Emociones como base de la educación a distancia

Por Fernanda Aragón

Se habla mucho del impacto emocional que ha causado la contingencia por COVID-19, la cual obliga a toda la población a refugiarse en sus casas, a evitar el contacto físico y a darle una alta valía a la limpieza. Por lo pronto, los alumnos no podrán regresar a las aulas de manera presencial, los profesores deberán preparar los contenidos y adaptarse a las plataformas electrónicas y los padres tendrán que ajustar el mobiliario de los hijos y los medios para trabajar en línea. Pero ¿qué hay del terreno emocional con todos estos cambios, distanciamientos y cuidados?

Si bien la educación ha tenido que sostenerse de manera importante en los recursos electrónicos, no solo podemos pensar que el alumno aprenderá si tiene una computadora o una televisión; debemos considerar las herramientas emocionales para que ese proceso de aprendizaje pueda efectuarse.

Ahora que está por iniciar el curso escolar, hay una gran incertidumbre de cómo serán las clases, si se aprenderá igual que de manera presencial o si será aburrido y monótono escuchar a los profesores. Algunos alumnos extrañan platicar “en vivo” con sus compañeros o desplazarse y alejarse un poco del ambiente familiar. Por ello resulta vital comprender qué sentimientos van a gestarse en la comunidad estudiantil y docente mientras el trabajo de las clases sea virtual.

El cambio del sistema presencial al modo en línea no solo implicó la separación de los alumnos de sus compañeros y profesores, sino que también generó un mayor tiempo de convivencia con las familias dentro de un espacio reducido y la condensación de actividades en el mismo sitio. En algunos casos trajo pérdidas económicas o laborales, incrementando la preocupación y el clima de tensión, por lo que es importante abrirle un espacio al sentir del alumnado.

            Si el alumno tiene una sensación de pérdida, se mostrará desinteresado de aprender y de atender al profesor; estará apático y sin ganas de pensar los temas, opinar o desarrollar actividades. Otro alumno puede estar inquieto de encontrarse aislado de sus amigos o de la pareja y experimentar la idea de que esos lazos se romperán y que se encontrará más solo.

Según la emoción interna que experimente el alumno será la forma en que perciba el exterior; al estar desanimado, no encontrará entusiasmo para conectarse con su profesor por más que el tema resulte interesante. En cambio, si encuentra manejable ese sentir, podrá hacerle frente y no se dejará llevar por esos “lentes” tristes y apáticos.

Los profesores tienen una función muy importante como educadores y como personas: ellos tienen que metabolizar la información para transmitirla a los alumnos de forma clara; deben ayudarles a pensar por sí mismos y no limitarse a repetir lo que tal o cual autor dijo. Pero los profesores no solo procesan datos sino también emociones: reciben el impacto de un chico desmotivado o del bajo rendimiento grupal y ven en las inasistencias posibles dificultades familiares, lo cual no pueden pasar por alto.

Para poder seguir creando el conocimiento junto con el alumno, el profesor tiene la ardua tarea de tomar en cuenta la realidad actual y el impacto de la pandemia en sus alumnos; debe hacer ajustes tanto en la forma de trabajo como en los medios para interactuar con ellos. Ahí podemos observar que el profesor se ve movido por el deseo de diseñar una clase interesante y un espacio donde interactúen juntos, considerando otros recursos como videos, mapas y diapositivas que fomentan el interés y la curiosidad por saber más.

Un docente que explicaba el tema del “aprendizaje vicario” propuesto por Bandura le compartió a su grupo que, ahora que ha permanecido más tiempo en casa, pudo aprender a hacer arroz viendo cómo su mujer lo hacía. Se fijó cómo enjuagaba el arroz, molía el jitomate antes de comenzar a freír el grano para evitar que se quemara y le agregaba el agua y la sal. Alentó a sus alumnos a que pudieran experimentar este tipo de aprendizaje llevándolo fuera de la computadora y, al mismo tiempo, compartió su manera de lidiar con el encierro. No se alejó del contenido de la clase ni detuvo el programa; comprendió lo difícil que es para todos, en especial para los adolescentes, permanecer entre las cuatro paredes de la casa y trató de ampliarles el panorama en donde pudieran explorar, seguir aprendiendo, experimentar ciertas habilidades o acercarse a la cocina desde una perspectiva diferente.

Si consideramos que hay angustia por permanecer alejados físicamente de la escuela, de las amistades y las actividades, por pérdidas de seres queridos o conocidos y por disminución de la economía y de las visitas a la familia, se vuelve necesario mantener una actitud cálida y de mayor atención a esos estados emocionales que no son los mismos que dentro del aula, ya que en ella los alumnos podían compartir sus dudas y tener en el receso un espacio lúdico para asimilar entre iguales lo que acontecía en su vida diaria.

Hoy resulta indispensable no perder de vista que estar a distancia no significa ser fríos o indiferentes; más bien, los contenidos académicos pueden y deben ser relacionados con la vida cotidiana para que no se quede en el plano intelectual. Hay un gran terreno por explorar en la educación a distancia. Tenemos la oportunidad de darle rienda suelta a la curiosidad y creatividad docentes para usar aplicaciones, innovar las herramientas y conocer más acerca del aprendizaje en el nuevo contexto.

En Eleia sabemos la importancia que tiene el sentir del alumnado y de los docentes; por ello, se ha emprendido, desde hace meses, la tarea de mantener contacto telefónico con cada alumno y saber cómo se encuentran sus esferas importantes: él mismo, su familia y el trabajo. Ello ha permitido encontrar un espacio de cercanía emocional, a pesar de que la virtualidad nos ha atravesado.