¿Por qué juega el niño?

Por Ana Livier Govea

“Lo universal es el juego y corresponde a la salud: facilita el crecimiento y, por lo tanto, esta última conduce a relaciones de grupo; puede ser una forma de comunicación en psicoterapia y, por último, el psicoanálisis se ha convertido en una forma muy especializada de juego al servicio de la comunicación consigo mismo y con los demás”.

– Donald Winnicott (1993)

 

El niño juega para construir y representar su mundo. Juega para poder asimilar la realidad circundante, para darle orden a sus fantasías y expresar sus afectos y emociones; también le permite descargar angustias y metabolizar las experiencias vividas. Por medio del él, el niño se fortalece física, emocional y psíquicamente, lo cual le ofrece la posibilidad de autoafirmarse y ganar autonomía. En otras palabras, el niño juega por placer, para expresar hostilidad, para dominar la angustia, establecer contactos sociales, aprehender el mundo, practicar roles, moldear su identidad, entre otros procesos. Por lo tanto, se trata de un factor vital para el desarrollo de su personalidad y favorece las relaciones que establece con los otros.

Si afirmamos que el juego permite al niño expresar su angustia y sus afectos, es porque aceptamos la idea de que pueden ocurrirle experiencias que le generan tensión y que, al igual que el adulto, tiene un mundo interno complejo, lleno de fantasías y ansiedades que manifiesta en la actividad lúdica. Freud fue el primero en poner en evidencia estos aspectos de la vida infantil. En su texto “Más allá del principio del placer” (2006/1979), reconoce que el juego empareja las angustias con los deseos:

Vemos a los niños reproducir en sus juegos todo lo que les ha impresionado en la vida, mediante una especie de reacción contra la intensidad de la impresión, a la que tratan, digamos, de dominar. Por otra parte, resulta evidente que todos sus juegos están condicionados por un deseo de ser mayores y poder comportarse como los mayores. También se constata que el carácter desagradable de un acontecimiento no es incompatible con su transformación en un objeto de juego, con su reproducción escénica. Que el médico haya examinado la garganta del niño o que se haya sometido a una pequeña operación: ahí están los recuerdos penosos que el niño no dejará de evocar en su próximo juego; pero, es fácil ver cómo el placer se puede mezclar con esta reproducción y de qué fuente puede provenir; el juego se sustituye por la actividad propia del mismo, ya que la pasividad con que se soportó el acontecimiento penoso infringe a un compañero de juego a los sufrimientos de los que él fue víctima y ejerce así sobre la persona de ésta la venganza que no puede ejercer sobre la persona del médico” (p. 28).

En el fragmento anterior, Freud hace referencia al juego como un tratamiento de lo traumático y, al mismo tiempo, lo coloca como una actividad que constituye la realización del deseo: por una parte, se utiliza para buscar convertir en activo aquello que se ha vivido de manera pasiva y, por otra, todo juego expresa el deseo de ser mayor.

Terapia de juego y el psicoanálisis infantil

La terapia de juego se refiere a la serie de métodos y técnicas lúdicas que tienen por objetivo ayudar a que el niño comprenda, elimine o modifique síntomas desadaptativos, y encuentre nuevas formas de relacionarse con los otros y consigo mismo, de expresar y entender aspectos de su mundo emocional. Todo lo anterior se lleva a cabo mediante el vínculo que se establece con el analista infantil, quien será un profesional especializado en este método de intervención.

Para Melanie Klein, una de las principales promotoras del psicoanálisis infantil, la psicoterapia psicoanalítica tiene como objetivo permitir que el sujeto pueda integrar emociones y representaciones de la vida y de sí mismo contrapuestas y parciales. De esa forma, será capaz de alcanzar un equilibrio entre su mundo psíquico interno y el mundo externo, y podrá adquirir la capacidad de disfrutar (a pesar de las frustraciones) y entablar relaciones gratificantes de amor con los otros. Klein dedicó la mayor parte de su trabajo a la adaptación técnica del psicoanálisis convencional para el trabajo psicoanalítico con niños e incorporó el juego a las sesiones terapéuticas. Consideraba que el juego era una forma de expresión del niño y, ya que la habilidad verbal del infante aún no se desarrolla por completo, observó que funcionaba como el lenguaje particular de la infancia, el cual el analista debe interpretar. Dicho de otra forma, para el niño, el juego es similar a la asociación libre del adulto. 

El juego es la palabra del niño, es una actividad catártica y comunicativa que ofrece la posibilidad de neutralizar ansiedades. En la psicoterapia, cumple con la función de elaborar situaciones conflictivas, traumáticas, dolorosas o incómodas, con la posibilidad de asignarle a los aconteceres (por más dolorosos que sean) otro final. Por ejemplo, cuando un niño juega a la “escuelita”, elige ser el maestro para que sus muñecos sean los alumnos a los que someterá a arduas tareas o a angustiantes exámenes. Aquí podemos apreciar cómo el niño se coloca de forma simbólica por encima de sus “compañeros de clase”. Con ello contrarresta la sensación interna de vulnerabilidad, ya que invierte los roles y se coloca como un adulto poderoso y autoritario, y no como el niño pequeño que aún recibe órdenes.

En la sesión con niños debemos partir de la idea de que el juego posee un contenido simbólico y que será la tarea del analista interpretarlo y darle sentido. Por ejemplo: Fabián, un niño de 4 años, llegó al consultorio debido a que, a partir del nacimiento de su hermano, no dejaba de hacer berrinches, tenía constantes arranques de ira y en ocasiones le pegaba a su hermanito con francas intenciones de lastimarlo. Al llegar al consultorio, Fabián inmediatamente sacó de su mochila un bebé de juguete al cual identificó como su hermanito. Durante la sesión, comenzaba a arrullarlo y le cantaba delicadamente, pero “accidentalmente” lo dejaba, o bien, lo “olvidaba” en algún lugar del consultorio. Por medio de las observaciones anteriores, el terapeuta podrá interpretar la rivalidad, los celos, la hostilidad y la ambivalencia que el nacimiento de su hermano ha despertado en él. Otro caso clínico que nos ayuda a entender la forma en que el niño puede expresar sus conflictos es el expuesto por Aberastury (2009/1962). La autora hace referencia al tratamiento de Luis, un niño asmático de 9 años, el cual presentaba una marcada inhibición al juego y que prefería solo dibujar:

Luis inventaba o copiaba personajes a los que hacía intervenir en historietas, a través de las cuales relataba sus conflictos. Cuando inició su análisis, estaba sometido a un régimen de comidas muy severo, porque ciertos alimentos desencadenaban en él fuertes crisis de asma seguidas de acetonemia. Sus limitaciones y sus ahogos los expresó dibujando a un náufrago en una pequeña isla. El personaje se veía obligado a no salir de esta isla tan pequeña que le exigía estar encogido y sin moverse (p. 35).

El niño en psicoanálisis aporta material de varias maneras: puede expresarse verbalmente o puede jugar, dibujar, pintar o garabatear. Es decir, además del juego, es posible que utilice diversas formas de expresión para comunicar su mundo interno. Como parte del proceso analítico, prestar atención a la manera en que expone este material clínico será de suma importancia para comprender su acontecer psíquico. La técnica del juego, aplicada tanto al tratamiento como al diagnóstico, incluye el uso e interpretación de sueños nocturnos, sueños diurnos y dibujos (Aberastury, 2009/1962). Debido a que el lenguaje del niño no es el mismo que el del adulto, el analista requiere compenetrarse de forma aguda con los juegos infantiles; en especial, con el juego que el niño desplegará en el consultorio durante la sesión. Para Winnicott (1993), la atmósfera emocional que el analista crea junto con el niño es algo básico, puesto que este último ofrece su capacidad imaginativa y lúdica. La psicoterapia de niños transcurre en una superposición de los espacios de juego entre analista y el niño.

En el psicoanálisis infantil, es fundamental reconocer la importancia que tiene el juego para la vida del niño y la dinámica que se desenvuelve en el consultorio. El juego no es únicamente un recurso técnico, sino que es la base del tratamiento infantil y la plataforma en la que se asienta el desarrollo mental. Aquel niño que no juega, no logra elaborar las situaciones difíciles de la vida diaria y las canaliza patológicamente a través de síntomas o inhibiciones (Aberastury, 2009/1962). El psicoanálisis nos invita a repensar al niño desde los confines de su complejidad, y nuevos desafíos, retos e interrogantes surgen a partir del tratamiento infantil. Sin lugar a dudas, este tipo de terapia es un parteaguas importante para considerar al niño y su lenguaje como elementos trascendentales para la investigación psicoanalítica. 

Referencias

Aberastury, A. (1962). Nacimiento de una técnica. En Teoría y técnica del psicoanálisis de niños (pp. 34-50). Buenos Aires: Editorial Paidós. Obra original publicada en 2009.

Aberastury, A. (2005). El niño y sus juegos. Buenos Aires: Editorial Paidós Educador

Freud, S. (2006). Más allá del principio del placer (1920). En Obras completas VXIII: Más allá del principio del placer. Psicología de las masas y análisis del yo y otras obras (1920-1922) (pp. 7-62). Buenos Aires: Amorrortu Editores. Obra original publicada en 1979.

Winnicott, D. (1993). Realidad y juego. Barcelona:  Editorial Gedisa.