El bajo rendimiento escolar como síntoma emocional: una lectura psicoanalítica
Daniela Bustamante Rosas
Una de las ideas más propositivas del psicoanálisis es la de comprender las motivaciones emocionales, profundas e inconscientes que subyacen a la conducta. Existen fenómenos o comportamientos que pueden ser muy similares en cuanto a su apariencia o descripción. Sin embargo, aquello que los define y los sostiene puede tener orígenes o explicaciones diversos y, en ocasiones, muy complejos.
Un buen ejemplo de esto es el bajo rendimiento escolar, una situación que se presenta con regularidad y que aqueja tanto a alumnos como a padres de familia y maestros, aunque no hay una razón unívoca y absoluta para comprender por qué ocurre. En el presente artículo, explicaré algunas de las motivaciones emocionales por las cuales suele presentarse este fenómeno.
Sabemos que, al inicio de la vida, los padres suelen ser las figuras más importantes para los niños en términos de afecto, cariño, vivencia de seguridad y de protección. También, en cuanto a autoridad, ellos son los referentes del infante respecto a valores, expectativas, ideales, disciplina y prohibiciones. Tomando en cuenta la propuesta de Sigmund Freud en el “El yo y el ello” (1923/1989), alrededor de los cinco años todas estas características que provienen de la relación con los padres se integran en aquella área de la mente que él denominaba superyó.
El superyó es una instancia de la vida interior que tiene diversas funciones. Podemos entenderlo como el “policía” o el “juez” que habita en la mente: es la conciencia moral que sirve para distinguir el bien y el mal. Tiene que ver con la formación de ideales y con la capacidad de autoobservación y autoevaluación, así como con las prohibiciones y los “castigos”. El superyó se constituye alrededor de los cinco años de edad, cuando los niños y niñas logran renunciar al deseo de poseer a los padres y, de esta manera, pueden identificarse con las enseñanzas de papá y mamá, sin la necesidad de quedarse en una relación exclusiva con ellos.
Más adelante, cuando los niños empiezan a ir a la escuela, todo este cúmulo de ideales, valores, expectativas y exigencias queda trasladado a las vivencias en el colegio. La institución, los maestros y las tareas a realizar se asemejan a las características y experiencias internas que originalmente están constituidas en el superyó. La escuela es un nuevo ambiente, distinto del hogar y de la relación con los padres, en donde suelen expresarse muchos de los conflictos internos que tienen los niños, porque también es un lugar en donde hay exigencias, expectativas, prohibiciones y aspiraciones en cuanto a los ideales. Por lo tanto, la escuela es un área de la vida en la que fácilmente se pueden expresar los conflictos internos que se tienen con los padres. La calidad del superyó depende de la relación con los padres. Todo lo anterior sirve como base para tratar de comprender situaciones comunes que se presentan en cuanto al bajo rendimiento escolar.
En este sentido, voy a presentar algunas situaciones clínicas que he tenido la oportunidad de observar para intentar dar algunas respuestas a esta problemática:
Hay niños que no aprenden, aunque son inteligentes, porque tienen el deseo de permanecer en una relación de posesividad y dependencia exclusiva con la madre; son niños que buscan permanecer pequeños, que la madre resuelva todas sus necesidades, mientras ellos puedan permanecer pasivos. Las madres de estos niños suelen tener una gran dificultad para aceptar y fomentar la independencia de sus hijos, debido a sus propios conflictos internos para vivir las separaciones. Ellas terminan haciendo las funciones que le correspondería desarrollar al hijo. Suele pasar, en situaciones como esta, que el padre ocupa un lugar poco significativo, muchas veces porque no ejerce su rol como autoridad paterna, porque no se presta como una figura de atención e identificación adecuada, o bien porque la madre tampoco tolera que él tenga un papel más activo en la crianza del hijo.
En historias así, el problema con el superyó es que este aparece como muy endeble: el niño crece con la fantasía de que la madre le pertenece (y él a ella), de que mamá es la encargada de resolver incluso lo que le corresponde a él, y entonces, sin esta prohibición esencial, el niño va creciendo sin ideales propios, sin exigencias que le generen un deseo de ser mejor para sí mismo y, al no poder tolerar la regla fundamental de que la madre no es de su posesión, es muy difícil que en la escuela u otros ámbitos en los que estas son necesarias, el niño pueda orientarse a seguirlas.
Otro tipo de situaciones que suelen subyacer el bajo rendimiento escolar es cuando ha logrado constituirse en la familia un lazo en el que el padre interviene, haciendo su función de autoridad y de marcar la separación entre el niño y la madre, lo cual da lugar a una prohibición fundamental que tiene efectos en la mente del hijo. Es natural y esperado en el desarrollo emocional que los niños tengan el deseo de poseer a la madre, de sentir que ella es todo para él y él para ella. Cuando la figura paterna está presente, esto suele producir conflictos significativos en la mente del niño: por un lado, quiere tener a la madre, lo cual implica un deseo de alejar al padre y los concomitantes sentimientos de celos y hostilidad hacia él, lo cual no significa que deje de amarlo. El resultado de este conflicto emocional suele ser la culpa inconsciente, y una de las manifestaciones comunes de esta culpa puede llegar a expresarse en el bajo rendimiento escolar.
Cuando el niño se encuentra internamente conflictuado en cuanto a estas emociones hacia sus padres, suelen aparecer síntomas que expresan dichos conflictos. El niño con bajo rendimiento escolar puede estar manifestando su temor a ser castigado por tener logros y triunfos (los cuales se promueven y son esperados por parte de la escuela), porque estos representan deseos de vencer al padre. En estos casos, el superyó realiza una función de castigo, que se debe a la fantasía inconsciente de poseer a la madre y deshacerse del padre y, de esta manera, no hay permiso para que el niño pueda competir y ganar.
Si estos problemas persisten en la vida adulta, aunque la persona tenga capacidades intelectuales y cognitivas adecuadas, puede suceder que los conflictos emocionales no pensados de la infancia tengan un efecto muy negativo en la posibilidad de tener éxito profesional o laboral.
También hay niños que están enojados con los padres y perciben que, al no atender la escuela, pueden expresar así su frustración y agresividad, la cual muchas veces no puede ser manifestada de otras maneras. Por el contrario, también hay niños muy complacientes, que tienen un rendimiento escolar perfecto y sienten que solo así van a obtener la mirada y reconocimiento de los padres.
Es común escuchar sobre niños que tienen muy buen desempeño escolar cuando van en la primaria, pero esto se pierde cuando entran a la secundaria o a la preparatoria. Esto puede suceder porque, en la transición de la niñez a la adolescencia, se modifica el superyó: los jóvenes tienen menos deseo de complacer a los padres, a diferencia de cuando eran pequeños. Los adolescentes empiezan a desafiar más a la autoridad, a cuestionar, y esto se refleja en batallas no solo con los padres, sino con la escuela.
En conclusión, los movimientos en el rendimiento escolar tienden a ser indicadores de situaciones emocionales, a veces más complejas que otras, y que, en muchas ocasiones, dichos problemas pueden derivarse de conflictos en la constitución o en la manera en que se expresa el superyó.
Es recomendable que, cuando aparecen situaciones de bajo rendimiento escolar, se consulte con un profesional para comprender lo que en realidad está sucediendo y poder dar respuesta precisa a la problemática.
Referencias:
Freud, S. (1989). El yo y el ello. Obras completas (vol. 19, pp. 1-66). Amorrortu editores. (Obra original publicada en 1923).


