El cajón de juegos

Por Alma Toledo

El trabajo clínico se teje en la intimidad de la relación entre analista y paciente. En la psicoterapia con niños, el cajón de juegos individual ocupa un lugar central para la construcción de la privacidad, es decir, de un espacio en donde el mundo interno del niño florezca. Los niños no sólo entienden, sino que cuidan celosamente su propiedad.

Melanie Klein (1987) propone el trabajo alrededor del juego y los materiales necesarios para llevar a cabo esta tarea. Lo mejor, de acuerdo a esta autora, es que los juguetes sean pequeños y sencillos para permitir que las fantasías del niño puedan expresarse a través de la actividad lúdica. Klein fue la primera en alentar a los niños para que guardaran sus juguetes en cajones cerrados. El cajón de juegos representa simbólicamente el secreto profesional (Aberastury, 1996).

Un niño con ansiedades paranoides muy intensas acudía a sesión, al llegar abría su cajón para confirmar que todo se encontrara tal como él lo había dejado, expresando así su temor de que algún otro paciente espiara su material y tomara sus cosas. Esto nos permitió después analizar sus deseos de mirar los otros cajones, los celos por la presencia de los demás pacientes, su rivalidad, pero cabe mencionar que esto era posible gracias a que encontraba su material intacto. Sabemos lo difícil que es para algunos pacientes construir un vínculo de confianza.

Aberastury (1996) señala enfáticamente: “Si se considera técnicamente necesario ofrecer a cada niño un cajón que sea sólo de él, es porque lo necesita para curarse la total posesión, sin interferencias, de algo que para él llegará a significar lo que fue su primitiva relación con la madre.”

Una niña que atendí hace tiempo solía traer material de su casa y meterlo a su cajón; pronto estuvo atiborrado de cosas, no cabía nada más. Su cajón me hizo recordar una entrevista previa con su madre, en la que me comentó: “Qué bueno que mi hija tome terapia con usted, yo ni puedo, ni tengo ganas de lidiar con niños, mi cabeza está llena de tantas cosas que lo último que se me ocurre es pensar en ella.”

Anderson (2006:25) hace hincapié en el papel del cajón individual como favorecedor del sentimiento de continuidad en el intervalo entre las sesiones; además, establece una analogía entre la idea de un mundo interno que contiene objetos internos y la caja que contiene los juguetes del niño.

Meltzer, por su parte, en su trabajo sobre La distinción conceptual entre identificación proyectiva y continente-contenido (1990:73), señala como algunas de las cualidades del continente la privacidad y la exclusividad. Con respecto a esta última agrega: “La historia de la relación que es la que crea el sentido de la privacidad, debe generar el sentido de estar viviendo algo único”. Me parece que el cajón permite establecer las condiciones para que la relación se construya y adquiera dichas cualidades.

A lo largo del tratamiento, el cajón va tomando una importancia y un significado que para cada niño son únicos y personales. Nuestra tarea es brindar el espacio para que los pequeños puedan expresar sus propias fantasías en un lugar capaz de contenerlas y darles sentido propio.

 

  1. Era un niño de ocho años cuando llegó a consulta, padecía encopresis y tenía serias dificultades para tolerar los límites. Comenzamos a trabajar y al cabo de un tiempo comprendí la gravedad de su situación. Dentro de su “juego” introdujo la presencia de monstruos; visiblemente aterrado, me mostró que aquello no era una simple fantasía, a veces eran francas alucinaciones. Poco a poco pudimos comenzar a nombrar aquello que representaban, a veces por iniciativa mía, a veces él mismo. Los llamamos “envidiosín, celosín, enojadín, rabiosín, furiosín”, dependiendo de las emociones que estuvieran manifestándose. E. me propuso un día: “¿Y si mejor los guardamos en mi caja?”. Así lo hicimos y esto se convirtió en un recurso fundamental a la hora de concluir la sesión: E. insistía en la necesidad de que los monstruos permanecieran en la caja mientras él iba a casa; necesitaba una mente capaz de recibir sus proyecciones más violentas, intolerables y persecutorias. Su cajón representó para él ese espacio capaz de contener y poner freno a sus terroríficas angustias.

 

En conclusión, el cajón representa la privacidad, la exclusividad, el mundo interno del niño. Ordena, da continuidad, permite la contención de emociones, el despliegue de las fantasías y, cuando las cosas van mejor, también la construcción de significados.

 

Referencias:

Aberastury, A. (1996). Teoría y técnica del psicoanálisis de niños. Buenos Aires: Paidós.

Anderson, R. (2006). “Desarrollos de la técnica kleiniana”. En Psicoanálisis de niños. Tendencias actuales. Luis Rodríguez de la Sierra (Comp.) Barcelona: Albesa.

Klein, M. (1987). “La personificación en el juego de los niños”. En Obras completas. Vol. I: Amor, culpa y reparación. Barcelona: Paidós.

Meltzer, D. (1990) “La distinción conceptual entre identificación proyectiva (Klein) y continente-contenido (Bion)”. En Metapsicología ampliada. Buenos Aires: Spatia.

 

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