Donald Meltzer: una puerta de entrada a una clínica viva
Por Ana María Wiener
Quien se acerca por primera vez a Donald Meltzer suele sorprenderse porque su teoría no se presenta como un sistema cerrado, sino como una manera de estar en el psicoanálisis. No escribe para “explicar” al paciente desde arriba, ni para ofrecer un método garantizado de alivio. Su estilo es el de un clínico que piensa con pasión y rigor, y que transmite una ética muy precisa: la experiencia analítica vale por su capacidad de abrir un trabajo verdadero con la vida psíquica, no por prometer calma, corrección o resultados rápidos.
En Meltzer, la palabra clave es interés. Dice, en esencia, que no ofrece “terapia” en el sentido habitual: ofrece interés, cuidado y una expresión honesta de lo que piensa; la sinceridad es rara en la vida cotidiana. Ese gesto es decisivo porque le quita al psicoanálisis el matiz que proviene de la herencia médica: no se trata de “curar” como misión, ni de calmar o tranquilizar al paciente. El análisis no es un procedimiento para borrar síntomas ni un dispositivo de consuelo. Meltzer insiste en que el analista debe aclarar desde el inicio que no promete hacer desaparecer síntomas; lo que se propone es una investigación sobre enredos y confusiones, con la esperanza —razonable, pero no garantizada— de que clarificar haga bien. En este punto introduce una frase: si lo que alguien busca es consejo, se equivocó de lugar. Esto no es dureza moralista, más bien es el intento de proteger el análisis de su deformación más común, que es convertirse en seducción o incluso en una forma de “fraude” cuando el analista se acomoda a las expectativas del paciente (de ser tranquilizador, de dar respuestas, de prometer soluciones) en vez de sostener el trabajo emocional de pensar.
Esta postura redefine desde el inicio la cuestión de la transferencia. Meltzer subraya que muchos pacientes adultos llegan hoy con una “transferencia preformada”: ideas previas sobre cómo debe ser el análisis, expectativas sobre el rol del analista, guiones de idealización, obediencia, exigencia de resultados o desconfianza técnica. Si el analista se adapta dócilmente a ese guion, puede producirse una apariencia de análisis que evita lo esencial: la emergencia de una relación psíquica real, donde haya sorpresa, conflicto y descubrimiento. En este sentido, el trabajo inicial no es “interpretar mucho”, sino abrir espacio para que aparezca algo vivo: desarmar cuidadosamente la escena ya armada, y permitir que el vínculo —con un analista particular, no con una figura imaginaria— empiece a tener realidad.
Meltzer revaloriza algo que a veces se pierde cuando se aprende “técnica”: la descripción. Para él, una interpretación no es un salto explicativo que clausura el material, sino el resultado de una descripción suficientemente precisa como para que el significado se vuelva evidente, casi inevitable. Esto exige disciplina: tolerar la incertidumbre, resistir la prisa por “entender”, y permitir que el material se organice en la mente del analista antes de ser devuelto al paciente. En su enfoque, muchas veces lo más transformador no es una frase brillante, sino un cuadro descriptivo sostenido que ayuda al paciente a ver —por primera vez— el tipo de mundo interno en el que está viviendo.
Aquí aparece un tema clínico central: la importancia que Meltzer le concede al tono de voz, a la musicalidad más que a las palabras en sí mismas. No se trata solo de “qué” dice el paciente, sino de “cómo” suena. En el tono, en la cadencia, en la manera de habitar una frase —incluso en el humor o en el silencio— se expresan los objetos internos. Esta idea desplaza el ideal de una técnica “aséptica” o puramente verbal y devuelve a primer plano lo que sostiene la experiencia analítica: una intimidad que se gesta poco a poco, no como familiaridad, sino como la construcción de un espacio donde el paciente puede arriesgarse a existir psíquicamente sin tener que actuar, complacer o defenderse todo el tiempo. Para Meltzer, esa intimidad no es un adorno sentimental: es una condición para que el pensamiento se vuelva posible. Sin ese tejido —hecho de presencia, interés, honestidad y constancia— las interpretaciones pueden volverse correctas pero estériles; con ese tejido, incluso una intervención breve puede tener un peso transformador.
Uno de los desarrollos más influyentes de Meltzer se despliega cuando describe ciertos impasses como confusiones geográficas. Con esta expresión señala estados en los que parte —o la totalidad— de la personalidad está viviendo en identificación proyectiva. No se trata solo de “atribuir” algo al otro, sino de habitar un tipo de mundo interno que altera la percepción, la relación y el pensamiento. En esos momentos, el analista puede sentir que trabaja con algo repetitivo, poco interesante o mecánico. Meltzer dice que mientras los pacientes viven en identificación proyectiva “realmente no los conocemos”; cuando emergen, salen como de una crisálida y tiran lo que Bion llamó un “exoesqueleto”. Esto explica por qué, en ciertos análisis, el terapeuta siente que está viendo la misma escena una y otra vez: no es que el paciente no tenga riqueza, es que esa riqueza está encapsulada detrás de un modo de supervivencia mental. Meltzer incluso dice que esa fase “nunca es agradable”, como ver una misma película repetida. Se requiere paciencia, firmeza y un tipo de esperanza clínica que no es optimismo ingenuo, sino confianza en que la mente puede recuperar movilidad.
A la vez, Meltzer subraya que el analista también cambia con el tiempo. Hay momentos de entusiasmo inicial por “hacer lo correcto”, y luego periodos de estar en mar abierto donde se reconoce que no hay garantías, solo la responsabilidad de seguir observando e imaginando. La madurez clínica se manifiesta cuando el centro de gravedad se desplaza hacia la relación misma: hacia la intimidad que permite que el trabajo sea compartido y no una empresa unilateral del analista. En ese sentido, puede decirse que el análisis termina cuando la relación ha sido atravesada por la envidia, temor, dependencia, destructividad y reparación; cuando el vínculo puede sostener verdad sin colapsar.
En el Centro Eleia, acercarse a Meltzer en el marco del Doctorado no es solo sumar un autor a la bibliografía. Es entrar en una tradición que entiende el psicoanálisis como una práctica artesanal de observación, pensamiento y presencia; una práctica que exige tolerar no saber, sostener el encuadre sin prometer soluciones, y acompañar al paciente —y al propio analista— hacia una mente más viva.
Referencias:
Cohen, M., & Hahn, A. (Eds.). (2000). A review of my writings [Una entrevista sobre mis escritos]. En Exploring the work of Donald Meltzer: A Festschrift [Explorando la obra de Donald Meltzer: Un homenaje] (M. Puig, Trad., pp. 1–11). Karnac Books.
Mack Smith, C. (1998). “¡Fui hecho a su manera!”, entrevista con Donald Meltzer. En F. V. Valdescu (Ed.), Journal of Melanie Klein and Object Relations: Papers in Honor of Donald Meltzer (Vol. 16, No. 2, pp. 201–208). ESF Publishers.
Ruszczynsky, S., & Fisher, J. (2015). Donald Meltzer dialogando con James Fisher. Psicoanálisis, 37(2–3), 303–344. https://www.psicoanalisisapdeba.org/wp-content/uploads/2018/03/Fisher-Meltzer.pdf


