Ciberacoso y trauma: un abordaje psicoanalítico para las víctimas

 

Por Gisel Lifshitz

 

En la escuela, a veces la violencia entre pares se ejerce en las aulas, los pasillos y los baños; la mayoría de las veces, lejos de la mirada de los adultos. Para muchos, la escuela deja de ser un espacio para el desarrollo, la socialización, la creatividad y el aprendizaje. Se convierte en el escenario donde se fomenta y se da rienda suelta al maltrato sin consecuencias. El ciberacoso es una forma relativamente nueva de maltrato que consiste en enviar mensajes amenazantes o desagradables, robar contraseñas, suplantar identidades, publicar fotos o escritos ofensivos, etcétera. Este tipo de acoso es ilimitado porque traspasa las paredes del colegio.

¿Por qué ocurre la violencia entre pares? El psicoanálisis considera que los seres humanos somos conflictivos desde el inicio de la vida, ya que lidiamos con sentimientos amorosos y agresivos que coexisten en la mente de todo individuo desde el nacimiento. Por ejemplo, el bebé ama a su madre, se siente protegido, alimentado y cuidado por ella. Al mismo tiempo, es posible que sienta hostilidad y celos debido a que mamá tendrá otro bebé. Melanie Klein (1927/1994) observa que, en niños muy pequeños, se da una lucha entre esta parte primitiva o agresiva y la parte aculturada de la personalidad (aquella que permite la convivencia social). Freud, en “El malestar de la cultura” (1930/1992), define la ética como el conjunto de los ideales que atañen a los vínculos recíprocos entre los seres humanos (p. 137) y sostiene que el mayor obstáculo para la cultura es la agresión constitucional de los seres humanos. 

El acoso puede surgir con mayor fuerza durante la pubertad y la adolescencia, etapas complicadas que implican duelos y renuncias abruptas que provocan ansiedades muy intensas. Ocurren simultáneamente cambios físicos, emocionales y cognitivos que modifican la relación que el adolescente mantenía en la infancia con sus padres, sus amigos y el mundo en general. El camino hacia la búsqueda de una identidad adulta puede resultar largo y doloroso: se desprecia todo lo que remite al pasado mundo infantil y, en ocasiones, se requiere adoptar un rol para posicionarse dentro de la jerarquía del grupo adolescente. Beatriz Janin (2014) menciona que estos sujetos prefieren ser etiquetados como “malos” antes que mostrarse débiles o necesitados; desmentir el dolor y funcionar como “todopoderosos” les resulta preferible que sentir indefensión y angustia. ¿A quién se maltrata? Es común que el acosador elija a su víctima de acuerdo con ciertas características que le recuerdan aspectos que odia de sí mismo: ser infantil, débil, tímido, deprimido o simplemente diferente. La finalidad es deshacerse de esos aspectos odiados, depositándolos en un otro.

En el mundo virtual, el anonimato facilita que las personas se desconecten del otro como ser humano. Como explica Silvia Bleichmar (2007), cuando dejamos de reconocer al otro como alguien semejante y lo tratamos como un objeto de burla, desaparece la posibilidad de construir una ética interna. Desde esta perspectiva, la violencia digital no es solo un problema individual, sino un síntoma social que refleja la falla de los adultos para transmitir valores y límites basados en el amor, el respeto y la diferencia generacional.

Janin (2014) ha señalado que muchos niños y adolescentes actuales muestran una falla en la constitución del superyó, es decir, de la instancia interna que regula la conducta y permite sentir culpa o empatía. En el contexto del ciberacoso, esta falla se manifiesta tanto en los agresores como en los observadores pasivos: el daño se naturaliza y el dolor del otro se vuelve espectáculo. Lo que debería generar culpa o empatía se convierte en motivo de risa, likes o indiferencia.

La víctima de ciberacoso, por su parte, se enfrenta a un tipo de trauma que combina la humillación pública con la imposibilidad de refugio. La escena violenta se repite cada vez que el material circula o se reactiva en las redes. El ataque no termina, porque las imágenes o mensajes pueden compartirse y volver a circular una y otra vez. Esto genera una repetición constante del dolor, tanto en la mente de la víctima como en el entorno digital. Freud describió el trauma como un acontecimiento que sobrepasa la capacidad del yo para procesarlo. En el caso del ciberacoso, el exceso se amplifica por la falta de tiempo y espacio para elaborar lo ocurrido.

Desde la clínica psicoanalítica, el trabajo con las víctimas requiere restablecer la posibilidad de simbolización del trauma. El analista debe ofrecer un espacio en el que el sujeto pueda poner en palabras la experiencia de vergüenza, impotencia y soledad, sin ser nuevamente expuesto. La función analítica consiste en ayudar al paciente a reconstruir un sentido de sí mismo desgarrado por la mirada anónima y cruel del otro. El objetivo no es borrar el trauma, sino transformarlo en una narrativa que restituya la dignidad y la capacidad de pensar.

Referencias:

Bleichmar, S. (2010). Violencia social – violencia escolar. Noveduc.

Freud, S. (1992). Tres ensayos de teoría sexual. Obras completas (Vol. 7, pp. 109–224). Amorrortu. (Obra original publicada en 1905).

Freud, S. (1992). El malestar en la cultura. Obras completas (Vol. 21, pp. 57–140). Amorrortu. (Obra original publicada en 1930).

Janin, B. (2014). El sufrimiento psíquico de los niños. Noveduc.

Klein, M. (1994). Tendencias criminales en niños normales. Obras completas (Tomo VII). Paidós. (Obra original publicada en 1927).

London, C., & Santos, D. (2012). Bullying. Controversias en Psicoanálisis de Niños y Adolescentes, (10), 1–5. http://www.controversiasonline.org.ar/images/stories/Controversias/n10_esp/trabajo%20-%20BULLYING.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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