Estrategias clínicas contemporáneas en psicoanálisis y psicoterapia psicoanalítica

Por Gabriel Espíndola

Al recibir una persona en el consultorio y llevar a cabo algunas entrevistas, empezamos a conocerla a través del motivo de consulta, su biografía o novela familiar, patrones principales de relación con los otros, así como las fantasías centrales que dan forma a su mundo interno y, por lo tanto, a la mirada con la que observa la realidad; aunado a ello, se suma también la información valiosa que provee el contacto interpersonal dado en los primeros encuentros. Estas entrevistas son campos en sí mismas, y sólo a través de ellas podemos estar en condiciones de tomar una primera decisión conjunta para establecer el tipo de tratamiento a emprender, sus características y objetivos.

A diferencia de la medicina y de las ciencias de la salud, el psicoanálisis no busca una correlación directa entre diagnóstico y tratamiento, puesto que no cuenta con métodos que atiendan a la patología con ese nivel de especificidad; sin embargo, esto no quiere decir que el psicoanálisis no cuente con su propia especificidad, la cual va más bien en relación con el individuo y no con la psicopatología. Por lo tanto, la decisión sobre el tipo de tratamiento a iniciar no se determina sólo con base en el diagnóstico, sino en la persona, sus fantasías, deseos de alivio o análisis, posibilidad del terapeuta de establecer un vínculo de intimidad y tolerar las emociones de quien lo consulta, entre otros aspectos.

En ese sentido, podemos hacer psicoanálisis con pacientes borderline o en quienes predominan los aspectos psicóticos de la personalidad, aunque con ellos habremos de enfrentar la transferencia psicótica y su correlato contratransferencial; lo mismo con pacientes neuróticos o caracterópatas. Es posible este trabajo analítico si se entiende que, en cada uno de los casos, los matices del vínculo estarán empapados por su psicopatología, de modo que el terapeuta habrá de experimentar, en la intimidad del vínculo, los embates que caracterizan a estas formas de funcionamiento mental y que encuentran expresiones únicas con base en la biografía y modelos identificatorios de cada persona. Los resultados en todos los casos dependen tanto de nuestro objetivo como de la persona que atendemos, así como de nuestra destreza y formación como terapeutas; es decir, el resultado no tiene una relación directa con la psicopatología, aunque cabe reconocer que generalmente en casos de psicosis nuestros alcances son pobres o muy pobres.

En la actualidad se hace mucha psicoterapia y, probablemente, menos psicoanálisis que hace cuarenta o cincuenta años. Uno de los factores a considerar dentro de este panorama es que el psicoanálisis ha evolucionado en sus ideas sobre la analizabilidad de una persona y la accesibilidad, entendida como la capacidad de un analista de trabajar con alguien en específico, lo cual desplaza el foco de atención desde el paciente y su posibilidad de ser analizado hacia el terapeuta y su capacidad de analizar a ese paciente.

De manera paralela, en estos mismos años, el pensamiento y la técnica psicoanalítica se han trasladado desde el polo de la transferencia, vista como aquellos patrones inconscientes de orden repetitivo con origen en la sexualidad infantil o bien, considerados como una puesta en escena del mundo interno del paciente en la sesión en el aquí y ahora, hacia la contratransferencia, considerada como la respuesta inconsciente del analista a la transferencia del paciente.

Tomando en cuenta los planteamientos anteriores, retomemos la pregunta: ¿por qué se hace actualmente menos psicoanálisis? No existe una sola respuesta sobre el asunto, pero sí muchas discusiones a nivel internacional. Algunos piensan que es un problema relacionado con la seguridad social, sobre todo en países avanzados como Estados Unidos y en Europa; otros lo atribuyen al imaginario social y las complicaciones de la vida citadina, por ejemplo, las que se asocian al tiempo y la distancia; unos más consideran la formación de los analistas, quienes progresivamente se han desarrollado en modelos más cómodos y menos rigurosos. Desde otro punto de vista, es consecuencia de las nuevas perspectivas que apuntan a la relación interpersonal como eje de trabajo y cada vez menos al descubrimiento de la sexualidad infantil y las ansiedades tempranas; por otro lado, algunos responsabilizan a la medicación y la búsqueda de alivio inmediato antes que de comprensión. Es posible que todos tengan un porcentaje de razón y que se sumen a ello algunos otros elementos; yo resaltaría que el psicoanálisis ha sido siempre un movimiento de minorías, marginal y que en ello encuentra parte de su belleza, puesto que exige un trabajo que no siempre se está dispuesto a emprender.

Hoy el psicoanálisis puede practicarse con un grupo más grande de pacientes que hace cincuenta años, probablemente, porque sus expectativas como modelo de curación en la relación salud-enfermedad, se han transformado progresivamente hacia la exploración y desarrollo de la vida emocional. Sus anhelos científicos parecen mutar progresivamente hacia los artísticos y con ello sus principios epistemológicos pasan de la explicación a la descripción.

El movimiento psicoanalítico ha tenido una vida corta, pero compleja y de enormes aportaciones para la emocionalidad de los seres humanos, las ciencias y las artes. Su punto de partida fue un modelo monolítico bajo la tutela del pensamiento de Freud, para progresivamente expandirse y desarrollar en diversas latitudes modelos propios que retoman aspectos de la obra del maestro y así, enriquecerla, reinterpretarla e, incluso, dejarla de lado. Esta diversificación fue vista hasta los años noventa como una amenaza por la pérdida de identidad y no como la natural evolución de un movimiento que progresa con sus crisis, como lo hace cada uno de los seres humanos durante la vida.

Hoy, el analista cuenta con una diversidad de perspectivas para la práctica clínica, lo cual puede suscitar momentos de incertidumbre y confusión. Existen muchas maneras de nombrar los mismos fenómenos clínicos, dependiendo de la lengua que deseamos usar o con la que estamos familiarizados. Aunado a ello, las técnicas son diversas: algunas se centran en la relación transferencial y buscan descubrir las fantasías reprimidas; otras ven en este vínculo un modelo relacional inconsciente que se pone en escena en cada sesión y no como repetición; por su cuenta, hay quienes consideran la sesión como un campo intersubjetivo en el que se construye un nuevo vínculo y enfatizan la importancia de la personalidad del analista; a su vez, hay quienes ven la transferencia positiva con personas que sufren de una intensa agresión interna; unos más, consideran que la relación terapéutica debe rehacer los huecos que los traumas han dejado por la falla en la crianza, mientras que hay quienes piensan en historizar al sujeto. ¿Cuál es la perspectiva técnica adecuada? Una vez más, no hay una respuesta unívoca, todas tienen una dosis de verdad, pues este repertorio de estrategias es parte de la complejidad del trabajo analítico y, hasta el momento, no hay evidencia de que una sea superior a la otra como modelo, aunque claramente hay diferencias sustanciales en quien las lleva acabo.

Visto de otro modo, una cosa es que yo pueda tener un gusto por Mozart, Beethoven, Bach, Wagner, Chopin o Chaikovski, pero otra diferente es la capacidad de interpretar su obra; lo mismo sucede con Freud, Klein, Lacan, Kohut, Winnicott, Bion o cualquier modelo de pensamiento en el trabajo clínico. Lo fundamental ante esta diversidad es conocer las muchas perspectivas y estrategias con la mayor profundidad posible, de esa manera es como se contará con mejores recursos para enfrentar la clínica cotidiana, que es el punto donde todos estos modelos encuentran su afinidad.

El terapeuta actual se encuentra ante diversas disyuntivas. Una de las primeras es precisar si su trabajo es psicoterapia o psicoanálisis y bajo qué parámetros se define tal división. Cabe mencionar que la frontera no siempre es clara para todos. Posteriormente, llega la decisión del modelo con el que se enfrenta la situación clínica, las teorías, personalidad, análisis personal, supervisión y, sobre esta base en conjunto, asumir una forma de aproximación, entendida siempre como uno de los muchos caminos posibles para ayudar a determinada persona. Así, el desafío apenas comienza, pues falta aún la comprensión y tolerancia de la incertidumbre que despierta el descubrimiento minuto a minuto del otro con el que se trabaja en la transferencia, además del peso de llevar a cabo una exploración gradual en la que toda verdad es parcial y no hay verdades rotundas, sino aproximaciones sujetas al escrutinio dentro del vínculo de intimidad, mismo que, a su vez, requiere de un esfuerzo del terapeuta por mantener una actitud analítica permanente y un encuadre sólido.

Solemos pensar que otros tiempos fueron mejores; sin embargo, las virtudes del psicoanálisis como herramienta para la exploración de la mente de las personas permiten trabajar con aquello que es menos susceptible a las variaciones de la moda: la sexualidad, la violencia, las ansiedades que se desprenden de la separación, los temores por la muerte y la pérdida; todo ello tan elemental en la conformación del ser humano y, por ende, siempre presente, aunque sea variable en sus manifestaciones, influidas por el paso de las tendencias, los avances tecnológicos y la cultura en turno.

Tal vez hoy se hace menos psicoanálisis y más psicoterapia, pero es importante considerar que también se hace más psicoterapia que hace años y se tiene una mejor percepción del trabajo del terapeuta como ayuda y no sólo como una necesidad ante la locura. El problema no parece ser que se haga más psicoterapia, sino que se opte por ella cuando es posible hacer un psicoanálisis.

 

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Gabriel Espíndola

es Psicólogo por la Universidad Iberoamericana. Estudió la Maestría en Psicoterapia Psicoanalítica y el Doctorado en Clínica Psicoanalítica en el Centro Eleia, donde se desempeña como coordinador del Plantel Norte y docente a nivel licenciatura y maestría. Es autor del libro “Tiempos de un inconsciente freudiano” y coautor de “Lo psíquico: fantasía, fantasma y realidad”, editado por el Centro Eleia; asimismo, ha publicado diversos artículos en medios nacionales e internacionales relacionados con la salud mental. Realiza psicoterapia individual de adolescentes y adultos.