanismo de conversión, escenificaba fantasías acerca de lo que significaba en la fantasía gozar como mujer u hombre.

            La histeria fue ganando el estatuto de entidad psicopatológica de interés a medida que Freud y Breuer iban conociendo historiales acerca de distintas pacientes con estas afecciones. Un primer punto de partida para la comprensión de esta clase de sufrimiento emocional fue la teoría traumática: las histéricas desarrollaban estos síntomas somáticos como producto de una vivencia pasiva de seducción por parte de un adulto (o abuso sexual en términos contemporáneos), cuyo carácter vergonzoso y humillante la convertía en candidata para la represión. Más adelante en la teoría psicoanalítica, la histeria no figuró solamente como resultado de una seducción real, sino que se pensó como el resultado de la represión de fantasías sexuales infantiles en las que coexistían los sentimientos de comparación con la madre y el deseo de ser amada por el padre. Así, la histeria fue la forma esencial de la neurosis y el cuerpo, con el cual el sujeto histérico siempre tiene problema y cuestionamiento y que fue entendido como un entramado de afectos donde fungía como registro de las experiencias fantaseadas y deseadas de la infancia.

            En nuestro panorama cultural parecería que la histeria y la neurosis, como categorías genéricas, son cuestiones superadas, dado que el clima de permisividad y libertad sexual habrían destronado a la represión de su papel principal para relegarla a un mecanismo anacrónico. Sin embargo, cuando se piensa de este modo, en realidad se está por fuera de lo que planteó el psicoanálisis respecto de la histeria y de la neurosis: no son las prohibiciones culturales las que hacen necesaria la neurosis, sino que esta surge de un entramado de fantasías cuya sola existencia tiene el poder para dar forma a las concepciones que tenemos acerca de la sexualidad y el cuerpo. Es decir, las fantasías que nutren a la neurosis histérica no se han ido a ninguna parte durante los últimos años y, si bien hoy tenemos muchos términos para referirnos a diferentes manifestaciones de la sexualidad, permanecen inalterados dos de los motores que dan fuerza a la neurosis. A saber: la fantasía inconsciente y el papel erotizador de los padres (Roudinesco, 2018), en el cual se inscribe toda historia personal.

            Aunque es cierto que las grandes crisis histéricas del siglo XIX ya no se presentan con la frecuencia de aquellos años, se sabe de internados o de comunidades cerradas en donde las niñas son aquejadas por una ceguera inexplicable o existen, en pleno 2021, dolores inexplicables y difusos que, tal como en los tiempos de Freud, aún no obtienen una explicación satisfactoria que provea alivio; es aquello que se juega en los síntomas histéricos, que podemos advertir en dichos dolores y manifestaciones corporales; es desconocer y al mismo tiempo acceder al placer de la sexualidad, no un dolor físico en el sentido médico.

            Si hacemos una lectura cultural, como lo plantea González (2012), el momento actual, en donde predomina la fascinación con las formas del cuerpo, con los modos de presentarlo ante el otro y la reglamentación de la apariencia a través de dietas, consejos de estilo y modas, encontramos a la histeria renacida en Instagram o Facebook, ahora democratizada para hombres y mujeres. Vemos la sujeción a estándares de disciplina que poco tienen que ver con el placer en términos generales y que guardan mucha similitud con el corsé de antaño, que, sin embargo, lo que buscan es sexualizar el cuerpo. Está planteando el rechazo manifiesto a la sexualidad y el placer de saberse deseada o deseado.

            Entonces, el valor de la histeria para el psicoanálisis contemporáneo reside no solo en las descripciones psicopatológicas, de las cuales el trabajo cuidadoso de Breuer y Freud constituyen cimientos invaluables, sino que nos muestra un recordatorio de que, pese a que en el imaginario popular se hable con mucha apertura acerca de la sexualidad, el psicoanálisis es un terreno de escucha demarcado por la historia personal de vínculos cargados de afecto, que se reprime y que se vive con un matiz particular que hace vivir el vasto universo de la sexualidad de distintas formas.

 

Referencias

González, L. (2012). Nuevas formas de histeria: globalización del mercado y repunte de la histeria. Revista colombiana de psiquiatría 41(3): 521-535.

Roudinesco, E. (2018). ¿Por qué el psicoanálisis? México: Paidós.