La experiencia docente a la luz de Melanie Klein
Fabiola Nuñez G.
Para pensar la experiencia docente desde la teoría kleiniana, es importante imaginar el salón de clases como un escenario en el que se desarrolla una obra. Una obra en la que se despliegan diferentes escenas cargadas de fantasías inconscientes, relaciones de objeto y pulsiones de vida y de muerte correspondientes a los actores involucrados en ella: el maestro y los estudiantes.
La primera escena de esta obra sería el momento en el cual el maestro, acompañado de sus objetos internos, prepara su clase. Para Klein (1937) el primer vínculo que deja una marca duradera en la realidad psíquica es el que se establece con la madre, pues es ella quien responde por primera vez a nuestras necesidades básicas y deseos más primitivos. La primera maestra es la madre, no porque imparta conocimientos académicos, sino porque su modo de estar, de mirar, de sostener, es una enseñanza afectiva que deja huellas profundas en el mundo interno. En ese primer vínculo, aprendemos también a cuidar, a reconocer el valor del otro y a devolver, más adelante, algo de lo que hemos recibido.
Si el maestro logró internalizar a una madre generosa y bondadosa, una madre que le cuidó y le hizo sentir seguro, entonces podrá estar acompañado de un objeto bueno, que le ayuda a preparar una rica clase. Se toma el tiempo para escoger de manera cuidadosa el material, prepararlo, leerlo y digerirlo, para luego presentarlo de un modo atractivo y motivador, dando la posibilidad a sus estudiantes de tomar cosas buenas suyas y de nutrirse de él.
Si, por el contrario, el maestro introyectó a una madre que se guardaba para sí sus atributos o se los daba a alguien más, o a una madre rota por ataques hacia ella, movidos por la envidia que generaban sus atributos, entonces el maestro estará acompañado, o de un objeto egoísta que lo llevará a preparar una clase sin sabor, o de un objeto que le persigue por lo que destruyó o robó. No se tomará el tiempo de buscar los materiales que puedan enriquecer su clase y se guardará sus saberes, ya sea para evitar rivalizar con los hermanitos-estudiantes o por temor a quedarse vacío.
Para O’Shaughnessy (2009), la generosidad pertenece a un continuo de dar psíquico. Un continuo que se sitúa desde la mezquindad y la retención, hasta el dar generoso. Por lo tanto, la obra, lo que se juega en ese escenario dentro del aula, puede tener como actor principal ya sea a un maestro que se guarda sus conocimientos y no los comparte para evitar sentirse amenazado o empobrecido, o a un maestro generoso y bondadoso, que no teme compartir lo propio.
Enseñar desde la generosidad muestra que el maestro está identificado con ese objeto primario que dio sin reservas. Esa identificación no sólo enriquece al estudiante, sino también al maestro, quien se reencuentra con su propio deseo de reparar, de cuidar y de revivir un vínculo amoroso en el que ahora él puede dar.
La generosidad del maestro puede tener su origen, por un lado, en la motivación genuina y, por otro, en la fantasía de ser la madre que lo tiene todo (Andrea Méndez, comunicación personal, 20 de mayo de 2025). Desde la motivación genuina, el maestro generoso se identifica con una madre nutricia. Gracias a esa identificación, puede transmitir sus conocimientos con pasión, buscando cómo lograr que sus estudiantes alcancen el máximo potencial. El maestro no sólo les da a sus estudiantes, también se da a sí mismo, pues “… al actuar hacia otros como padres bondadosos, nos recreamos y gozamos en la fantasía del amor y la bondad que anhelamos en nuestros padres” (Klein, 1937, p. 316).
El maestro generoso que tiene la fantasía de ser la madre idealizada busca deshacerse de ansiedades persecutorias que pueden despertar en él sus estudiantes, por ejemplo, la idea de que piensen que no es competente. La mezquindad del maestro que no está dispuesto a dar sus conocimientos quizás esté generada por los celos que siente al darse cuenta de que esos hermanitos/estudiantes recibirán la generosidad y bondad de la madre/maestro. Por lo tanto, se le dificulta compartir sus conocimientos, pues al hacerlo piensa que se queda en desventaja.
En otra escena, la del salón de clases, entran en juego no sólo los objetos internos del maestro, sino también los objetos internos de los estudiantes. Ahí, donde se desarrolla la relación entre esos objetos, también se activarán sentimientos de envidia y gratitud entre ambos.
Si el estudiante ha podido valorar internamente a su madre como alguien que tenía cosas buenas para ofrecerle, podrá entonces, recibir lo que el maestro ofrece con amor y gratitud, pues este encuentro generoso le recuerda al que en algún momento tuvo con su madre. De acuerdo con O’Shaughnessy (2009), el origen de la gratitud se encuentra en la vivencia de haber recibido algo único y valioso del objeto amado: una experiencia de satisfacción profunda que el bebé desea conservar.
Por el contrario, si lo que predomina en el mundo interno del estudiante es la envidia, entonces será incapaz de recibir lo bueno que el maestro tiene para darle y lo atacará. Utilizará defensas (devaluar, confundir, idealizar, etc.) para deshacerse de la envidia que siente al darse cuenta de que el maestro posee algo bueno y nutritivo, y que está dispuesto a dárselo. Como señala Klein (1957), si no se ha podido experimentar una gratificación completa y el bebé siente que no ha recibido algo valioso que desee conservar, predominará la envidia. Por lo tanto, la relación con el saber/alimento, y con quien lo representa, ya sea la mamá o el maestro, será conflictiva.
Por otro lado, el maestro también puede ser presa de la envidia ante estos estudiantes que tienen una vida por delante. El maestro puede sentir envidia ante la juventud y vitalidad que ve en sus estudiantes, y que él, poco a poco, ha empezado a perder. La envidia y la gratitud son “…dos actitudes opuestas frente a una misma condición: la presencia de un objeto valioso” (Moya y del Palacio, 2019, p. 192). Actitudes que pintan, una y otra vez, el escenario educativo de diferentes colores.
El maestro que logra identificarse con una madre bondadosa y generosa será capaz de escuchar necesidades de sus estudiantes y adecuar sus enseñanzas a ellas. El estudiante que logra lo mismo se permitirá tomar y valorar lo bueno que el maestro puede dar. Este gesto amoroso es el resultado de una organización psíquica compleja, en la que se ha logrado cierto equilibrio entre amor, agresión, culpa y reparación.
Referencias
Klein, M. (1937). Amor, culpa y reparación. Obras Completas. Tomo I: Amor, culpa y reparación (pp. 310-345). Paidós.
Klein, M. (1957). Envidia y Gratitud. Obras Completas. Tomo III: Evidia y Gratitud y otros trabajos (pp. 181-240). Paidós.
Moya, M. y del Palacio, J. (2019). Melanie Klein, Envidia y gratitud. La matriz del odio y del amor. Analytiké.
O’Shaughnessy, A. (2009). Acerca de la gratitud. En P. Roth & A. Lemma (Eds.), Retorno a Envidia y Gratitud (pp. 69-83). Ediciones Karnac.


