El juego como herramienta terapéutica: la importancia del juego simbólico en la infancia
Por Constanza Giesemann R.
Creo que muchos podrían pensar que es difícil encontrarse con un niño que no juega, pues solemos asociar a los infantes con el juego. Bueno, la realidad es otra. Claro, hay niños que juegan videojuegos, o en tabletas, o que se la viven haciendo recortes, o que juegan solo fútbol. No es que eso esté mal, pero no hay imaginación y, por ende, no hay simbolización. No es un juego simbólico que permita lo que más adelante se va a desarrollar en el artículo. Por ejemplo, es diferente que un niño juegue fútbol (patear la pelota y meter goles, solo como deporte o actividad física) a que un niño juegue a que juega fútbol (y haya una historia: por ejemplo, que está en un estadio y que es el capitán del equipo porque su compañero se lesionó y él tuvo que sustituirlo).
El juego simbólico es de suma importancia no solamente a la hora de la sesión de psicoterapia, sino también en la vida del niño en general. En psicoanálisis se considera que es una forma de pensamiento y expresión que permite al niño representar, elaborar y dominar experiencias afectivas a través de la fantasía. Es el modo en que el inconsciente habla mediante el juego: “el juego es al niño lo que la asociación libre es al adulto” (Klein, 1932).
La función del juego simbólico es que el niño pueda desplegar sus conflictos y su mundo interno en la realidad, a través de la fantasía y lo imaginativo. En la sesión, el psicoanalista se ocupa de interpretar el juego y de verbalizar eso que el niño comunica a través de él, y así poder irlo elaborando y dándole un significado. Eso va a permitir que el niño se calme y pueda seguir estructurándose y desarrollándose de la mejor forma posible (Ferro, 1998).
Como mencioné en un inicio, el juego tiene relevancia (y mucha) dentro y fuera de la sesión. Uno podría preguntarse, ¿y de qué sirve que lo haga en casa si no hay un psicoanalista que lo interprete? Klein (1932), por su parte, diría que el juego le permite al niño dominar la angustia y elaborar los conflictos. El juego no es simplemente una actividad lúdica, sino el modo en que el niño expresa y elabora su mundo interno: sus fantasías inconscientes, ansiedades, defensas y relaciones de objeto. Es por eso que la capacidad de jugar simbólicamente equivale a la capacidad de simbolizar, es decir, de transformar impulsos o angustias en representaciones que puedan pensarse y elaborarse.
En la escuela o kínder el niño comienza a jugar con sus pares, lo cual también es necesario para su desarrollo. En la escuela lo hará con los hermanos (si los hay) o primos. Sin embargo, para que el juego sea útil en la resolución de problemas, se necesita un compañero sensible que guíe, pero sin dominar, y que también disfrute de la actividad (Álvarez & Phillips, 1998). Los niños muchas veces buscan jugar con los padres o abuelos, y eso conlleva una responsabilidad y actividad sensible, en la que el niño nos invita a su mundo interno (o por lo menos, a una parte).
Como psicoanalista de niños, he llegado a observar que hay niños que no pueden jugar, y eso es llamativo. A veces un niño no puede jugar simbólicamente por tener niveles muy altos de angustia; otras veces no puede porque el mundo interno le resulta demasiado amenazante para ser representado (uno tendría que abordar, por ejemplo, sus niveles de agresión y el miedo que le tiene a esta. También es cierto que, para jugar simbólicamente, el niño necesita haber internalizado un “buen objeto” (una madre suficientemente buena en términos winnicottianos), y también que haya una diferenciación entre el Yo y el Objeto (el otro), así como una diferenciación entre fantasía y realidad. Se observaría, por ejemplo, que un niño que no juega actúa o repite sin realmente comprender. Como señala Winnicott (1971), jugar es crear significado; y solo cuando el entorno ha sido suficientemente bueno, el niño puede hacerlo libremente.
Citaré a Sanville (1991) cuando dice: “el juego es un asunto serio”, pues para los niños es una forma de pensar y lidiar, tanto con el mundo interno como con el externo. El juego da a los niños un importante sentido de agencia y control; allí todos pueden ser los dueños de su universo y tener la oportunidad de reescribir su historia. Los niños deprimidos, muy angustiados, traumatizados, obsesivos, o con estilos cognitivos empobrecidos o rígidos no pueden jugar, o quizás nunca han aprendido a jugar (Álvarez & Phillips, 1998).
Es importante que los psicoterapeutas estén en sintonía tanto con el significado del juego, e ir interpretando de a poco, como con el nivel de capacidad del niño para jugar. Acompañar al niño en su juego es, entonces, acompañarlo en el descubrimiento de sí mismo. Este aspecto es muy importante, porque cuando un niño juega, está pensando, sintiendo y soñando despierto: está creciendo.
Referencias
Alvarez, A. & Phillips, A. (1998). The importance of play: A child psychotherapist’s view. Child Psychology & Psychiatry Review. Volume 3, pp 99–103.
Ferro, A. (1998). Cap 4: El juego. En Técnicas de Psicoanálisis Infantil. Biblioteca Nueva. Pp 83-112.
Klein, M. (1932). El psicoanálisis de niños. En Obras completas (Vol. II). Buenos Aires: Paidós, 1975.
Sanville, J. (1991). The playground of psychoanalytic therapy. Northvale, NJ: Jason Aronson.
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Buenos Aires: Gedisa.

