La angustia infantil: el monstruo que acecha
Por Kaori Ríos
“Los niños también se angustian aunque no pueden decirlo”. Esa frase podría ser el punto de partida para pensar un fenómeno que los adultos solemos pasar por alto: la presencia de miedos invisibles, de pequeños “monstruos” que acechan desde dentro y que solo pueden calmarse cuando alguien los nombra. Creemos que la infancia es un tiempo de inocencia, de juegos, de risas, pero lo cierto es que también es una etapa donde se experimentan emociones intensas. Confusas y profundas.
La ansiedad, lejos de ser una emoción exclusiva de los adultos, habita desde los primeros momentos de la vida. Desde el psicoanálisis, Freud (1926) describió la angustia como una señal del yo frente a un peligro interno. No se trata solo del miedo ante algo real, sino de una emoción que advierte que algo del mundo interno se ha puesto en juego. Melanie Klein, más tarde, mostró que incluso los bebés viven angustias tempranas: temores de destrucción, de pérdida del amor o de quedar abandonados por el objeto que los sostiene. Es decir, la angustia es parte del desarrollo, no una falla de él.
Cuando un bebé llora desesperado porque su madre tarda en volver, no solo puede deberse a la expresión de una necesidad biológica, como el hambre o el frío, sino que también experimenta algo más profundo: una sensación de desamparo que puede vivirse como amenaza de desaparición. Klein llamó a esto angustia de aniquilación, propia de la posición esquizoparanoide. Más adelante, cuando el niño empieza a reconocer que el objeto amado y el odiado son el mismo (que la madre buena y la madre frustrante son una sola), surge entonces la angustia depresiva, acompañada de culpa y deseo de reparar.
Estas experiencias son inevitables. Donald Winnicott habla sobre la importancia de la presencia y la ausencia de un entorno capaz de contenerlas. Si el entorno acoge, sostiene y traduce estas emociones en algo pensable, el niño irá aprendiendo que el interior no es un enemigo. Si no hay quien contenga, la ansiedad puede transformarse en un vacío sin nombre, en miedo sin objeto o en síntomas que aparecen más adelante.
Cuando un niño se muestra inquieto, no duerme, tiene terrores nocturnos, tartamudea, presenta dolores corporales, irritabilidad o cambios bruscos de humor sin explicación aparente, muchas veces no está “portándose mal”; está intentando decir aquello que con palabras aún no puede expresar.
A veces esos miedos toman la forma de un monstruo debajo de la cama, una sombra que persigue o un ruido que parece venir de la oscuridad. No obstante, ese monstruo no está afuera; muchas veces representa aquello que teme dentro de sí: puede ser rabia, puede ser tristeza. En la fantasía infantil, el monstruo encarna el miedo de perder al objeto amado o de ser destruido por sus propios sentimientos. En el juego, en el dibujo o en el silencio, la ansiedad busca su cauce, y el adulto que observa y escucha puede descubrir en estos gestos una historia emocional a la que es imprescindible otorgarle una narrativa, darle un lugar y darle cabida.
Winnicott (1958) decía que el desarrollo emocional del niño depende de la existencia de un ambiente suficientemente bueno: una madre o figura cuidadora capaz de sostener sus ansiedades primitivas. Cuando este ambiente falla, el niño no logra pensar sus miedos, sino que puede padecerlos. En cambio, cuando se siente comprendido, puede transformar la angustia en pensamiento, el miedo en creatividad y el desamparo en confianza. El mismo autor comenta que el bebé no puede existir solo sino que existe en la medida que hay otro que lo sostiene.
Hoy, los niños crecen en entornos sobreestimulados: pantallas encendidas desde temprano, padres ausentes por exceso de trabajo, exigencias escolares que dejan poco espacio al juego. Todo ello puede generar ansiedades en las que el desafío actual no es eliminar la ansiedad (porque forma parte del crecimiento), sino darle un espacio donde pueda pensarse y transformarse. Escuchar a un niño ansioso no es solo calmarlo: es ayudarle a encontrar palabras, a sentirse mirado y comprendido.
La ansiedad en la infancia no debe entenderse como un error del desarrollo, sino como el modo en que el niño nos muestra que está vivo, sensible, en búsqueda de sentido. Freud decía que “la angustia es una señal”, y podríamos agregar, siguiendo a Klein y Winnicott, que es una señal de vida psíquica que pide ser escuchada.
Acompañar la ansiedad de un niño es una tarea silenciosa y paciente. No se trata de explicarle que “no pasa nada”, sino de sostenerlo para que descubra que puede sobrevivir a lo que siente y que la intensidad de sus emociones no desborda ni aniquila al adulto. Que sus miedos, por más grandes que parezcan, pueden tener palabras, dibujo, juego y pensamiento.
Porque, al final, toda ansiedad infantil nos recuerda algo esencial: solo cuando alguien nos ayuda a pensar lo que tememos, el monstruo deja de acechar en la oscuridad y se transforma en una figura que puede mirarse, nombrarse y jugarse. El miedo deja de ser aquello que amenaza con destruirlo todo para convertirse en una emoción que el niño puede sostener y que el adulto puede acompañar.
Referencias:
- Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. Obras completas (Vol. 20). Amorrortu.
- Klein, M. (1935). Una contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos. Obras Completas (Vol. I). Paidós.
- Winnicott, D. W. (1958). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós. Psicología Profunda.


