Freud Museum London: “A return to the mother: On the transition from Freudian fathers to Kleinian mothers in psychoanalysis and Athenian tragedy”

Por Andrea Amezcua Espinosa

En este seminario organizado por el Museo de Freud en Londres, la doctora Faye Mather exploró el vínculo entre el patriarcado, la maternidad y el psicoanálisis. Para Freud, según la propuesta de Mather, la muerte de su padre, Jacob Freud, fue un punto de inflexión de su vida y trabajo. A través de su autoanálisis fue capaz de hablar de temas universales como el incesto y el parricidio. Es decir, ir de una experiencia particular familiar a la universal humana.

            Es bien sabido que Freud disfrutaba de la cultura griega, en específico las tragedias atenienses. En una carta a Wilhelm Fliess, Freud escribe que la literatura de Sófocles satisface un deseo que solo debe ser soñado: matar al padre y desposar a la madre. Aquí, la tragedia griega establece un compromiso entre deseo y represión. El destino de Edipo conmueve porque podría ser el de cualquiera de nosotros. Son los deseos de la sexualidad infantil los que movilizan los amplios motivos para mantenerse en la vida y actuando. Freud, continúa la expositora, argumenta que, entre los tres y seis años, aparecería el Complejo de Edipo: nunca será completamente resuelto. Por ello, las ideas fundamentales del psicoanálisis se apoyan en la sexualidad y el inconsciente.

            La muerte no es solo fundamental en la historia de Freud, por ejemplo, la de su padre, sino en la prehistoria de la humanidad. La historia del patriarcado, el parricidio y su introyección se entremezcla con la prohibición, el deseo y la renuncia. Asimismo, la internalización de las reglas generó la ambivalencia entre amor, odio y culpa. El parricidio prehistórico se mantiene en la sociedad contemporánea; en cada nueva interacción con la ley se da la reinstauración del patriarcado. El precio a pagar se cifra en la neurosis de los sujetos; no obstante, es un precio asequible si se compara con la ceguera metafórica y concreta de Edipo, equiparable a la muerte simbólica. El deseo de matar al padre también es el deseo de revivirlo.

            En tanto a la comparación con lo femenino, Mather afirma que los niños desean a la madre no por su pecho, sino porque piensan que posee un pene, así visto desde la teoría freudiana. Después, los hijos descubren que está castrada e incompleta. Por otro lado, frente al padre los niños quieren ser como él, y las niñas desean tener un hijo como compensación.

            En el escrito de la Orestíada, retomado por el psicoanálisis, se realiza una vuelta de la madre al padre y de regreso. Freud la utiliza como una explicación para la perpetuación del patriarcado. Así, la madre rechazada se convierte en Medusa, a saber, los genitales mutilados de la madre, quien repele porque está castrada. Otra cara de esa misma mujer es la diosa Atenea, la mujer a la que nadie se le puede acercar ni penetrar, que nace armada.

            Mather argumenta que, en términos del autoanálisis de Freud, no pudo identificar su propia relación y su naturaleza con la madre. Propone un esquema en que el orden matriarcal es sustituido por el orden patriarcal. La sexualidad femenina es un continente oscuro para Freud.

            De regreso a la Orestíada, Freud justifica el asesinato de Clitemnestra por parte de su hijo. Agamenón, que simboliza al padre como pensamiento y civilización, se opone a la madre como emoción corporal y sensorialidad. En ese sentido, Freud, al justificar la Orestíada, justifica el psicoanálisis. La maternidad se opone al desarrollo intelectual, en tanto que lo corpóreo es secundario al intelecto.

            Es Melanie Klein quien se pregunta: ¿Cuál es la ley de la madre? ¿Qué relación tiene con el patriarcado? Esta autora propone al pecho nutricio, que no se reduce a lo anatómico, y al que se envidia por su función de poder crear y criar a los bebés. Hacer las paces con la maternidad y el primer encuentro conlleva la capacidad de pensar creativamente y de relacionarse: el intelecto se desarrolla en la experiencia preverbal con la madre.

            Ferenczi y Abraham, analistas y mentores de Klein, le reconocieron su capacidad de trabajo con los niños, donde descubre que la personalidad se juega entre el amor y el odio.

En el reino del imaginario de la fantasía infantil son las dos fuerzas, vida y muerte, Eros y Tánatos, quienes comandan la mente. Los niños no se limitan a lo verbal; en la terapia se trata de explorar las fantasías en conjunto de manera orgánica, se trata de ponerle palabras a las experiencias sin nombre.

Así, el deseo y la represión no son el centro, como en Freud, sino los impulsos amorosos versus los hostiles, propuesta de Klein. La madre se divide entre lo bueno y lo malo; es decir, el pecho y la madre se dividen entre la gratificación y la frustración. Cuando ocurre el destete se incrementa la sensación de separación entre el uno y el objeto: aquí habrá que trabajar con la pérdida y el daño, para dejar atrás la persecución y entrar en la ansiedad depresiva.

            La vida se presenta como acto de balance entre la brutalidad y la reparación. El pene no es más el centro, al menos no como objeto esencial, sino que es introyectado como parte del interior del cuerpo de la madre. Toda reparación es imperfecta y no permanente. En un psicoanálisis se busca la capacidad de juicio y un mejor balance, donde el sentido de realidad da cuenta de la vulnerabilidad humana.

            La vulnerabilidad es el último enemigo del patriarcado, uno que es de corte absoluto y que desconoce lo materno. Ello, tal desconocimiento, está basado en su temor ante la vulnerabilidad; por tanto, el reconocimiento de la experiencia visceral-emocional- subjetiva es la fuente del poder, uno que pugne por una vida de autoconocimiento.

 

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