La experiencia de la supervisión clínica

Por Raquel Vega

El espacio de supervisión es una de las herramientas fundamentales de la formación como terapeuta psicoanalítico, junto con la formación teórica y el análisis propio. Sin embargo, muchas personas, ajenas a la profesión o que apenas van acercándose a esta, se preguntan qué es la supervisión.

 

La supervisión es un espacio de aprendizaje que nos sirve para reflexionar sobre el trabajo que hacemos como terapeutas. Uno de los objetivos de dicha actividad es realizar una integración entre los aspectos teóricos y los prácticos de la tarea analítica. Así pues, podríamos decir que se trata de una forma de aprender a ser terapeuta, apoyándonos en la pericia de alguien con mayores conocimientos. En la supervisión, el terapeuta que está en formación y ha comenzado a trabajar con pacientes bajo el modelo psicoanalítico, presenta y revisa material clínico de sus pacientes con un analista con mayor experiencia. La idea es presentar una sesión por escrito, tratando de reproducir de la manera más fidedigna posible, la interacción paciente-analista como se dio en el consultorio con el fin de transmitir al supervisor lo sucedido, para que este, a su vez, pueda brindarle su perspectiva teórica-clínica al respecto. La supervisión puede adquirir diferentes modalidades: puede llevarse a cabo de forma individual o en grupo, y se puede supervisar el material de un paciente de forma continua o de diferentes pacientes en cada encuentro.

 

Este espacio sirve al terapeuta para aprender y comprender diversas situaciones en el trabajo analítico: desde aspectos técnicos hasta la internalización de la actitud analítica, pasando por el diagnóstico, la interpretación y la transferencia-contratransferencia. Este permite, por ejemplo, que el encuadre no solo sea memorizado y ejecutado como un “reglamento”, sino comprendido como el armazón que posibilita el despliegue del proceso psicoanalítico y que cumple una función imprescindible para observar y explorar la neurosis de transferencia.

 

El supervisor, a través de las observaciones que realiza sobre el trabajo del supervisando, proporciona una visión que permite profundizar en el funcionamiento psíquico del paciente y el vínculo transferencia-contratransferencia que prevalece en la sesión. En supervisión, podemos pensar en diversas situaciones, por ejemplo, cómo hablarle al paciente o si alguna interpretación fue oportuna o si hubiera convenido esperar; también, permite dar cuenta de cómo a veces caemos envueltos en la contratransferencia y brinda la posibilidad de identificar aquellas situaciones que escapan de la mirada del terapeuta en la interacción con su paciente, ya sea por la inexperiencia o por el interjuego de los fenómenos inconscientes.

 

A pesar de ser una herramienta tan valiosa, no es raro ver terapeutas que postergan la búsqueda de un supervisor o que en las supervisiones colectivas no suelen presentar material clínico. Esto sucede, frecuentemente, porque la supervisión despierta diversas emociones en el terapeuta. Si bien uno puede sentir entusiasmo —y hasta alivio— por contar con un supervisor que nos guíe en la tarea, presentar lo que sucede en una sesión nos pone en contacto con ansiedades concernientes a nuestro desempeño como profesionales. Al tener la expectativa de hacer un buen trabajo, la supervisión puede vivirse como un espacio que deja en evidencia nuestros errores, lo cual puede ser doloroso y frustrante, y también puede promover que percibamos al supervisor como una figura persecutoria y amenazante.

 

Ahora bien, si el terapeuta se ve invadido por una sensación de autosuficiencia o predomina en él la competencia y la rivalidad, puede sentir que dicho espacio no es necesario bajo el argumento de saberlo todo o de trabajar lo suficientemente bien. Ambos estados mentales, propios de la conflictiva sexual infantil, interfieren profundamente en el proceso de aprendizaje haciendo muy difícil acceder a las enseñanzas y la experiencia de alguien más. El terapeuta puede, entonces, nunca buscar un espacio de supervisión o hacerlo por cumplir con un requisito, pero sin aprovecharlo.

 

Conforme podamos reponernos a estas emociones y ansiedades —gracias a un análisis personal— podremos ver que la supervisión es un espacio enriquecedor, que más allá de ser un ejercicio en el que el supervisor funge como un superyó que critica agresivamente y reprueba nuestro proceder, es más bien un modelo de identificación y un par de “ojos frescos” que mira la situación analítica desde cierta distancia, lo cual posibilita detectar situaciones que el terapeuta “en el calor de la sesión” pasa por alto. Se trata de un espacio sumamente valioso que es recomendable conservar y aprovechar, pues a pesar de que la actividad analítica es una tarea un tanto solitaria –ya que es un trabajo uno a uno con el paciente– es importante que no sea una actividad hecha en soledad.

 

Este artículo es parte de los materiales del Diplomado «Supervisión. Diagnósticos y estrategias clínicas» que comienza en octubre 2021.