La depresión de la mujer antes y después del parto

Por: Verónica Reyes Diaz

En la mayoría de las sociedades existe una concepción idealizada alrededor del embarazo, en la cual no hay cabida a la posibilidad de que la futura madre pueda estar deprimida, como si el hecho de estar gestante fuera una barrera o un antídoto contra dicho trastorno, que afecta a muchas mujeres en todo el mundo y que podría llegar a ser la causa más frecuente de incapacidad laboral en las mujeres este año.

Esta sublimación del embarazo quizá sea más desfavorable de lo que pensamos, pues la mujer puede experimentar con mayor intensidad culpa y ansiedad por no sentirse tan feliz como se imaginó que lo estaría, además, podría tener sentimientos ambivalentes por el bebé, lo cual dificultaría la posibilidad de que externe su tristeza, angustia, hartazgo y enojo, por temor a ser juzgada e incomprendida por quienes la rodean, imposibilitando que pida ayuda a tiempo. La depresión es una enfermedad que, como cualquier otra, no se alivia “echándole ganas”, ésta seguirá su curso y puede agravarse si la mujer no recibe el tratamiento adecuado, afectándola a ella, a su bebé, al vínculo futuro con él y a la dinámica con su entorno familiar.

Existe otro fenómeno psicológico que se da frecuentemente en las mujeres durante el puerperio y cuyo origen se debe exclusivamente a los cambios fisiológicos suscitados en el cuerpo femenino, una vez nacido el bebé: baby blues. Es una etapa en la que surgen sentimientos alternantes de tristeza y euforia, que no llegan a ser lo suficientemente intensos como para incapacitar a la madre en la realización de tareas de la vida cotidiana y de atención a su bebé. Este no es un trastorno y tampoco requiere de algún tipo de intervención profesional, ya que desaparece por sí mismo en un periodo breve (tal vez un par de semanas), sin comprometer la salud mental de la madre ni del vínculo entre ambos. Por el contrario, la depresión postparto sí es un trastorno psicológico, en el que si no se recibe un tratamiento inmediato, puede provocar mucho daño, a tal grado que la madre no sea capaz de tocar a su bebé o no lo reconozca como su hijo, poniendo en peligro la vida misma del bebé, situación en la que se requerirá de otros cuidadores primarios.

Para comprender cómo surge esta compleja situación, es necesario recalcar que, durante el embarazo, la mujer se encuentra en un estado de vulnerabilidad debido a varios factores, entre los cuales están los cambios físicos y biológicos en su cuerpo. Además, se suma un elemento psicológico que Freud señaló hace poco más de un siglo: haber sufrido una pérdida significativa, por ejemplo, la muerte de alguno de los padres, de un hijo, de la pareja o la pérdida del amor de la pareja. Estudios más recientes (Lartigue, 2008) añaden que haber sufrido algún tipo de maltrato físico o emocional antes de los diez años o haber llevado una mala relación con sus progenitores son motivos de riesgo importantes para padecer una depresión en la adultez; aproximadamente 20% de las mujeres ha sufrido algún tipo de abuso sexual antes de la edad adulta.

Todos esos anteriores factores del pasado junto con la posibilidad de que la mujer esté transitando por una situación de violencia conyugal, o que no reciba de su pareja apoyo emocional, o que su embarazo no haya sido planeado o deseado, o bien, que sea madre soltera o tenga otros hijos que requieren de sus cuidados, etcétera, nos dan una idea de la alta posibilidad de que la mujer padezca depresión antes y después del parto. Entre las causas sociales y ambientales que también influyen en la aparición de la depresión están la pobreza, la discriminación y el aislamiento social de la mujer, y ya ni hablar de lo que ocurre actualmente con la pandemia y sus consecuencias negativas: el estrés crónico en la sociedad, la escasez en los servicios de salud, la incertidumbre sobre el futuro y frente a lo desconocido del virus que puede empujar a la futura madre a sentirse ansiosa.

Los componentes de riesgo arriba mencionados no son los únicos que inciden en la depresión postparto, pues también están aquellos relacionados con lo interno, es decir, los recursos emocionales previos y la personalidad de la mujer antes de su embarazo. Así como en lo corporal ocurren una serie de cambios durante el embarazo, lo mismo sucede en el nivel mental, pues se gestan diversas fantasías inconscientes alrededor del bebé y el cuerpo materno, las cuales tenderán a desestabilizar el funcionamiento del mundo interno de la mujer. Estas fantasías pueden ser terribles o muy idealizadas, por lo tanto, es aquí donde la balanza se inclina para uno lado u otro, siendo los recursos internos y la madurez emocional de la madre los elementos determinantes que la pueden ayudar a defenderse contra sentimientos depresivos.

Así, durante la etapa de gestación es importante que la futura madre sea apoyada por su pareja o alguien cercano que pueda hacer un tipo de sostén emocional, similar al que ella tendrá que hacer con su bebé más adelante, para que éste tenga un buen desarrollo físico y emocional. También se requiere que los clínicos de la salud estén capacitados en la fenomenología de la depresión, su detección temprana y tratamiento.

Los síntomas que pueden indicar que se está transitando por una depresión son sentirse triste la mayor parte de tiempo, tener pensamientos pesimistas sobre el futuro, los autorreproches, sentirse abrumada a causa de la idea de que no podrá con las nuevas responsabilidades que conllevan el embarazo y el nuevo bebé, la falta de aliño, irritabilidad, dormir poco o dormir en exceso, poca tolerancia a la frustración, agotamiento, sentimientos de recelo hacia los demás y el consumo de sustancias.

Los efectos de la depresión materna en el bebé son variados: un menor grado de actividad fetal, prematurez, bajo peso al nacer, menor tono muscular, mayor irritabilidad, pero, sobre todo, habrá un impacto negativo en su desarrollo emocional, puesto que es factible que la relación con la madre también se vea impactada por el estado de ella y, más tarde, esto puede derivar en una patología infantil, ya que ese bebé no contará con una madre disponible emocionalmente, que será incapaz de entender sus necesidades y de ayudarle a llevar a cabo dentro de su mente los procesos psíquicos necesarios, por medio de los cuales podrá enfrentar y ordenar gradualmente el caos mental que vive desde su nacimiento.

Una madre sana emocionalmente no sólo lo alimentará con su leche materna, sino que lo nutrirá con un “alimento emocional” que lo calmará y le ayudará a ir entendiendo la interacción con el mundo que lo rodea, para más tarde ser capaz de librar por sí mismo sus propias batallas emocionales.

Referencias

Freud, S. (2013). Duelo y Melancolía. Obras Completas de Sigmund Freud. Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.

Lara, M. A., Patiño, P., Navarrete, L., y Nieto, L. (2017). Depresión posparto, un problema de salud pública que requiere de mayor atención en México. Género y salud en cifras, 15(2), 12-25.

Lartigue, T. (2008). La depresión materna. Su efecto en las interacciones madre-hijo en el primer año de vida. Revista electrónica de Perinatología y Reproducción Humana del Instituto Nacional de Perinatología Isidro Espinosa de los Reyes, 22(2).

World Health Organization. (2004). Prevención de los trastornos mentales: intervenciones efectivas y opciones de políticas. Informe compendiado. Un informe del Departamento Salud Mental y Abuso de Sustancias de la Organización Mundial de la Salud; en colaboración con el Centro de Investigación de Prevención de las Universidades de Nijmegen y Maastricht. Recuperado de http://www.who.int/iris/handle/10665/78545

World Health Organization. (2018). Family Planning. A Global Handbook for Providers. Recuperado de https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/260156/9780999203705-eng.pdf?sequence=1&isAllowed=y

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