El dolor sin causa médica: aproximaciones desde el psicoanálisis

Fecha: 04 noviembre, 2026

Autor:

Laura Romero

 

En la práctica analítica es común que los pacientes lleguen al consultorio aquejados de dolencias físicas. En realidad, todos sentimos dolor y nos enfermamos en algún momento de la vida, por más saludables que seamos física o mentalmente. Cuando esto sucede, el psicoanálisis ha postulado que el malestar no se puede explicar por causas azarosas, sino que ciertas situaciones de desequilibrio psíquico (debidas a acontecimientos emocionales que impactan en la mente) nos hacen más susceptibles a la patología. Esto implica sostener que hay una fuerte interrelación entre cuerpo y mente (Leiberman y Bleichmar, 2001) y nos obliga a discriminar entre sujetos con problemáticas psicosomáticas, es decir, con un daño orgánico identificable por un médico, en contraposición a quienes sufren y enferman corporalmente, pero cuya afección fisiológica es inexistente. En esta última descripción se incluyen los fenómenos conversivos de las histéricas y la hipocondría.

Freud no habló de psicosomática, pero se percató de que había casos en los que se expresaba un tipo de dolencia física que no se podía explicar médicamente y que aquejaba a los pacientes histéricos. En la histeria, la persona no está afectada por cuestiones neurológicas (si ponemos por caso las parálisis), sino que hay una simulación. Freud (1908) hace hincapié en el hecho de que, en las parálisis orgánicas, la naturaleza de la lesión pasa a un segundo plano, puesto que lo importante es conocer su extensión y localización; por el contrario, en la parálisis histérica, lo relevante es descubrir y determinar dicha naturaleza, que por sí sola domina la situación con independencia de la localización. De ahí que la histeria sea ignorante del origen de su malestar y esté sometida al conocimiento popular, debido a que se tiene un esquema mental corporal que es independiente a la anatomía; por lo tanto, es una construcción psicológica imaginativa.

Desde el punto de vista teórico, la histeria es un trastorno neurótico. Esto quiere decir que hay de base un conflicto psíquico. Aparece algo que quiere expresarse con intensidad, por ejemplo, un deseo o una pulsión de tipo sexual, que se encuentra con una fuerza contraria, una especie de prohibición que impide la descarga de este impulso. En este conflicto se llega a un acuerdo inconsciente, por así decirlo, que resulta en una formación de compromiso y origina un síntoma que se ancla en el cuerpo. Caracteriza al síntoma histérico su hipercarga de sentido, porque hay toda una fantasía inconsciente relacionada con la sexualidad infantil que lo construye, mientras que, en el síntoma psicosomático, las experiencias no están significadas (Goetschy, 2014).

En el trastorno psicosomático, la teoría del conflicto no opera, puesto que falta la simbolización. En este sentido, es una teoría del déficit, una carencia de una organización imaginativa; es decir, la mente no alcanza a procesar las experiencias emocionales y mucho menos a darles significado. Son pacientes que, por ejemplo, muestran poca capacidad para la fantasía, no simbolizan y su modo de funcionamiento mental está orientado más hacia lo concreto, por lo que tienen dificultad para poder expresar y describir las experiencias emocionales.

Una postura psicoanalítica novedosa que explica los fenómenos psicosomáticos es la de Joyce McDougall (1989), quien establece una relación entre los escenarios teatrales con los escenarios psíquicos (o teatros de la mente). Para ella, hay puestas en escena de fantasías y emociones que se instalan en lo corporal: en el teatro del cuerpo. Generalmente no nos damos cuenta de este drama interno, pues es inconsciente. McDougall señala la importancia de distinguir las enfermedades psicosomáticas, que son fisiológicas, de los delirios hipocondríacos (que caen más hacia lo psicótico) y de los fenómenos conversivos. El teatro del cuerpo es una analogía para explicar esos complejos guiones psíquicos en los cuales las manifestaciones psicosomáticas son mecanismos de supervivencia, formas de lidiar con angustias muy tempranas (de un bebé que no ha desarrollado el lenguaje), muy arcaicas y presentes, en mayor o menor medida, en todos nosotros. Para Ortiz (2001), la mente es compleja, pues hay momentos en los que un paciente con trastornos psicosomáticos graves puede tener, por momentos, la mente en blanco o con ansiedades psicóticas, y en otros momentos, situaciones conflictivas más neuróticas.

¿Cómo se interviene clínicamente en la histeria y cómo en la psicosomática? La situación se complica cuando, en una patología neurótica (en la histeria, por ejemplo) aparecen enfermedades orgánicas o cuando, en un trastorno psicosomático, hay funcionamientos mentales de tipo histérico. La mente es muy compleja y discriminar a veces es difícil. En la histeria se interpreta la fantasía inconsciente, el conflicto sexual infantil y el guion mental que genera la formación de compromiso. En la psicosomática se construye lo que no está; se ayuda a transformar lo corporal en una experiencia psicológica en la que se puedan registrar estados afectivos que vayan dando sentido a aquello que el paciente no puede simbolizar.

 

Referencias:

Goetschy, C. (2014). “Conferencia inaugural”. En Psicosomática actual: teorías y enfoques clínicos (pp. 21-37). Eleia Editores.

Freud, S. (1908). Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad. En Obras completas, (Vol. 9, pp. 137-147). Amorrortu.

Leiberman, C. y N. Bleichmar (2001). “Lo psicosomático”. En Las perspectivas del psicoanálisis (pp. 249-282). Paidós.

McDougall, J. (1989). Teatros del cuerpo. Julián Yébenes Editores.

Ortiz, E. (2001). “Campos estructurales”. En La mente en desarrollo. Reflexiones sobre clínica psicoanalítica (pp. 259-320). Eleia Editores.