Una mirada psicoanalítica de la mala conducta de los niños

Fecha: 10 junio, 2026

Autor: Martha Zorrilla

Uno de los motivos de consulta más frecuentes en el consultorio de quienes atendemos niños en terapia psicoanalítica es la mala conducta del pequeño, a veces en la escuela, otras veces en la casa y, otras más, en todas partes. Al decir "mala conducta" me refiero a conductas inadecuadas que dificultan su adaptación al medio escolar y familiar, la socialización con pares e incluso sus procesos de aprendizaje.

Vemos niños agresivos con sus compañeros, incapaces de seguir indicaciones, desafiantes, miedosos, inquietos, distraídos, demasiado rigurosos consigo mismos, impulsivos y una larga lista más de características del comportamiento que llaman la atención de los maestros y los padres a tal nivel que buscan atenderlo.

Los primeros intentos para eliminar esas conductas tienen que ver con el campo de la pedagogía. Al niño se le platican las desventajas de comportarse de esa manera, se le muestran modelos a seguir, se le premia la conducta deseada e, inclusive, se le castiga aquella que no conviene; se manejan consecuencias del mal comportamiento y se intentan cuantas medidas correctivas estén a la mano. En algunos casos, estas estrategias son suficientes y el niño es capaz de seguir adelante en su crecimiento.

El problema es cuando todas estas medidas fracasan, cuando parece que cualquier intento dirigido a la conciencia del niño no es suficiente para modificar la conducta. Es entonces cuando nos buscan para atender la situación. El estudio del psicoanálisis nos da el privilegio de tener una visión que va más allá de lo evidente y que, por lo tanto, puede dar alguna respuesta a lo que aparentemente no tiene modo de ser modificado.

Nosotros entendemos que la conducta de los niños tiene un significado detrás, que corresponde a algo que no puede ser expresado por el lenguaje. Otro modo de decirlo sería que lo que no puede ser hablado —o simbolizado— por el niño probablemente se muestre en la conducta. La conducta es, entonces, una forma preverbal de expresión. Como ejemplo de esto, consideremos el siguiente caso clínico:

Carlos llegó a terapia cuando tenía 4 años; los padres y la escuela estaban preocupados por la agresividad que mostraba hacia sus compañeritos. Un par de semanas antes de la consulta Carlos empujó a un niño desde arriba de la resbaladilla, ocasionándole un fuerte golpe. En casa y en la escuela ya le habían explicado y pedido de muchas formas que no hiciera eso, pero, en lugar de que la conducta desapareciera, ésta comenzó a ser más frecuente.

Carlos fue el resultado de un embarazo polémico entre los padres, pues él no deseaba tenerlo. Cuando yo conocí a Carlos, sus padres ya estaban separados y con nuevas parejas; además, acababa de nacer una media hermana que estaba siendo amamantada y cariñosamente criada.

Pocas sesiones después de comenzar el tratamiento, Carlos fue capaz de comunicarme los celos profundos y dolorosos que sentía por aquella bebé que tenía a ambos padres juntos y sin pleitos. En una sesión construyó una ciudad con bloques que, al terminarla, fue derrumbada por un terremoto ocasionado por un bebé gigante. Era como si me dijera que "su mundo se tambaleó con la llegada de la bebé".

Construía juegos en los que algún personaje eliminaba a todos los demás de manera muy violenta. Con esto, fuimos entendiendo lo que tal vez representaban los compañeros de la escuela: aquellos que también suponían para Carlos la amenaza de tener un rival que fuera más querido, atendido y mirado.

La posibilidad de que los niños dentro del consultorio psicoanalítico construyan juegos, dibujen o actúen aquello que los impulsa a comportarse de cierta manera permite que el analista haga un trabajo de comprensión del significado para después, poco a poco, devolverle al niño eso que expresó, pero ahora en palabras. Esto contribuye a la simbolización y permitirá que, después de tiempo y trabajo, el desarrollo de la mente del niño tome un rumbo diferente.

El trabajo interdisciplinario es necesario para abordar los problemas humanos de manera más completa. Existen espacios y momentos en los que, para el niño, es importante recibir la formación pedagógica que indique hacia dónde se espera que su conducta se defina: ahí pensamos en la obediencia, el esfuerzo y las calificaciones. Pero cuando estamos en el espacio analítico, lo que pensamos es el significado, lo no simbolizado, lo preverbal, el sufrimiento psíquico que hay detrás de la conducta.

Termino subrayando la importancia de no confundir una función con la otra. Cuando se está haciendo un trabajo psicoanalítico con niños, importa no dejar el lugar que nos corresponde: el de la búsqueda de significados, la apertura, la escucha, las preguntas y el soñar con ellos.