Aunque en ocasiones se sigue subestimando la mente infantil, en realidad es un mundo poblado por distintas fantasías, emociones y angustias. Estas últimas son resultado de los diferentes conflictos por los que atraviesa el niño a lo largo de su desarrollo. Sin embargo, nos acompañan por el resto de la vida, aunque de manera inconsciente, y se manifiestan en la cotidianidad de diversas situaciones o experiencias.
La mayoría de los autores que teorizaron sobre los primeros momentos del desarrollo, entre ellos Margaret Mahler, piensan que buena parte del crecimiento psíquico y emocional implica la evolución de la relación del bebé con su madre, de quien depende totalmente durante los primeros meses de vida. De hecho, Mahler (1975) propone que el “nacimiento psicológico” del individuo no coincide con su nacimiento biológico, sino que ocurre progresivamente a través de un proceso de separación e individuación de la madre, el cual dividió en tres fases. En la primera, la que llamó “autismo normal”, el bebé se encuentra en un estado de ensimismamiento, en el que no es capaz de percibir la existencia del mundo externo. Paulatinamente, a partir del primer mes y hasta los 5 meses, el bebé comenzará a reconocer a su madre, pero como parte de sí mismo; es decir, aún no habría una diferenciación claramente establecida con aquella, por lo que llamó a esta fase “simbiosis normal”. Es hasta la fase de “separación-individuación”, a partir de los 5 meses y hasta los 3 años, que el bebé comienza a distinguir entre sí mismo y la madre, primero delimitando su cuerpo y después su mente, lo que le permitirá más adelante construir su autonomía e identidad.
Como eje de este proceso surge una de las primeras angustias infantiles, la angustia de separación. Si pudiéramos traducir su significado sería algo como: “ahora me doy cuenta que mamá es un ser diferente a mí, entonces puedo perderla y quedarme solo e indefenso”. Como resultado, aunque el niño ahora es capaz de alejarse físicamente de su madre y también experimenta satisfacción en el ejercicio de su independencia, necesita regresar a su lado para aliviar su angustia. Por lo tanto, es común observar que los niños se preocupan y lloran si pierden de vista a la madre, buscan acompañarla a todos lados y le temen a los extraños. Asimismo, es bien conocido el miedo de los niños a la oscuridad, a dormir solos en su cuarto, o a personajes fantasiosos como el “coco” o las brujas, u otros más reales como los “robachicos” que se llevan a los niños lejos de sus familias.
En su texto “Introducción al psicoanálisis” (1916-17/1978), Freud comenta brevemente el caso de un niño que tenía miedo a quedarse solo en una habitación oscura y le pide a su tía que le hable aunque no pueda verla. Freud explica que el miedo a la oscuridad, en realidad, representa la angustia ante la ausencia de la figura amada o protectora que provoca en el niño el temor a la soledad y al desamparo. Después, el niño podrá ir tolerando esta ausencia debido a que logra internalizar y conservar a su madre como un objeto dentro de su mente, aunque la pierda de vista, a lo que Mahler llamó “constancia objetal”, por lo que su angustia es menos intensa.
Sin embargo, la angustia de separación nunca desaparece. En niños más grandes, así como en adolescentes y adultos, se reactiva frente a situaciones nuevas, de cambio y separaciones temporales o permanentes, como el ingreso a la escuela, un viaje, una mudanza o un rompimiento de pareja. Tras bambalinas, como ya se mencionó líneas arriba, se encuentra el temor a quedarnos solos, desamparados o indefensos. Del mismo modo, existen diferentes maneras de lidiar o aliviar este tipo de angustia; por ejemplo, un niño que va por primera vez de campamento lleva un peluche u otro objeto para dormir, un adolescente cuya pareja sale con amigos se queda en casa comiendo grandes cantidades de comida, los padres que adoptan una mascota cuando sus hijos se van del hogar, o una persona que termina una relación de pareja e inicia otra inmediatamente.
Aunque todos experimentamos angustias de separación, es importante resaltar que en algunas personas estas llegan a ser tan intensas que pueden llevarlos a situaciones más problemáticas o disfuncionales. Por ejemplo, recuerdo el caso de una paciente adolescente que reprobó en diferentes ocasiones el examen de admisión de la universidad, situación que pudimos comprender como resultado de la angustia tan aguda de separación de sus padres, quienes tenían el plan de mudarse a otra ciudad una vez que ella comenzara sus estudios. El abuso o la adicción al alcohol o las drogas, o ciertas fobias que impiden una vida independiente también pueden estar ligados a las mismas angustias y a las defensas frente a estas.
Referencias:
Bleichmar, N. y Leiberman, C. (1989). Cap. 15. “El modelo del desarrollo propuesto por Margaret Mahler”. En El psicoanálisis después de Freud. Paidós.
Freud, S. (1978). “Introducción al Psicoanálisis”. En Obras completas (vol. 16). Amorrortu editores. (Obra original publicada en 1916-17)