Pasiones y emociones

Por Víctor H. Ruiz

Es muy común el uso de las palabras “pasión” y “emoción”; las encontramos en un sinfín de frases en la vida diaria. Seguramente has dicho o escuchado alguna de las siguientes: “qué emoción pensar en el viaje”, “se dejó llevar por la pasión”, “ya no me emociona”, “me apasiona la música”, “me sentí muy emocionado”, “perdió la pasión por vivir”, “qué emoción verte de nuevo”. ¿Cuándo fue la última vez que las empleaste? Pareciera que podemos usarlas indistintamente, como si fueran sinónimos, pero ¿esto es así? ¿Tienen algo en común? En caso de que no, ¿en qué radica la diferencia? ¿A qué se refiere cada una?

Buscaremos contestar esas preguntas desde una perspectiva psicoanalítica. Las primeras son de respuesta rápida: las emociones y pasiones no son lo mismo; si bien, pueden pertenecer al entramado de complejos-acontecimientos mentales y tener puntos de cruce, son distintas en múltiples aspectos.

Partamos de las pasiones: éstas pueden ser definidas como fenómenos de la subjetividad humana, que se sufren o padecen porque suponen una entrega del yo a un objeto, ya sea una persona o una idea abstracta. Se conectan la mayoría de las veces con un deseo, consciente o inconsciente, en búsqueda de satisfacción. En ocasiones, nos impulsan a llevar a cabo actos irracionales.

En la noción de pasión encontramos implícita la idea de fuerza: “se dejó llevar por la pasión”, o por el contrario, “perdió la pasión por vivir”. Por lo tanto, se acerca al concepto psicoanalítico de pulsión que Sigmund Freud definió como “[…] un representante psíquico, de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal” (2013a/1915, p. 117) .

La pulsión aparece como un concepto límite donde se entrelazan el cuerpo y la mente, lo físico y lo psíquico. Por ejemplo, podemos pensar en lo que ocurre cuando tenemos hambre: sabemos que estamos hambrientos por las sensaciones físicas experimentadas; éstas parten del cuerpo y de la necesidad de recibir alimento. Ahora, la experiencia de satisfacción se inscribe al mismo tiempo en un registro psíquico. El bebé percibe “rica” la leche materna no sólo porque le calma la sensación desagradable de hambre, sino también porque el ser alimentado conlleva el calor y el sostén de los brazos maternos, la mirada y atención de la madre. Es decir, la ingestión de alimento adquiere distintos significados para la mente, y va a ser modulada por ésta de allí en adelante. Es la razón por la que algunas personas siguen comiendo, a pesar de ya no sentir hambre; sin saberlo conscientemente, buscan en el fondo apaciguar su ansiedad o bien recibir cariño. La pulsión busca descarga y satisfacción con lo que le impone, sin cesar un trabajo a la mente que, además, tiene que conciliar exigencias contradictorias. Freud le dio un lugar central al conflicto psíquico que surge de la lucha entre las distintas pulsiones en pos de satisfacción: las de autoconservación contra las sexuales, las de vida contra las de muerte o de destrucción.

En ocasiones, las pasiones ‑cuyo modo de funcionamiento se parece al de las pulsiones‑ nos impulsan a llevar a cabo actos irracionales y destructivos. Con relación a la guerra y por qué los seres humanos se embarcan en conflictos bélicos, Freud señaló: “[…] parece que en esta época los pueblos obedecen más a sus pasiones que a sus intereses. Se sirven a lo sumo de los intereses para racionalizar las pasiones; ponen en el primer plano sus intereses para poder fundar la satisfacción de sus pasiones. ¿Por qué los individuos-pueblos en rigor se menosprecian, se odian, se aborrecen, y aun en épocas de paz, y cada nación a todas las otras? Es bastante enigmático. Yo no sé decirlo. Es como si, al reunirse una multitud, por no decir unos millones de hombres, todas las adquisiciones éticas de los individuos se esfumasen y no restasen sino las actitudes anímicas más primitivas, arcaicas y brutales” (2013b/1915, p. 289).

Autores postfreudianos, como Melanie Klein y sus seguidores, entre otros, resaltaron la importancia del mundo interno poblado de objetos con cualidades muy distintas. La realidad que percibimos y en la que vivimos está determinada por nuestro mundo interno. Asimismo, el conflicto mental se concibe como emocional-pasional. Algunos planteamientos de Donald Meltzer nos ayudan a clarificar estas ideas. Imaginemos dos de estos objetos-personajes internos: el primero, que podemos, siguiendo a Meltzer, llamar adulto, pugnará por el crecimiento y la búsqueda de la verdad, es humilde y generoso, cuidará de los otros objetos, tanto los internos como los externos. El otro personaje, el tirano o saboteador, es hostil, conspirador, busca la destrucción de lo bello y lo creativo, es arrogante, no tolera el no saber. Dependiendo de la fuerza y predominio de uno o de otro personaje, el conflicto mental se encaminará hacia el amor, la gratitud y la bondad, o bien, hacia el odio, la envidia y el acaparamiento. La realidad que percibimos ‑interna y externa‑ y la forma en la que tramitamos las pasiones vienen determinadas por dicho conflicto.

Pasemos ahora a las emociones: son consideradas multidimensionales por ser fenómenos en los que se conjugan las dimensiones cognitiva-sensitiva, fisiológica, social, motivacional e inconsciente.

La dimensión cognitiva señala que la emoción se siente, se experimenta, razón por la que se conoce desde la conciencia: sabemos que estamos alegres, enojados o disgustados gracias al aprendizaje gradual que hemos hecho para poder identificar y discriminar los distintos estados emocionales. Ahora bien, algunas personas tendrán una mayor capacidad para diferenciar lo que sienten en determinadas circunstancias.

La emoción tiene una dimensión corporal: ¿recuerdas que pasó la última vez que alguien te espantó? Tal vez sentiste tu corazón latir más fuerte y rápido, comenzaste a sudar de las manos, tuviste ganas de salir corriendo o te quedaste paralizado. Cada emoción tiene un impacto en nuestro cuerpo y nos prepara para tomar acción. Investigaciones sobre el cerebro también señalan que las llamadas emociones básicas, como el asco, la ira, la tristeza, la alegría, el temor y la sorpresa, activan circuitos neuronales y estructuras cerebrales específicas.

Con respecto a la dimensión social, se piensa que la emoción comunica algo al otro. Sabemos cuándo alejarnos de una persona que manifiesta ira en su rostro, o cuándo acercarnos a alguien que se muestra triste. En general, evitamos pedir un aumento a nuestro jefe, un favor o un permiso a nuestros padres cuando detectamos que están de mal humor. El componente social de la emoción es necesario para la convivencia grupal. Además, está ligado con aspectos filogenéticos y evolutivos: las emociones han ayudado a la supervivencia de nuestra especie.

El componente motivacional de las emociones alude a que cada una de éstas nos empuja hacia una meta particular; posee una función específica. Por ejemplo, el asco nos motiva a rechazar un alimento que huele mal; la tristeza nos empuja a la búsqueda de la persona amada y nos permite así reencontrarnos con ella.

La dimensión inconsciente de la emoción señala que la emoción está relacionada a representaciones mentales inconscientes, lo que algunos autores llaman libretos inconscientes. A veces uno siente tristeza, pero es posible que no sepa exactamente por qué; o bien, la atribuye a una representación particular, por ejemplo, el haber recibido una mala noticia, cuando en verdad está relacionada con otra situación de la que uno no tiene conciencia. En otras ocasiones, una persona puede sentir enojo en lugar de tristeza; en ese caso, sería la emoción misma de tristeza que se aleja de la conciencia.

Si bien pasión y emoción se entienden como conceptos distintos ‑porque parten de marcos teóricos distintos‑, ambas aluden a experiencias subjetivas y tienen puntos en común. Por un lado, obligan a nuestras mentes a ponerse a trabajar para procesarlas, decidir qué hacer con ellas, eventualmente modificarlas. Nos mueven en el sentido propio y figurado: se entraman con nuestros deseos, frustraciones, motivaciones y acciones. A veces, nos sacan de nuestro centro, nos alejan de nuestras facetas más racionales, nos hacen sentirnos desbordados, y hasta pueden llevarnos a cometer actos que luego lamentamos. Por otro lado, cuando está ausente cualquier matiz emocional, la vida psíquica se vuelve pobre y problemática. Es la razón por la que tanto las pasiones como las emociones son necesarias y valiosas: tienen el potencial de enriquecer nuestra mente y experiencias de vida.

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Referencias

Freud, S. (2013a). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras completas de Sigmund Freud. Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu. (Obra original publicada en 1915).

_______ (2013b). De guerra y muerte. Temas de actualidad. En Obras completas de Sigmund Freud. Tomo XV. Buenos Aires: Amorrortu. (Obra original publicada en 1915).