Ansiedades tempranas y el ingreso a la vida escolar: ¿Cómo detectarlas y afrontarlas?

Por Mariana Castillo López

 

En la vida de todo niño llega el momento de entrar a la escuela. Este importante suceso tiene un impacto en la vida familiar, despertando en los padres y en el propio niño una experiencia agridulce, caracterizada por la emoción de vivenciar el crecimiento y desarrollo del pequeño, pero que, al mismo tiempo, genera una serie de angustias relacionadas con la separación más prolongada y la salida del cobijo propio de la rutina del lactante.

Cada niño experimentará esta vivencia desde su subjetividad; es decir, la manera en que se vive la separación está influida por la personalidad del niño, por su capacidad para tolerar y elaborar la separación con la madre, y por la cualidad de las ansiedades que predominen en su mundo interno. A lo anterior se suman las ansiedades propias de los padres, quienes en ese momento siguen siendo el referente emocional del niño, además de ser quienes pueden ayudarle a poner en palabras y elaborar las vicisitudes de la experiencia. El padre y la madre también reviven su propia experiencia infantil, que la mayoría de las veces resulta ambivalente.

Es bien sabido que es esperable que los niños lloren, que les cueste trabajo separarse de la madre, que estén irritables y sensibles, y que, poco a poco, puedan ir invistiendo a la escuela, a la maestra y a los compañeros como nuevos objetos de amor y odio. Importa también la capacidad de los padres para recibir estas respuestas sin exigirle al niño que se adapte de inmediato.

Desde la perspectiva del psicoanálisis, la angustia no solo es parte de la vida, sino que resulta un motor para el desarrollo psíquico. Al mismo tiempo, se considera que la angustia acompaña al ser humano desde el nacimiento, y el bebé, poco a poco, se va enfrentando a la ausencia del objeto, lo que produce en él un impacto que también representa la oportunidad de hacer algo con esa ausencia: puede imaginar la presencia del objeto, amarlo y odiarlo, y representarlo dentro de su mente.

Freud, describió el fort-da, juego del niño en el cual intenta controlar la ausencia y la presencia del objeto dando paso para su presencia simbólica. Este es un juego característico del desarrollo, cuya aparición da cuenta de que el pequeño está haciendo un trabajo mental para transformar su experiencia en algo que pueda comprender y tolerar.

Por ejemplo, un niñito de dos años, al regresar del kínder, juega a tirar sus coches debajo del refrigerador y se asoma para corroborar que siguen existiendo; es decir, que los objetos no desaparecen a pesar de que no los pueda ver, como ocurre con la ausencia de la madre cuando se separan en la escuela. Al respecto, Margaret Mahler (1977), en su obra El nacimiento psicológico del infante, describe el arduo camino que recorre el bebé para poder separarse e individuarse, y dentro de este proceso uno de los logros más importantes consiste en la conservación del objeto, lo que significa la capacidad psíquica para comprender que el objeto, el otro, sigue existiendo a pesar de no poder verlo; existe porque hay una representación suya dentro de la mente.

En una escuela, piden a los padres llevar fotos familiares que se colocan dentro del salón para que los niños puedan verlas si así lo requieren. También solicitan que la madre lleve un pedazo de tela con su perfume. Estas son ideas inspiradas en la necesidad del niño de recurrir a un objeto concreto que evoque la permanencia de los objetos dentro de la mente. No son recetas que eviten la ansiedad, y la subjetividad de cada niño determinará si puede o no hacer uso de estos recursos. Por ejemplo, un pequeño de cuatro años vomitaba invariablemente al salir de su casa hacia la escuela. La madre pensó que se trataba de asco a los olores, hasta que, al consultar con una psicoanalista, pudieron darle un sentido a ese síntoma, que hablaba de una intensísima ansiedad de separación que no encontraba otra vía de representación. A diferencia del pequeño que podía jugar, en este niño solo quedaba expulsar la experiencia intolerable.

Muchas instituciones, sensibles y preocupadas por amortiguar el impacto de la separación en los pequeños, permiten que el proceso de ingreso escolar sea paulatino, facilitando la presencia de los padres durante los primeros días y dando así una continuidad al niño, quien poco a poco puede ir conociendo el espacio de la escuela para posteriormente permanecer en él, tolerando la ausencia de la madre. Estos procesos ayudan, pero resulta imposible ahorrar al pequeño la experiencia emocional de la separación, que tarde o temprano llegará. Lo que, sin duda, resulta valioso es que padres y maestros sean sensibles y empáticos ante la vivencia de los niños, y que ofrezcan espacios de contención y elaboración.

Referencias:

Freud, S. (1920). Más allá del principio de placer. Obras completas (Vol. XVIII, pp. 1-64). Amorrortu

Mahler, M., Pine, F., & Bergman, A. (1977). El nacimiento psicológico del infante humano. Simbiosis e individuación. Marymar.

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