El descubrimiento freudiano: ¿qué es el inconsciente?

Por Laura De La Torre

El inconsciente no es esa persona que “no se da cuenta de nada”, que “vive en la luna” o que simplemente te cae mal porque dice cualquier cosa sin pensar. Tampoco es (aunque a veces lo parezca) ese amigo que actúa sin medir consecuencias y luego se defiende con un: “¿yo qué hice?”.

Aunque no lo parezca, todas estas expresiones pueden servirnos como punto de partida para empezar a aproximarnos a eso que Freud llamó “el inconsciente”. Porque sí, el descubrimiento freudiano va mucho más allá de estas imágenes cotidianas, pero algo de todo eso (torcido, desplazado, exagerado) resuena con lo que Freud empezó a escuchar en sus pacientes. Fue él quien, a partir de esas manifestaciones aparentemente sin sentido, construyó poco a poco un cuerpo teórico para intentar comprender los enigmas de la mente humana.

En psicoanálisis, el inconsciente tiene un significado mucho más profundo. Se acerca más a esa acepción que lo define como aquello que no tiene conocimiento de algo concreto o de sus propios actos y consecuencias. Freud (1915/1992b) lo planteó como una instancia psíquica que insiste, que se escapa, que opera más allá de la voluntad consciente. A lo largo del siglo XX y en la actualidad, el inconsciente sigue siendo una de las ideas más provocadoras y difíciles de asimilar, ya que desafía la idea de que somos plenamente dueños de lo que pensamos, decimos o hacemos. El inconsciente no es simplemente “lo que no sabemos”, sino eso que nos habita y actúa en nosotros sin pedir permiso.

Ahora bien, lo que Freud descubre no es un rincón oculto del alma ni un archivo secreto de recuerdos reprimidos. Es una dimensión dinámica, estructurada y activa de la vida psíquica; una que no se rige por la lógica consciente, pero que afecta profundamente nuestro modo de ser, de vincularnos, de repetir. Freud no da una única definición cerrada del inconsciente. Lo va delineando a medida que avanza su trabajo clínico y teórico.

En La represión (1915/1992a), Freud propone que ciertos contenidos (deseos, representaciones, afectos) son apartados de la conciencia por ser inaceptables para el yo. Sin embargo, no desaparecen: siguen activos, aunque no podamos acceder a ellos directamente. Ese “lugar” al que son empujados es, justamente, lo que llama el inconsciente.

Más adelante, en “Lo inconsciente” (1915/1992b), describe este sistema como regido por leyes propias: condensación, desplazamiento, atemporalidad y ausencia de contradicción. Además, distingue tres formas de entender el término:

Descriptivo: lo que no es consciente en un momento dado.

Dinámico: lo que fue reprimido activamente.

Tópico: un sistema específico dentro del aparato psíquico.

Así, el inconsciente no es solo un contenido reprimido: es un lugar, una forma de funcionamiento psíquico y una cualidad. No es algo fijo, sino una dimensión viva que se manifiesta en síntomas, sueños, lapsus o en elecciones que no entendemos, en actitudes que se repiten, en cosas que decimos “sin querer”.

Con el paso del tiempo, otros analistas ampliaron y reformularon este concepto desde nuevas perspectivas. Uno de ellos fue Jacques Lacan (1966/2009), quien introdujo un giro interesante: el inconsciente ya no es solo un depósito de contenidos que han ido a pique, sino una estructura producida por el lenguaje. “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” (p. 824), afirma Lacan, y con eso abre otro horizonte. Para este autor, ser sujeto es, inevitablemente, estar dividido. No somos dueños de lo que decimos ni del todo conscientes de por qué deseamos lo que deseamos. Esa falta, ese agujero, no es un defecto: es constitutivo. No se trata de algo que “anda mal”, sino de cómo está estructurado el sujeto: como una pregunta abierta.

El inconsciente, entonces, se filtra por todos lados:

En el lapsus que arruina una cita.

En la angustia que se activa sin causa aparente.

En ese impulso incontrolable de revisar redes sociales por décima vez.

En el goce que se repite, aunque sepamos que nos hace mal.

Es así como podemos decir que el inconsciente no se ve, pero deja huella… o manda recaderos. Porque si el inconsciente fue el gran descubrimiento de Freud, el método psicoanalítico fue su gran invención: una herramienta para acercarse a lo inasequible, a eso que no se deja atrapar del todo, pero insiste en sus efectos. La experiencia analítica es, entonces, una vía de acceso al inconsciente: una forma de poner en juego lo que se repite, de escuchar los síntomas, de volver palabra eso que insiste en silencio.

No se trata de descubrir “toda la verdad” sobre uno mismo, sino de aprender a leer lo que se escapa y transformar la repetición en interrogación. Porque el inconsciente no es una cosa cerrada, ni un misterio resuelto: es un fenómeno complejo, en movimiento, que seguimos explorando desde múltiples vértices, como el clínico, el teórico, el simbólico y también el cotidiano. Quizá sea justamente esa imposibilidad de capturarlo por completo lo que nos empuja, una y otra vez, a seguir escuchándolo o por lo menos intentarlo.

Bibliografía:

Freud, S. (1992a). La represión. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu Editores. Obra original publicada en 1915.

Freud, S. (1992b). Lo inconsciente. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu Editores. Obra original publicada en 1915.

Lacan, J. (2009). La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud. En Escritos. Siglo XXI. Obra original publicada en 1957.

Lacan, J. (2009). La ciencia y la verdad. En Escritos II. Siglo XXI. Obra original publicada en 1966.

 

 

 

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