Latencia, una etapa del desarrollo infantil

Artículo del Diplomado Comprensión e interpretación del juego infantil que imparte la Dra. Sara Dweck

 

«Latencia, una etapa del desarrollo infantil». Nota de: Mariana Hurtado Eguiluz

El periodo de latencia ha quedado un tanto relegado en la producción bibliográfica de nuestra disciplina, si comparamos con la gran cantidad de trabajos que versan acerca de otras fases del desarrollo. Es interesante dirigir nuestra atención a la latencia y estudiar toda la riqueza que encierra esta etapa de la niñez, con las transformaciones intrapsíquicas que implica, los conflictos que la constituyen y las manifestaciones conductuales que la caracterizan, influenciadas, sin duda, por factores de orden social y cultural.

Si definimos la latencia desde el punto de vista cronológico, la ubicaremos entre el complejo de Edipo (que se da alrededor de los 3 a 5 años), hasta que comienzan los cambios de la pubertad, cuando los jóvenes de ambos géneros son sorprendidos por las transformaciones de su cuerpo.

Para visualizar esta etapa, pensemos en chicos de 6 hasta 11 o 12 años de edad, más o menos. Cabe resaltar que diversos autores coinciden en que, más allá de las edades de los niños, son más importantes otros factores para ubicar su momento de desarrollo, tales como las fantasías, los pensamientos y las emociones que acompañan y definen cada fase. Sin embargo, es importante tener presente que los procesos y los cambios no se dan de manera lineal ni inmediata.

Freud lo denominó “latencia” al considerar que en este periodo de vida los niños ya no se encuentran tan ocupados de la sexualidad; es decir, comienza a quedar atrás su interés por entender la diferencia de los sexos, la preocupación por el propio cuerpo y por el del otro, las dudas por cómo es que nacen los niños o qué es aquello que hacen mamá y papá juntos cuando se van solos a determinado lugar, etc.

Todo esto, que había ocupado la mente del niño en momentos previos, se relega poco a poco y la atención se dirige a nuevos elementos. Cabe destacar que la relación con la sexualidad no desaparece absolutamente. Más bien, las energías que hasta entonces estaban concentradas en este aspecto, se canalizan ahora en el deseo por aprender cosas nuevas, conocer el entorno social e integrarse a algún grupo con el cual el niño se sienta identificado.

Si todo marcha bien en el desarrollo, los chicos comienzan a preocuparse por formar parte de un colectivo con sus compañeros del colegio; se reúnen los niños y las niñas separadamente, a quienes solemos identificar como “el club de Toby” y “el de la pequeña Lulú”. El interés se vuelca ya no sólo en sí mismo o en las personas más cercanas, como mamá y papá; cobran importancia en la mente del niño las maestras, así como otros familiares y personas de su entorno. ¿Cuántos de nosotros no conservamos amigos de la primaria? La amistad adquiere gran trascendencia en este periodo. El niño ahora capaz de preocuparse por el otro y desarrollar un sentimiento de comprensión y empatía. Es en esta época cuando se esbozan las características sociales de un individuo.

Para este momento, los juegos plagados de fantasía e imaginación cederán turno a aquellos en los que se desempeñen diferentes roles (el doctor, la familia), los juegos de mesa y de destreza o los que se realizan en equipo, como el fútbol y otros deportes. La actividad lúdica cambia, se vuelve más compleja. Los niños combinan sus habilidades con el azar, establecen reglas de juego o modifican las que han sido transmitidas de generación en generación, y lo hacen de manera cooperativa o repartiendo roles.

El aprendizaje tiene gran auge pues los niños se sienten ávidos por asimilar y absorber todo aquello que el mundo les ofrece. Se amplían los intereses por el arte, los instrumentos musicales, los idiomas. Adquieren todos los conocimientos necesarios para la vida, “como una caja de resonancia abierta todos los sentidos, como las velas abiertas a todos los vientos, como placa sensible a todos los colores” (Doltó, 1996).

El lenguaje deja de ser egocéntrico y se convierte, de manera paulatina, en el principal medio de expresión y comunicación. Los niños piensan, se vuelven reflexivos y van logrando autonomía; se fortalecen las bases de la propia moral. En este sentido, aparecen nuevos sentimientos éticos, como la honestidad, la justicia y se conforma una organización de la voluntad. En general, el equilibrio afectivo se hace más estable. La acción inmediata se coarta y aumenta el pensamiento.

Durante la latencia, la actividad motriz permite el incremento del aprendizaje a través de la experiencia; se pone la actividad motora al servicio de descubrir y comprobar cómo es el proceso de elaboración del mismo. El cuerpo deja de ser un instrumento privilegiado para la expresión de los estados internos, tanto como se hayan incrementado las posibilidades de expresión verbal. Asimismo, se expanden las habilidades para la expresión artística.

Si bien hemos descrito las características generales de la latencia, no se pretende –menos desde nuestra disciplina– generar la ilusión de un niño universal y teórico. Sabemos con seguridad que siempre encontraremos niños e historias particulares que transitan en contextos familiares y sociales que los hacen únicos.

Resulta de suma importancia estudiar a profundidad la latencia, pues a menudo son referidos a consulta psicológica pacientes que se encuentran en esta etapa de la vida infantil. Un diagnóstico correcto y oportuno facilitará no sólo una adecuada orientación para los padres de familia y educadores, sino que dará al niño la posibilidad de resolver aquello que le aqueja.