Trabajar con niños implica una entrega física, en la que el cuerpo del analista se vuelve herramienta, sostén y frontera. Una sesión puede volverse un campo donde se juega la constitución psíquica, y donde el analista presta funciones que aún no están desarrolladas en el niño.
En un contexto social en el que la autoridad se ha vuelto difusa, los límites parecen sospechosos y se espera que toda intervención sea suave y explicada. La clínica infantil nos recuerda que hay momentos en que la presencia firme del analista y su tolerancia al dolor de ser un límite es condición misma para que pueda darse el pensamiento.
Recuerdo a un niño de siete años que llegaba al consultorio a destruirlo todo. Volcaba las canicas sobre la mesa, tiraba Resistol y desbordaba un malestar que no encontraba forma de expresarse. Mi reacción fue poner la mano para evitar que las canicas se cayeran. Comprendí que ese gesto mostraba que él convocaba mi función continente.
Como señala Bion (1962), cuando los elementos de experiencia no pueden transformarse en pensamiento, se evacúan en busca de un aparato psíquico auxiliar. A veces fue necesario marcar límites: "En ese espacio sí puedes tirar el resistol, en el sillón no". Otras veces fue necesario cerrar la puerta y sostenerla.
Un día, su caja de juego estaba tan sucia y rota que parecía intocable. Todo lo que había parecía inservible por el caos en el que se encontraba, así que tomé la decisión de limpiarla. Le dije que ese día yo ordenaría la caja para que él pudiera volver a jugar ahí. Mientras lo hacía, ponía palabras a mi acción: interpretaba que a veces era necesario limpiar, reacomodar, y que él sentía que eso era muy difícil de lograr.
Entonces apareció, por primera vez en casi un año de tratamiento, el juego simbólico: buscó herramientas para reparar una mesa imaginaria y me iba pidiendo, como mecánico, que le pasara un destornillador. Donde había solo descarga, emergía ahora la posibilidad de reparar, reajustar, solicitar ayuda. Janin (2007) denomina estas intervenciones como estructurantes: actuaciones del analista que habilitan funciones aún en formación.
Otro caso fue el de una niña de nueve años que, en plena sesión, arrojó una maceta al piso y destruyó su caja a patadas, intentando huir del consultorio. La contuve físicamente con la ayuda de su madre.
En la sesión siguiente, cuando intentó repetirlo, le dije con claridad que yo la ayudaría a regularse si ella todavía no podía. Los últimos quince minutos pudo permanecer en el diván sin destruir. Había vivido un límite que no la expulsaba; su agresión no había destruido el espacio continente. Habíamos sobrevivido juntas.
Winnicott (1965) plantea que el niño necesita experimentar su destructividad y comprobar que el objeto y la relación resisten.
A la siguiente sesión temía entrar. La invité con un juego que sabía que le llamaría la atención. Sin hablar, solo por medio de los objetos, pudo mostrarme sus fantasías de ser expulsada y su sensación de ser basura desechable. Primero tuvo que recibir una contención de todo lo evacuado y proyectado masivamente —esforzada y dolorosa para ambas— para establecer el encuadre y posibilitar la transferencia, armando un espacio analítico (Meltzer, 1967).
Estas experiencias nos colocan frente a estados psíquicos tempranos en los que no hay bordes internos suficientes. Bick (1968) lo conceptualizó como fallas en la "piel psíquica", que llevan al niño a usar al analista como límite externo. En esos momentos, el cuerpo del terapeuta se convierte en pared necesaria. No se trata de coerción arbitraria, sino de preservar el espacio donde algo del niño pueda existir sin derrumbarse.
Hoy vemos cada vez más niños con dificultades profundas de regulación emocional, en un entorno social que tiende a desdibujar límites y donde la agresión suele quedar sin marco. Si el consultorio pretende ser un continente que habilite el pensamiento, entonces necesita paredes firmes. La ética del psicoanálisis infantil no consiste en permitirlo todo, sino en sostener lo que el niño aún no puede sostener solo. Primero se presta el límite; luego puede surgir la palabra.
Salir a buscar al niño al coche o resistir la fuerza de sus golpes no es un retroceso técnico. Se necesita cuidado, responsabilidad y la capacidad de contener la agresión que, si el encuadre se establece, inevitablemente se volcará en el analista. Es asumir, como dice Winnicott (1960), que el analista a veces debe ser el yo auxiliar del paciente: ser el borde que organiza, contener lo que desborda, sobrevivir a lo devastador y permanecer.
Eso es ser la pared necesaria: no para encerrar, sino para permitir que adentro se construya un espacio continente firme y fuerte, donde el juego y el pensamiento puedan finalmente nacer.
Referencias:
-
Bick, E. (1968). The experience of the skin in early object-relations. International Journal of Psycho-Analysis, 49, 484–486.
-
Bion, W. R. (1962). Learning from experience. Heinemann.
-
Janin, B. (2007). Clínica con niños: Intervenciones y entramados subjetivos. Paidós.
-
Meltzer, D. (1967). The psycho-analytical process. The Hogarth Press.
-
Winnicott, D. W. (1960). The theory of the parent–infant relationship. International Journal of Psycho-Analysis, 41, 585–595.
-
Winnicott, D. W. (1965). The maturational processes and the facilitating environment. International Universities Press.