La sesión analítica: un encuentro muy particular

Por Raquel Vega

Desde diversas perspectivas, la psicoterapia puede apuntar a mejorar la calidad de vida del paciente, ampliar el repertorio de herramientas para lidiar con las dificultades de la vida, a lo mejor su relación consigo mismo y los demás, entre otros objetivos encaminados a ayudar a una persona.

En psicoanálisis, una forma en la que se puede trabajar a profundidad con el paciente y su vida emocional es poniendo atención a las particularidades que ocurren en la relación analítica. La sesión se convierte en ese lugar donde el paciente viene a relacionarse y a comportarse de la forma en que sabe vincularse y ser, por lo que observar con atención el tipo de vínculo que establece y el impacto que produce en el analista es fundamental para la comprensión de sus conflictivas, para después poder trabajar con ellas en un espacio en el que la comprensión y el conocimiento sean parte de los intereses principales.

Este interjuego en la relación analítica —entre lo que el paciente es y hace, y lo que produce en el analista— es lo que técnicamente llamamos transferencia y contratransferencia. Si bien ambos conceptos tienen una amplia historia y diversos matices, para fines de este artículo retomaré a un par de autores para explicar cada uno de ellos. Por un lado, la transferencia, definida por Betty Joseph, es “todo lo que el paciente aporta a la relación. Para calibrar esta aportación es preciso centrarnos en lo que está ocurriendo dentro de la relación y observar de qué manera utiliza al analista a través de lo que expresa con sus palabras y más allá de ellas” (Joseph, 1989, p. 218). Por el otro, la contratransferencia, definida por Laplanche, J. y Pontalis, J. (1967) en su Diccionario de Psicoanálisis es el “conjunto de las reacciones inconscientes del analista frente a la persona del analizado, y especialmente, frente a la transferencia de este” (p. 84).

Retomo estas definiciones, sabiendo que no hago justicia a muchas otras, pero que en este momento me parece que nos permiten dar una idea sobre lo particular que es el encuentro analítico. En este sentido, un paciente “puede saber” que va con el terapeuta, quien es un especialista que lo va a ayudar. De igual forma, un terapeuta “puede saber” que su paciente vendrá con una serie de conflictos y que nuestro papel es acompañarlo, ser empáticos, estar disponibles emocionalmente, etc. Sin embargo, lo cierto es que, en el momento del encuentro en la sesión, ocurren muchas más cosas de lo que ambas partes logran captar.  

Y es en ese espacio tan particular donde yace la oportunidad de una experiencia diferente, de la posibilidad de resignificar. Pues, si en la formación del analista todo ha marchado mayoritariamente bien, este estará capacitado para, más allá de lo que el paciente le pueda producir, poder reponerse a los embates emocionales y, desde una mirada curiosa y paciente, tratar de comprender qué sucede en la mente de esta persona.

Pensemos, por ejemplo, en un paciente que a menudo llega tarde a todos lados y que la sesión no es la excepción. Su jefe seguramente no lo tendrá en un buen concepto; sus amigos, o se han resignado a esa forma de ser, o tal vez han manifestado su descontento más de una vez; incluso tal vez le ha costado una que otra relación. No obstante, el analista, frente a retardos constantes, no despide al paciente como lo haría el jefe, ni le reclama, como tal vez lo haría un amigo. El analista observa, registra, se hace preguntas e intenta entender. Esto se debe a que tal vez la llegada tarde de un paciente lo ponga ansioso, molesto o impaciente; tal vez lo deja con una sensación de no ser importante o con una sensación de que el paciente “debería” respetar su tiempo de sesión. Sin embargo, el analista, a diferencia del jefe o el amigo, no actúa, no corre, no reclama, no despide ni rechaza, sino que intenta comprender, por ejemplo, qué lugar ocupa en la mente del paciente y qué significa llegar tarde a cada sesión, para después poder compartir un poco de la comprensión a la que llegó, con la esperanza de que aquello permita que el sujeto conozca y mire un poco más de sí mismo.

Es así como el encuentro analítico se vuelve un lugar muy particular, pues todo el tiempo están en juego las más diversas pasiones: a veces son muy tenues, casi imperceptibles; otras veces son pasiones al rojo vivo. No obstante, siempre es tarea del analista cuidar del espacio analítico para que la confianza, la desconfianza, los celos, el enojo, la ira y el amor puedan desplegarse de manera segura y promuevan el desarrollo emocional.

Referencias:

Joseph, B. (1989) Equilibrio psíquico y cambio psíquico. Julian Yenebes.

Laplanche, J. y Pontalis, J. (1993). Diccionario de Psicoanálisis. Paidós.

 

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