¿Amor o posesividad? El eco de Narciso en los vínculos contemporáneos

Por Alma Espinosa y María Fernanda Mendoza.

¿Por qué en ocasiones resulta tan difícil tolerar que una pareja no responda un mensaje de forma inmediata? ¿Por qué un “like” o una fotografía en redes sociales pueden generar incertidumbre, enojo o angustia que parece desbordarnos? A primera vista, muchos conflictos en los vínculos actuales parecen girar en torno a la disponibilidad y la visibilidad constantes. Sin embargo, detrás de estas exigencias se ponen en juego pasiones humanas que el psicoanálisis ha explorado desde hace tiempo.

Es común escuchar en la consulta a pacientes que reaccionan con gran malestar cuando el otro —sea pareja, amigo, amiga o incluso una figura de autoridad— tarda en contestar. Frente al silencio de la pantalla, no solo se imaginan escenarios de traición o abandono, sino que suele desplegarse una modalidad de vigilancia constante sobre el otro: revisar estados, conexiones, horarios o publicaciones. Cuando finalmente llega la respuesta, el alivio aparece, aunque pronto vuelve a disiparse. En estos casos, más que celos, nos encontramos ante una herida narcisista profunda, muchas veces acompañada de una necesidad apremiante de control.

Freud desarrolló el concepto de narcisismo para dar cuenta de cómo el amor propio se constituye, en buena medida, a partir del reconocimiento del otro, de sentirse elegido, mirado, investido (Freud, 1914). Cuando la respuesta del otro se demora, se produce una fisura que reactiva una pérdida narcisista. Freud plantea en Duelo y melancolía que el objeto amado sostiene una parte del propio yo (Freud, 1917 [1915]); por ello, perder su atención —aunque sea por unos minutos en WhatsApp— puede vivirse como una pérdida del propio valor, como si algo de uno mismo quedara momentáneamente desamparado.

Desde esta perspectiva, resulta pertinente diferenciar el deseo de estar en relación de la exigencia de presencia constante. El amor implica una cuota de incertidumbre: el otro no está del todo disponible, no responde como esperamos, no confirma de manera permanente nuestra importancia. Cuando esa incertidumbre se vuelve intolerable, el vínculo puede deslizarse hacia formas de posesividad que buscan anular toda distancia. Lejos de fortalecer el lazo, estas demandas tienden a empobrecerlo, rigidizarlo y volverlo asfixiante.

Adela Costas retoma el mito de Narciso y Eco para pensar cómo Narciso no solo se enamora de su imagen, sino que depende de ella para existir (Costas Antola, 2000). Eco, la ninfa condenada a repetir lo que escucha, representa la necesidad de resonancia constante. En los vínculos contemporáneos, las redes sociales operan muchas veces como espejos que devuelven una imagen idealizada de uno mismo. El conflicto aparece cuando el otro deja de ser reconocido como un sujeto con deseos propios y queda reducido a la función de reflejo. La posesividad, entonces, no se presenta necesariamente como un exceso de amor, sino como un intento desesperado por asegurar que el espejo no se mueva, que no se retire, que no deje de devolvernos una imagen tranquilizadora.

Desde autores contemporáneos como André Green, es posible pensar estas dinámicas como una lucha contra lo que él denomina narcisismo negativo o el sentimiento de vacío (Green, 1998). Cuando el otro desaparece del radar digital, el sujeto puede quedar confrontado con una vivencia de desinvestidura radical: sentirse inexistente para el otro y, en consecuencia, para sí mismo. En la clínica, esta experiencia suele manifestarse como una angustia difícil de simbolizar: no se trata únicamente del temor a perder al otro, sino de una sensación de desvanecimiento propio. La hiperconectividad ofrece una ilusión de continuidad que cubre momentáneamente ese vacío, aunque sin permitir su elaboración.

Aceptar que el otro es un ser autónomo, con tiempos, intereses y espacios que no siempre nos incluyen, implica un trabajo psíquico complejo. La demanda de estar disponibles “24/7” suele funcionar como un intento de evitar el dolor que conlleva reconocer el límite, la separación y la alteridad. En este sentido, la tecnología no crea estas tensiones, aunque sí parece amplificarlas y volverlas más visibles.

Por otro lado, Melanie Klein describió cómo, desde las etapas más tempranas del desarrollo, el temor a que el objeto bueno sea compartido o arrebatado despierta intensas fantasías de rivalidad y pérdida (Klein, 1957). En la vida adulta, estas configuraciones tempranas pueden reactivarse ante señales mínimas: un mensaje no respondido, una foto con otros, una ausencia aparentemente trivial.

Comprender estas experiencias en la clínica permite ir más allá de etiquetas populares como “relaciones tóxicas” y abrir la pregunta por la función que esta posesividad cumple en la vida psíquica del paciente, así como por la manera en que dicha demanda puede reaparecer en la transferencia con el terapeuta. En ese terreno, la espera, una respuesta que no llega o un silencio en sesión pueden vivirse con una intensidad desproporcionada y activar fantasías de abandono, exclusión o de rivalidad. Lejos de ser un obstáculo, estas manifestaciones constituyen material clínico valioso para comprender cómo se organizan estas pasiones en el mundo interno.

Estas y otras manifestaciones de las pasiones humanas en los vínculos y en la transferencia serán abordadas con mayor detenimiento en el Diplomado Psicoanálisis de las pasiones humanas en la sesión y en la transferencia: amor, celos, rivalidad, lo edípico.

 

Referencias:

Costas Antola, A. (2000). Perseguido por Eco, Narciso llega al 2000. Psicoanálisis (APdeBA), 22(3), 743-754

Freud, S. (1992). Introducción del narcisismo (1914). En Obras completas (Tomo XIV). Amorrortu.

Freud, S. (1992). Duelo y melancolía (1917 [1915]). En Obras completas (Tomo XIV). Amorrortu.

Green, A. (1986). Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. (J. L. Etcheverry, trad.). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1983).

Klein, M. (2009). Envidia y gratitud y otros trabajos (1946–1963) (Obras completas, Vol. III). Paidós.

Compartir: