Archivos mensuales: marzo 2015

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Nota Invitación a las Jornadas Eleia 2015

La depresión, en demanda de una mejor comprensión

psicoanalítica y mejores respuestas en su tratamiento clínico.

Invitación a las Jornadas Eleia 2015

Por Yolanda del Valle

La separación del objeto amado provoca sufrimiento y una serie de reacciones específicas que bien pueden llegar a constituir un duelo. La separación y el duelo pueden manifestarse en formas muy diferentes, tener orígenes distintos y ambos pueden acompañarse de depresión.

Desde la época clásica se ha relacionado a la depresión con la pérdida del objeto amado, lo que ocasiona dolor, resentimiento, desinterés generalizado y una involución paulatina que intenta el aislamiento.

Durante siglos se ha sostenido una búsqueda sin tregua para su solución. A partir de diferentes conjeturas se han llevado a cabo investigaciones y trabajos clínicos para tratarla; ya sea desde el mundo médico, psiquiátrico, psicológico o psicoanalítico; con el objetivo de abatir este padecimiento. No obstante, los resultados son exiguos, muy por debajo del esfuerzo desplegado.

Veintiséis siglos después de su reconocimiento, la Organización Mundial de la Salud considera que la depresión ocupa el lugar más destacado entre los problemas mentales; hecho que confirmamos en la práctica cotidiana del consultorio.

 

Separación, duelo y depresión, son experiencias relacionadas entre sí que dan lugar a una enorme cantidad de propuestas psicoanalíticas, por su impacto en la vida mental y su frecuente manifestación. Sus significados y manifestaciones son tan variados como lo son las historias y las características de aquellos que las padecen.

Sin embargo, como la depresión es compañera forzosa para la mayoría de los padecimientos psíquicos, existe el peligro de convertirla en cajón de sastre. Al hacer un diagnóstico, es muy común declarar que uno u otro paciente es “depresivo” y la razón es que existe en él una depresión. Pero, el hecho de que se manifieste una depresión, no equivale específicamente a un trastorno depresivo, ya que puede ser un elemento más de un cuadro distinto.

Una situación tan graciosa como descriptiva del punto mencionado, sucedió en una escuela a la hora del recreo, mientras tres alumnas de seis años discutían, hasta que una de ellas jaló a otra diciéndole: “¡Ya déjala, no le hagas caso! ¡Es una bipolar!”.

A menudo llegan al consultorio pacientes que han sido tratados como melancólicos, depresivos o bipolares, presentándose a sí mismos con esos términos. No obstante, uno no tarda mucho en observar que se trata de un trastorno de índole diferente. Sucede que existe un núcleo depresivo insoslayable y casi imposible de superar en cualquier trastorno mental grave, lo que puede obrar como una señal engañosa cuando intentamos entender la estructura y el trastorno del paciente. Esto, entre otras muchas razones, obliga a entender la clínica psicoanalítica como una cuestión que va mucho más allá del diagnóstico, de lo manifiesto, de lo externo observable, de lo que es consciente para el paciente e, incluso, de lo conocido por las diferentes ciencias, ya que debe existir siempre una interrogante, un vacío de conocimiento abierto siempre a nuevas respuestas. La clínica psicoanalítica tiene que ver con la complejidad y con la distinción de los matices más finos y los aspectos más delicados de la textura que observamos desde la escucha y la interacción transferencial.

Por otra parte, algunos cuadros requieren de una total precisión antes de iniciar su tratamiento, como sucede con el masoquismo, que si bien comparte varias características con la depresión, su naturaleza de fondo es muy distinta. Por esta razón, la interpretación en uno y otro caso puede resultar arriesgada si se confunden.

El dolor por la falta y la sensación de vacío que suponen las separaciones, los duelos y la depresión, es un componente ineludible de la condición humana. Precisamente por esta razón, se hace indispensable lograr un entendimiento de mayor profundidad que nos permita reconocer cuándo las respuestas del paciente se vinculan con la vida y cuándo prevalecen sus elementos destructivos.

 

Además de las tesis, las publicaciones y la difusión en diferentes medios a lo largo de los años, el Centro Eleia recientemente dedicó un diplomado para estos temas, del que estuvo a cargo la Dra. Catherine Goetschy. Ahora, en las Jornadas que tendrán lugar el próximo 5 y 6 de junio, pretendemos dar a conocer lo más reciente y destacado de las investigaciones y el trabajo clínico acerca de la depresión, la separación y el duelo, partiendo de las diferentes corrientes psicoanalíticas, con la intención de exponer nuevas herramientas para la práctica clínica, así como propuestas teóricas y las rutas que actualmente sigue la técnica psicoanalítica para la atención de estos problemas.

 

Consulta aquí el programa y cómo inscribirse en las Jornadas: http://www.centroeleia.edu.mx/cursos-de-psicologia-jornadas-clinicas

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Acerca del narcisismo en la clínica

Nota del Taller “El narcisismo en la vida cotidiana”, 9 y 16 de mayo, 10 hrs.

Por Conrado Zuliani

 En 1914 Freud escribió uno de sus grandes artículos: Introducción del narcisismo. A partir del trabajo clínico con sus pacientes, fue que se vio movido a intentar teorizar acerca del narcisismo –amor al propio yo, entendiendo al yo como representación de sí–, no solo como un fenómeno presente en la patología, sino como parte de la constitución del yo. En este sentido, el autor afirma que al inicio de la vida no existe en el ser humano alguna unidad comparable al yo, sino que se construye agregando al estado de autoerotismo inicial –la vivencia que tiene el niño de su cuerpo fragmentado– un nuevo acto psíquico: el narcisismo primario, que viene a dar cuenta del momento en el cual el yo se constituye como imagen de sí.

En este momento inicial de la vida psíquica, toda la libido está localizada en el yo y no existe diferenciación entre el niño y su madre. Podría apelarse a la imagen de que el pezón de la madre es una continuación de la boca del bebé. Este período se caracteriza por la falta de un registro del otro como individuo independiente, como un ser diferenciado del propio yo.

La dupla madre fálica – hijo narcisista puede entenderse como una ilusión de perfección, de ser uno con el otro, de ser lo mismo que el otro; hacer de dos cuerpos uno, de dos mentes una. El niño narcisista tiene la fantasía de ser todo para la madre, de ser aquello que la completa, de ser la causa de su felicidad.

¿No son acaso estos mismos contenidos los que se pueden identificar en el discurso amoroso del adulto? Ser todo para el otro, hacer de dos uno, sentirse imprescindible, la causa y el sentido de la vida del otro, constituyen las marcas del narcisismo en la relación amorosa. Allí donde reina el narcisismo, el sujeto se coloca como origen y centro de la historia. De esta forma, el niño imagina que la vida de los padres comenzó cuando él nació y, de la misma manera, en las parejas se suele tolerar poco que el otro tenga una historia previa. Los “secretos”, la evidencia de no saber absolutamente todo acerca de la otra persona, operan como precipitantes para la caída de dicha ilusión.

El narcisismo desvanece las distinciones en sus múltiples formas: la alteridad, la diferencia sexual, la distancia generacional. El narcisismo constituye la exigencia del todo y de lo igual, con miras a suprimir la falta, lo incompleto, la disparidad. En la dupla narcisista que conforman el niño y la madre, la ilusión es que nada falte.

Por ello, si bien el narcisismo constituye un momento necesario –se requiere la mirada de la madre cargada de deseo dirigido al niño para que ocurra un proceso de narcisización, el cual le permitirá al hijo asumir su cuerpo como propio–, será luego forzoso que el niño caiga de la posición de ser todo y uno con la madre, brecha obligatoria para que el deseo se motorice y circule. Es preciso amar –dirá Freud, parafraseando a Heine– para no enfermar; amar los objetos diferenciados de uno mismo.

Freud se pregunta entonces cuál es el destino del narcisismo primario cuando se ha perdido. Ciertamente, recobramos algo de aquella perfección infantil al intentar el cumplimiento de un ideal del yo. De la misma forma, un alejamiento de dicho ideal será vivenciado por el sujeto como pérdida o disminución de la autoestima. En ocasiones, lo desmesurado de este ideal deja al sujeto en la estocada permanente de la depresión. Por ejemplo, si el ideal de alguien es ser Freud, no será difícil que se encuentre continuamente muy lejos de alcanzar esa meta. En cambio, si su ideal es ser un buen terapeuta o un buen analista, cuando sus pacientes mejoren sentirá una gratificación, mientras que si algún paciente empeora o abandona el tratamiento, padecerá un dolor narcisista –sensación de culpa por no haber hecho las cosas bien, tal vez– o sentimientos depresivos, pero en niveles mucho más acotados y tolerables.

Las relaciones entre el niño y sus padres nos dan nuevas oportunidades para pensar el tema del narcisismo. El narcisismo del niño, dirá Freud, no es otra cosa que la reedición del narcisismo perdido de los padres: se le atribuyen todos los anhelos de perfección y “deber ser” que los padres no pudieron alcanzar, recobrando algo de su propio narcisismo. Por ejemplo, para un padre que no tuvo posibilidad de estudiar, el hecho de que su hijo obtenga un título universitario seguramente será vivido como una satisfacción narcisista.

Tolerar la imperfección, la propia y la del otro, y amar a pesar de las fallas, son algunos de los cambios que el psicoanálisis persigue y propicia. En suma, se trata de que el sujeto ceda parte de su narcisismo para que, de esta manera, circule de forma más fluida entre las dos posiciones que caracterizan al amor: la posición de amado y la de amante.

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El psicoanálisis y la salud mental

Por Marcela Barruel Oettinger

La teoría psicoanalítica y el método terapéutico que de ella se deriva fueron creados por Freud a principios del siglo pasado. En un principio, sus investigaciones iban encaminadas curar ciertas enfermedades mentales (principalmente la histeria). Para ello creó una serie de modelos teóricos basados en la existencia del inconsciente; describió el funcionamiento del mismo y su relación con algunos trastornos mentales.

Freud comenzó sus investigaciones desde la medicina. Como médico y de acuerdo a la época, tenía una visión positivista y dicotómica de la salud mental: pensaba que existían personas enfermas o personas sanas. Con su método buscaba eliminar síntomas, basándose en un modelo lineal donde a cada uno le correspondiera cierta causa específica. A medida que fue avanzando en el estudio de la mente, su investigación se hizo cada vez más compleja, llegando a construir un cuerpo teórico profundo y amplio que permite explicar no sólo gran parte de la psicopatología, sino también del funcionamiento mental normal, así como otros fenómenos humanos.

Posteriormente, Freud mismo amplió los objetivos del tratamiento psicoanalítico. Además de la cura de síntomas, él pensaba que gracias a su método se podía, entre otras cosas, hacer consciente lo inconsciente, recuperar recuerdos reprimidos, restaurar la evolución psicosexual y fortalecer el yo. De manera que se harían remitir los síntomas, al mismo tiempo que el sujeto adquiriría mayor capacidad para desarrollarse en otros ámbitos de la vida, como en el trabajo y el amor.

A lo largo de los años que le siguieron, han surgido dentro del psicoanálisis muchas corrientes que tratan de entender diferentes aspectos de la mente y las diversas patologías. Cada una de estas ramas propone tratamientos con distintos objetivos y con métodos que presentan algunas variaciones. Aun cuando sigue siendo relevante para todas las escuelas psicoanalíticas el conocimiento del propio inconsciente y la recuperación de los recuerdos reprimidos, existen otros objetivos que han ganado nueva importancia.

La escuela inglesa, con Melanie Klein como su principal exponente, propone que mediante el tratamiento psicoanalítico es posible acceder a las fantasías inconscientes que provocan ansiedades y a su vez perturban la vida de los sujetos. De esta manera, se pueden modificar los patrones más o menos constantes que complican los vínculos que vamos estableciendo a lo largo de la vida. Los postkleinianos piensan que uno de los objetivos del psicoanálisis es desarrollar una capacidad para pensar las emociones. Esta facultad permite un mayor crecimiento mental y está relacionada con la responsabilidad y la tolerancia al dolor mental que implica la búsqueda de la verdad. Postulan también, la existencia dentro de la mente de partes adultas que habrán de hacerse cargo de las partes infantiles, perversas o psicóticas. Dentro de la escuela inglesa también tenemos a Winnicott, quien propone que con el tratamiento analítico se puede restablecer el desarrollo emocional que quedó trunco debido a las fallas ambientales.

Por otro lado, la escuela americana plantea como inherente al ser humano la presencia de conflictos tanto entre las diferentes partes de la mente como con la realidad externa. Es por esto que, en lugar de eliminar tales problemas, se propone fortalecer la parte de la mente encargada de manejarlos, para alcanzar comportamientos y relaciones interpersonales más adaptadas a la realidad. Piensan que el ser humano se relaciona con los demás a partir de ciertos patrones, que son una repetición de la manera como se establecieron los primeros vínculos; pautas que pudieron ser útiles en algún momento para adaptarse al mundo y manejar ciertos conflictos, pero que con frecuencia, si se repiten en el momento actual, distorsionan y complican las relaciones, creando conflictos que tienen más que ver con el pasado que con el presente.

Todas las escuelas coinciden en que el autoconocimiento es una meta importante dentro del psicoanálisis, así como la adquisición de una capacidad para el autoanálisis, ya que ambos son herramientas que permiten enfrentar mejor la vida y sus vicisitudes.

De la misma forma que cada escuela tiene sus propios objetivos en el tratamiento, también enfatizan el uso de diferentes métodos o instrumentos de los que se vale el psicoterapeuta para alcanzarlos. Algunas teorías proponen que el instrumento principal es la interpretación de los contenidos inconscientes; otras postulan que lo más valioso del tratamiento es la escucha empática y comprensiva por parte del analista, junto con la labor de contención que proporciona su presencia receptiva; otras plantean que la posibilidad de crear vínculos más sanos con el terapeuta es lo que ayuda a los pacientes.

Aquellos que consideran importante restablecer en los pacientes las deficiencias provocadas por una mala crianza, buscan que el analista se encargue de algunas de esas funciones fallidas, procurando una crianza complementaria donde se establecen vínculos más sanos. De esta manera, el tratamiento sería una especie de segunda oportunidad para el desarrollo de una personalidad saludable. Esta idea se contrapone a la de otros teóricos que piensan que el vacío causado por fallas en la crianza es muy difícil de resarcir; su objetivo, entonces, es explorar la mente para comprender las propias limitaciones y aprender a vivir con ellas de la mejor manera posible.

Respecto al tipo de personas que se pueden beneficiar de un tratamiento psicoanalítico, también existen cambios importantes. Freud limitó el tratamiento psicoanalítico a pacientes neuróticos no muy graves, con una inteligencia de media a superior y cierto grado de cultura. A medida que se ha ido conociendo más acerca de la mente, se amplía el sector de población que puede beneficiarse del psicoanálisis. Actualmente existen teorías con las que se pueden abordar trastornos psicosomáticos, psicóticos, autismo, discapacidad intelectual y hasta psicopatías.

Vemos así que a lo largo de la historia del psicoanálisis ocurre un cambio de paradigma. Inicialmente se pensaba que una persona enferma se sometía a un tratamiento psicoanalítico para curarse de sus síntomas y restablecer su salud mental. El método es ahora mucho más ambicioso ya que, además de mejorar la sintomatología de los pacientes, el psicoanálisis se consolidó como un método que permite comprender gran parte del funcionamiento mental, de la manera como se establecen los vínculos y de las emociones más profundas, complejas y contradictorias con las que lidiamos los seres humanos. Los objetivos del tratamiento ya no se centran únicamente en lo patológico, sino que se extienden al crecimiento mental, al desarrollo personal, a la búsqueda de mejores formas de relacionarse con los demás y de enfrentar tanto el dolor como el sufrimiento inherentes a la vida.

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La escritura del analista

Por Erika Patricia Ciénega Valerio

…la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito,

y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.

Marguerite Duras

¿Qué es lo que lleva a un analista a escribir acerca de un análisis? Evidentemente, lo sabemos. Uno no escribe de cualquier cosa, ni de cualquier caso. No se escribe por azar, aunque de inicio –y tal vez también al final– resulte desconocido. Se está comprometido en y con lo que se escribe.

Daniel Rubinsztein (1999), psicoanalista argentino, plantea que el analista escribe a partir de la caída, de la pérdida, de lo inexplicable de un caso, yo agregaría, del enigma. ¿Acaso no el enigma, esa cosa equívoca y oscura, que podría representar cualquier caso clínico, remite al agujero, a un real? Recurro a Marguerite Duras (1994) para describir este planteamiento: “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará… Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda…”. Entonces me cuestiono, ¿el analista escribe en un intento de bordear ese agujero, ese real, ese enigma al que su práctica lo expone día con día?

Lo que motiva al analista a escribir un “caso” podría ser un llamado: algo lo convoca a decir. Quizá no sea él quien elige el caso, sino el caso el que reclama un sujeto con el fin de ser narrado. De algún modo el caso se impone y supone también un deseo de plantear un interrogante dirigido a la teoría, a la conocida por el analista y a la desarrollada hasta ese momento (Ruiz, 2000). Lo cierto es que el analista que lee en la transferencia, no es el mismo que aquel quien habrá de teorizar lo transcurrido en las sesiones.

La escritura anuda, marca un límite, pone distancia, reordena para que otro texto tenga lugar. Al escribir acerca de un caso, Alejandra Ruiz (2000) propone que el analista tendrá que vérselas con tres planos temporales: el tiempo de la oralidad, el tiempo de la narración y el tiempo narrado.

Siguiendo el planteamiento de la autora citada, que el tiempo de la oralidad sea un real, que deba perderse la presencia real del analizante para que queden sólo algunas frases, implica la existencia de un real que no cesará de inscribirse y será necesario bordear. El tiempo narrado remite a la capacidad de asombro del analista, poner en suspenso lo que se cree saber acerca del caso para volver a interrogarlo. La escritura del caso deja entonces de ser un mero ejercicio especular, en donde únicamente se describa de manera ingenua lo acontecido en el análisis. Por el contrario, escribir es apostar, es arriesgarse. El analista deberá despojarse de lo que sabe (clínica y teóricamente); falto de un sustento conceptual que lo proteja, deberá fingir olvidar a dónde supone que eso conduce, para así interrogarlo nuevamente, cosa que exige una división. Para que el analista escriba deberá desposeerse, desasirse, perder para crear.

El analista está ahí para perder y entonces escribir, aunque sea una tarea que quedará inacabada –afortunadamente– y condenada al fracaso. Como señala Rubinsztein (1999), existe un fracaso interno en la tarea de la escritura; escribir lo que no se sabe es el intento de tensar hasta el límite las palabras. La escritura es una puesta en acto de la renuncia a tener una respuesta para todo y a pretender decirlo todo.

Referencias:

 

  • Duras, M. (1994). Escribir. España: Tusquet.

 

  • Rubinsztein, D. (1999) El psicoanalista y la escritura. Algunas notas sobre ensayo y psicoanálisis. Clase 8 del Seminario La formación del analista (en línea), com. El programa de Seminarios por Internet de PsicoMundo, 1999 [fecha de consulta: 1 de diciembre 2014]. Acceso restringido a miembros: http://www.edupsi.com/formacion

 

  • Ruiz, A. (2000). “La escritura del caso”, en Relatos de la clínica, número 1, noviembre, (en línea), (fecha de consulta: 1 diciembre 2014). Acceso restringido a miembros: www.psicomundo.com/relatos/relatos1.htm

 

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Psicología, ¿es la carrera para mí?

Artículo de la Licenciatura en Psicología.

Por Patricia Bolaños

La elección vocacional es definitivamente una de las decisiones más importantes de nuestra vida, por lo que es de esperar que este proceso genere mucha ansiedad e interrogantes, que nos encontremos indecisos entre varias carreras, a veces muy distintas entre sí: “¿Será la carrera correcta?, ¿y si me equivoco?, ¿si después cambio de opinión?”. Estas dudas son normales y, hasta cierto punto, sanas pues es necesario que una decisión de esta índole sea bien pensada y cuestionada. En la medida que aguantemos la incertidumbre, será mucho más probable que tomemos una mejor elección.

Son muchos los factores que influyen al decidir qué carrera estudiar; uno de ellos es la identificación con la vida laboral de nuestros padres. Este aspecto tiene gran peso, porque muchas veces los padres tienen la expectativa de que sus hijos sigan sus mismos pasos pero, aunque tal actitud se sustenta en un deseo de éxito para ellos, resulta complejo percatarse cuándo sus intereses se orientan hacia otra formación. Por ello, el joven deberá defender su elección, lo cual es parte de la adquisición de su identidad y crecimiento personal.

Otro aspecto que cobra fuerza son las elecciones de nuestro grupo social, en particular de nuestros amigos. Iniciar una nueva etapa en un lugar desconocido con gente diferente ocasiona sentimientos encontrados: emoción pero también miedo y dudas. En este clima, puede resultar tentador decidir en función de lo que eligen las personas más cercanas a nosotros; optar por la carrera que eligió mi mejor amigo, calma, asistir a la misma universidad donde van a la mayoría de mis compañeros de la preparatoria también brinda cierto alivio.

Una vez sorteados estos aspectos que nos atañen a todos, sobreviene la pregunta específica: ¿Psicología es la mejor carrera para mí? Asimismo, comenzamos a cuestionarnos si tenemos las características necesarias para ser un buen psicólogo.

Decir que existe un tipo de personalidad que vaya mejor con la formación en Psicología o que debe tenerse una vocación para ayudar a las personas, sería erróneo. En realidad, los requisitos consisten en ciertas características o intereses gracias a los cuales vemos de forma apasionante el estudio de la conducta y las emociones humanas. Sin embargo, es importante señalar que estas cualidades se desarrollan con el tiempo, ampliándose y afinándose durante la carrera universitaria y a lo largo de toda nuestra vida.

El psicólogo manifiesta un deseo por comprender el porqué de los actos de los individuos. Se caracteriza por su curiosidad para tratar entender lo que nos rodea, encontrar explicaciones y profundizar en ellas; esto se evidencia en el gusto por discutir películas o personajes de libros, donde buscamos explicarnos las motivaciones para llevar a cabo cierta acción o procurar entender que pasó en la historia de esa persona para llegar a ser quien es.

Esta preocupación por los fenómenos mentales a lo largo de la formación como psicólogo, se traduce en un proceso de crecimiento personal muy valioso, porque al estudiar al ser humano, por ende, nos estamos conociendo a nosotros mismos, obteniendo acceso a un tipo de aprendizaje que sólo la carrera de Psicología permite.

Otra cualidad que podemos mencionar como propia del estudiante de Psicología es el gusto por el trato con las personas: una preferencia por actividades que impliquen el contacto con otros, una buena conversación, un intercambio de ideas, opuesta a actividades solitarias, como el trabajo frente a una computadora. No es raro que la gente cercana a nosotros diga que somos buenos escuchando, lo cual es resultado de este interés por entender lo que ocurre a los demás. Esta característica es central para nuestra profesión, ya que trabajamos con todo tipo de personas, de diferentes edades, en un contacto constante con ellos dentro de los diversos escenarios laborales donde el psicólogo ejerce: el hospital, la institución, la escuela, la empresa, el consultorio.

El psicólogo mantiene un gusto por el estudio; la carrera en Psicología exige una formación continua y la actualización de sus conocimientos, dada la naturaleza delicada que implica el trabajo con las emociones, por lo que será necesario leer mucho –no sólo material teórico sino también obras literarias–, ver películas, asistir a representaciones teatrales, ya que todas estas funcionan como expresiones de la mente humana y sus procesos.

Las mencionadas en este artículo no son las únicas características ni las más importantes que distinguen a los psicólogos, pero nos ofrecen algunas ideas que se relacionan y nos acercan a la respuesta si esta apasionante carrera es para nosotros.

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El cajón de juegos

Por Alma Toledo

 

El trabajo clínico se teje en la intimidad de la relación entre analista y paciente. En la psicoterapia con niños, el cajón de juegos individual ocupa un lugar central para la construcción de la privacidad, es decir, de un espacio en donde el mundo interno del niño florezca. Los niños no sólo entienden, sino que cuidan celosamente su propiedad.

Melanie Klein (1987) propone el trabajo alrededor del juego y los materiales necesarios para llevar a cabo esta tarea. Lo mejor, de acuerdo a esta autora, es que los juguetes sean pequeños y sencillos para permitir que las fantasías del niño puedan expresarse a través de la actividad lúdica. Klein fue la primera en alentar a los niños para que guardaran sus juguetes en cajones cerrados. El cajón de juegos representa simbólicamente el secreto profesional (Aberastury, 1996).

Un niño con ansiedades paranoides muy intensas acudía a sesión, al llegar abría su cajón para confirmar que todo se encontrara tal como él lo había dejado, expresando así su temor de que algún otro paciente espiara su material y tomara sus cosas. Esto nos permitió después analizar sus deseos de mirar los otros cajones, los celos por la presencia de los demás pacientes, su rivalidad, pero cabe mencionar que esto era posible gracias a que encontraba su material intacto. Sabemos lo difícil que es para algunos pacientes construir un vínculo de confianza.

Aberastury (1996) señala enfáticamente: “Si se considera técnicamente necesario ofrecer a cada niño un cajón que sea sólo de él, es porque lo necesita para curarse la total posesión, sin interferencias, de algo que para él llegará a significar lo que fue su primitiva relación con la madre.”

Una niña que atendí hace tiempo solía traer material de su casa y meterlo a su cajón; pronto estuvo atiborrado de cosas, no cabía nada más. Su cajón me hizo recordar una entrevista previa con su madre, en la que me comentó: “Qué bueno que mi hija tome terapia con usted, yo ni puedo, ni tengo ganas de lidiar con niños, mi cabeza está llena de tantas cosas que lo último que se me ocurre es pensar en ella.”

Anderson (2006:25) hace hincapié en el papel del cajón individual como favorecedor del sentimiento de continuidad en el intervalo entre las sesiones; además, establece una analogía entre la idea de un mundo interno que contiene objetos internos y la caja que contiene los juguetes del niño.

Meltzer, por su parte, en su trabajo sobre La distinción conceptual entre identificación proyectiva y continente-contenido (1990:73), señala como algunas de las cualidades del continente la privacidad y la exclusividad. Con respecto a esta última agrega: “La historia de la relación que es la que crea el sentido de la privacidad, debe generar el sentido de estar viviendo algo único”. Me parece que el cajón permite establecer las condiciones para que la relación se construya y adquiera dichas cualidades.

A lo largo del tratamiento, el cajón va tomando una importancia y un significado que para cada niño son únicos y personales. Nuestra tarea es brindar el espacio para que los pequeños puedan expresar sus propias fantasías en un lugar capaz de contenerlas y darles sentido propio.

 

  1. Era un niño de ocho años cuando llegó a consulta, padecía encopresis y tenía serias dificultades para tolerar los límites. Comenzamos a trabajar y al cabo de un tiempo comprendí la gravedad de su situación. Dentro de su “juego” introdujo la presencia de monstruos; visiblemente aterrado, me mostró que aquello no era una simple fantasía, a veces eran francas alucinaciones. Poco a poco pudimos comenzar a nombrar aquello que representaban, a veces por iniciativa mía, a veces él mismo. Los llamamos “envidiosín, celosín, enojadín, rabiosín, furiosín”, dependiendo de las emociones que estuvieran manifestándose. E. me propuso un día: “¿Y si mejor los guardamos en mi caja?”. Así lo hicimos y esto se convirtió en un recurso fundamental a la hora de concluir la sesión: E. insistía en la necesidad de que los monstruos permanecieran en la caja mientras él iba a casa; necesitaba una mente capaz de recibir sus proyecciones más violentas, intolerables y persecutorias. Su cajón representó para él ese espacio capaz de contener y poner freno a sus terroríficas angustias.

 

En conclusión, el cajón representa la privacidad, la exclusividad, el mundo interno del niño. Ordena, da continuidad, permite la contención de emociones, el despliegue de las fantasías y, cuando las cosas van mejor, también la construcción de significados.

 

Referencias:

Aberastury, A. (1996). Teoría y técnica del psicoanálisis de niños. Buenos Aires: Paidós.

Anderson, R. (2006). “Desarrollos de la técnica kleiniana”. En Psicoanálisis de niños. Tendencias actuales. Luis Rodríguez de la Sierra (Comp.) Barcelona: Albesa.

Klein, M. (1987). “La personificación en el juego de los niños”. En Obras completas. Vol. I: Amor, culpa y reparación. Barcelona: Paidós.

Meltzer, D. (1990) “La distinción conceptual entre identificación proyectiva (Klein) y continente-contenido (Bion)”. En Metapsicología ampliada. Buenos Aires: Spatia.

 

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Artículo del Diplomado “Terapia de Juego. Bases y avances en psicoanálisis infantil”
Inicia: 10 de octubre de 2015
Clases todos los viernes de 9:00 a 13:00 hrs.
Duración: 9 meses
Imparte: Dra. Sara Dweck

Se imparte en el Plantel Norte

Av. Cerro de las Campanas 3
nivel 5, San Andrés Atenco
Tlalnepantla, (Periférico/Pirules)

Mayores informes e inscripciones mmercado@centroeleia.edu.mx o al 56612177 ext. 110

Conoce los detalles del Diplomado Terapia de Juego aquí