Archivos mensuales: noviembre 2016

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La importancia de la atención psicológica

Por Andrea Méndez

 ¡Asombrosos viajeros! ¡Qué nobles relatos

leemos en vuestros ojos profundos como los mares!

Mostradnos los joyeros de vuestras ricas memorias,

esas alhajas maravillosas, hechas de astros y de éter.

El viaje, C. Baudelaire.

 ¿Cuándo es necesario buscar atención psicológica? ¿Por qué no puedo resolver por mí mismo una situación? ¿Vale la pena contarle lo que me pasa a un desconocido?

Si nos sentimos mal, si algo nos duele, buscamos un médico para que nos quite el dolor y nos explique lo que pasa. Pero si el dolor es emocional, estamos acostumbrados a creer que va a desaparecer en algún momento por sí solo, que tal vez baste con distraernos y apoyarnos en los que nos rodean. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando esto no es suficiente?

Cada uno de nosotros hemos pasado por diferentes situaciones en la vida, algunas de ellas conllevan una oleada de emociones, las cuales tratamos de sobrellevar lo mejor posible, pero hay momentos donde nos rebasan y sentimos que no podemos encontrar la salida. Quizá no tengamos la respuesta en ese entonces. Tal vez nos encontramos con problemas de pareja, una ruptura amorosa, una pérdida de un ser querido, incluso de una mascota o del trabajo. A pesar de haber salido airosos de problemas pasados, es posible que ahora necesitemos buscar una atención más especializada.

Frente a la ansiedad, el miedo o el enojo que nos provoca una situación complicada, las personas pueden llegar a recurrir a opciones que prometen soluciones rápidas o, en el extremo contrario, tal vez no se sientan con la confianza de aceptar ayuda de un extraño. En cualquier caso, es importante vencer las resistencias e informarse acerca de cuál es la atención más adecuada tanto para el problema en cuestión como para el individuo.

En México existen diferentes instituciones públicas y privadas que ofrecen atención psicológica. En la actualidad, la mayoría de estos lugares están de acuerdo en que es necesario trabajar de manera interdisciplinaria para que el apoyo a la persona afectada sea integral. Muchas veces son los propios médicos quienes recomiendan a sus pacientes que busquen algún tipo de ayuda psicológica.

Por ejemplo, a alguien que padece depresión clínica le conviene ser valorado por un psiquiatra, para saber si existen problemas a nivel químico y determinar si requiere medicación. Este tratamiento habrá de complementarse mediante la atención psicológica, donde podrá expresar abiertamente sus problemas emocionales y explorarlos.

Algunos casos implicarán solamente a la persona afectada y otros pueden incluir también a la pareja o a la familia. Es por ello que existen diferentes tipos de terapia, como la individual, familiar, grupal, dependiendo de las necesidades del paciente. Cada tipo de terapia establece una forma específica de trabajo, la frecuencia con la que se realizan las sesiones y el modo de abordar la problemática.

El psicoanálisis se desarrolló como corriente terapéutica desde principios de 1900. Se encarga de profundizar no sólo en el conflicto actual del paciente, sino de entender su personalidad y su forma de vincularse con otros. En nuestro país existen una gran cantidad de terapeutas con esta formación y algunas instituciones que brindan este tipo de atención psicológica.

El Centro Eleia se fundó en 1990 con el objetivo de convertirse en uno de los lugares más importantes tanto para la formación psicológica y psicoanalítica, como para brindar un servicio a la comunidad en México. La misión de la Clínica Comunitaria Eleia es brindar a la población una atención psicológica de excelente nivel, con corte psicoanalítico, a un costo accesible para cada paciente.

Enlaces

– Clínica del Centro Eleia. Disponible en: http://www.centroeleia.edu.mx/ayuda-psicologica-df-centro-eleia

– UNAM. Facultad de Psicología. (2004). Directorio de instituciones de apoyo psicológico y servicios a la comunidad. Disponible en: http://www.tutoria.unam.mx/EUT2010/memoriaEUT/cursotutor/martes/directorio.pdf

Referencias

– Salaverry, O. (2012). La piedra de la locura: inicios históricos de la salud mental. Rev. Perú Med. Exp. Salud Pública: 143-48. Disponible en: http://www.scielo.org.pe/pdf/rins/v29n1/a22v29n1.pdf

 

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¿Se pueden concebir las etapas propuestas por Margaret Mahler como un tipo particular de relación?

Por Javier H. Fernández Soto

En 1975, Margaret Mahler a través de la observación clínica de niños pudo esquematizar en su publicación “El nacimiento psicológico del infante humano” los procesos que el sujeto cursa para conseguir la separación-individuación. La autora destaca la importancia de las relaciones objetales tempranas en el desarrollo psíquico de las personas. Sin negar la teoría estructural del yo, no enfatizó todo lo relacionado con la libido sexual. Sus bases empíricas la llevaron a teorizar el desarrollo psicológico en etapas evolutivas. Desde antes de la verbalización, el sujeto evoluciona y supera estas fases hasta lograr su individuación.

¿Cuál es el riesgo de plantear el desarrollo del infante desde una perspectiva evolutiva? La evolución es un proceso en el que se avanza superando etapas cada vez más complejas. Si la fase no se logra, el desarrollo queda detenido, no puede continuar. Concebir la separación-individuación como un proceso, nos hace pensar que después de superada una fase ya no tendría por qué manifestarse de otras formas. Si así fuese, nos enfocaríamos únicamente en el tratamiento de niños pre-edípicos y de pacientes con patologías graves que no lograron su individuación y se detuvieron en algunas de estas fases, principalmente, la simbiosis. No obstante, es importante tratar de aplicar cada teoría a nuestra práctica clínica en aquellas situaciones donde se reflejen los fenómenos que los grandes psicoanalistas nos describen, pues incluso los pacientes con estructuras neuróticas en ocasiones tienen dificultades de separación e individuación.

Si consideramos el logro de la individuación en función de un conflicto interno y no como una perspectiva evolutiva, podríamos representar dicha propuesta como una organización de estados mentales. M. Klein pensó que dichos estados están conformados por un tipo particular de relación, con su correspondiente ansiedad y una constelación específica de mecanismos de defensa. Pero, ¿qué sucede dentro del consultorio, tomando en cuenta estas fases como estados mentales?, ¿podemos integrar diferentes teorías para entender el mundo interno de nuestros pacientes?

Desde un modelo kleiniano, las sesiones son una situación total; las asociaciones, sueños y lapsus son entendidos en el contexto de la sesión y en su significación con la figura del analista, quien representa algún objeto interno del paciente (Bleichmar y Leiberman, 1989). En este sentido, podemos identificar fenómenos característicos de las etapas de Mahler, cuando el paciente se encuentra en un “estado” de simbiosis, de diferenciación o de re-acercamiento, sin que exista una patología grave. Esto ocurre, no por una detención en el desarrollo, sino porque en la misma sesión se manifestará un tipo particular de relación analista-paciente, sin enfocarnos solamente a un síntoma evolutivo.

La mejor forma de aterrizar estos conceptos es a través de la práctica clínica: recuerdo un paciente de 5 años que, cuando quería salir del consultorio para ir al baño o por agua, se aferraba a mi ropa. Trataba de meterse bajo mi suéter y, en una ocasión, hasta chupeteó mi dedo. La transferencia se basaba en una necesidad de simbiotizarse conmigo. Más allá de que le pudiera representar una madre real que gratificara estas necesidades, lo importante era entender sus fantasías. Tuve que interpretar la actitud inconsciente del niño y no sólo el contenido del juego, el cual simbolizaba la ansiedad de separación. El encuadre y la constancia en las sesiones permitieron que integrara el objeto parcializado, sin que tuviera que representarle un objeto real. Al contrario, lo que se busca es que desde lo pre-verbal podamos unir aquello que en su mente por momentos puede fragmentarse.

Ahora, veamos un ejemplo de diferenciación. A los 5 meses de edad, el infante muestra un incremento en su estado de alerta y de atención a su entorno. Mahler lo comprendía como un período que consiste en “salir del cascarón”. Dentro del consultorio, podemos notar cuando el paciente, en sus asociaciones, muestra interés por investigar “cómo piensa el terapeuta”, “cómo soy yo”. En su mundo interno existe la “duda” de si somos iguales o diferentes. Está ávido por averiguar cómo es ese otro, en una especie de exploración aduanal, que se puede manifestar cuando examina lo que tenemos dentro del consultorio y pregunta sobre nuestras experiencias. El paciente tiene la intención de entender cómo pensamos y no tanto de comprenderse a sí mismo. Podríamos decirle: “Mire, cuando usted me hace estos comentarios, quiere saber qué es lo que yo pienso, para ver si pensamos igual o no y que usted pueda diferenciarse de mí”.

De los 8 a los 15 meses de edad, los niños adquieren progresivamente las habilidades necesarias para separarse físicamente de su madre. Ella debe tener la disponibilidad para aceptar la creciente autonomía de su hijo (Mahler, 1975). Dentro de la consulta, podemos percibir cuando un paciente quisiera explorar el mundo para definirse como autónomo e individualizado (quizá cancele las sesiones de la semana). La contratransferencia volverá a ayudarnos para discernir si el paciente al faltar nos transmite, desde su narcisismo, que no nos necesita o que simplemente es su necesidad de lograr la individuación.

En el reacercamiento, el niño regresa con su madre, pero ahora la vive como un objeto separado y esto le despierta ansiedad y temor. Se observan conductas que sugieren un conflicto entre el ejercicio de su autonomía y la necesidad de la madre para satisfacer mágicamente sus deseos (Mahler, 1975). No es que el niño haya perdido independencia; al contrario, se dio cuenta que es diferente a su madre, pero esto implica un dolor intrínseco, propio de dicha etapa. Comienza a surgir el sentimiento de soledad. La angustia no deviene porque la madre se separa, sino porque el pequeño se da cuenta que está solo en el mundo. Todavía no tiene al objeto internalizado, no hay constancia objetal. La soledad es propiamente un estado del ser humano que no sabemos cuándo puede presentarse y en ningún momento estamos exentos de sentirla. El analista tendrá que percibir cuándo el paciente se siente solo y no esperar que por su “madurez” ese sentimiento de soledad no se tuviera que volver a manifestar.

Mahler señala que el sujeto debe concebirse como un individuo separado y tener disponibles intrapsíquicamente a los objetos externos para completar la constancia objetal. Aquí pareciera que se describe cuando uno puede dar por finalizado el análisis, al tener introyectado al analista, que con ayuda de la constancia objetal lograda en todo el proceso, se podrá recurrir a él internamente.

En conclusión, como analistas no debemos juzgar y criticar las teorías, al contrario, conviene utilizarlas y adaptarlas a las necesidades que tienen nuestros pacientes. Cada una de ellas es una herramienta que consolida un estilo y forma de ejercer el análisis, junto con la supervisión y el análisis propio.

Referencias

 

  • Bleichmar, N. y Leiberman, C. (1989). “La teoría de las relaciones objetales en la obra de Otto Kernberg. Presentación”. En El psicoanálisis después de Freud. México: Paidós, pp. 443-464.

 

  • Bleichmar, N. y Leiberman, C. (1989). “Melanie Klein. Discusión y comentarios”. En El psicoanálisis después de Freud. México: Paidós, p. 135.

 

  • Mahler, M., Pine, F. y Bergman, A. (2002). El nacimiento psicológico del infante humano: Simbiosis e individuación. México: Enlace.

 

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Análisis y pseudoanálisis.

Por Solange Matarasso.

Dos sujetos, uno que responde al nombre de “analizando” y otro que responde al de “analista”, se encuentran en un espacio designado como “consultorio”. Pueden reunirse dos o hasta cuatro veces por semana durante cincuenta minutos en cada ocasión, sobre la base de que el primero habla libremente mientras el segundo emite formulaciones (interpretaciones) que responden al discurso de aquel. El analizando le paga honorarios al analista. Pero no por todo ello debemos asumir que ahí está teniendo lugar un psicoanálisis. ¿Qué es, entonces, un psicoanálisis y qué no lo es?

Algunos analistas ponen el acento en una concepción médica y lo practican desde una perspectiva médica. Hay quienes centran su atención en la necesidad de hacer dinero (tanto por parte del analista, como del analizando). Otros más ven en la práctica un deseo de influencia y poder, un interés educativo o una intención de hacer justicia. En todos estos casos el eje no es propiamente psicoanalítico, sino financiero, político, académico o legal.

Bion sostiene que se pueden proponer ideas teóricas diferentes sin que se altere el vértice psicoanalítico. Pero, también, es posible pertenecer a un mismo grupo teórico y que exista un abismo entre lo que él y otros analistas de la misma escuela consideran como psicoanálisis. Para Bion, el problema de definir qué es psicoanálisis y qué no lo es, quién es analista y quién no lo es, no radica en los diversos cuerpos teóricos que componen la doctrina, sino en las diferencias de vértice. Sólo hay un vértice psicoanalítico y se hace psicoanálisis a partir de él.

Desde esta perspectiva –o vértice– Bion sostiene que: “En la medida en que los deseos puedan ser formulados, serán deseos sensoriales y propósitos sensoriales… Estos deseos y propósitos, sin excepción, son irrelevantes para el psicoanálisis.” Los que sí son de su interés son aquellos que no pertenecen al campo de lo sensible, sino que se refieren a lo que podría ser llamado: contemplación o meditación. Esto significa que, mientras que los deseos y propósitos concretos son del campo de la acción, la contemplación o meditación corresponden al campo del pensamiento.

El vértice psicoanalítico es siempre –y exclusivamente– del campo del pensamiento: la reflexión, la introspección, la pregunta por uno mismo. El psicoanálisis sólo lidia con los eventos internos que jamás aluden a problemas concretos, sino a deseos inconscientes (los cuales no son del ámbito de lo concreto), motivaciones, emociones, ideas, fantasías o fantasmas.

Ciertamente, el proceso analítico lidia con propósitos y anhelos subyacentes a diversos deseos sensibles que pueden ir desde ganar dinero, hasta tener hijos, conseguir otro trabajo, casarse o descasarse. Sin embargo, tanto analista como analizando deben abstenerse de buscar la concreción de tales pretensiones vía el análisis, dado que estos propósitos pertenecen al dominio de la acción y el psicoanálisis está confinado al dominio del pensamiento. Pensamiento y acción son mutuamente excluyentes. Si nos centramos en hechos concretos, dejamos de lado el pensamiento, que es del campo del significado. Si dirigimos nuestra atención al terreno del significado, entonces nos alejamos del campo de la acción.

El propósito del psicoanálisis o el vértice psicoanalítico como tal es, entonces, la meditación, la reflexión, la contemplación: el significado. Su objeto de observación son los eventos internos, los cuales carecen de una forma sensible que percibamos a través de nuestros sentidos. Este tipo de fenómenos únicamente pueden ser intuidos. El campo del psicoanálisis no es el del placer o el del displacer, sino el de la pregunta, la curiosidad, la expansión del conocimiento relativo a lo interno.

Pero nuestra vida transcurre de manera paralela por la vía de la acción y la del pensamiento. Comer, dormir o responder a las demandas sociales reclaman una existencia real. No se pueden dejar de llevar a cabo estas actividades en aras del pensamiento o de la capacidad psicoanalítica, pero tampoco podemos desistir de conceder un significado a nuestras experiencias y expandir la capacidad de comprender nuestra propia vida entregándonos por completo a la necesidad de comer o dormir, casarse o divorciarse, tener o perder, comprar o vender. Justamente, el psicoanálisis sirve a estos últimos fines: reflexionar, significar y comprender.

Un problema no poco frecuente en la práctica psicoanalítica es la confusión entre estos dos campos y la pretensión de que la sesión analítica sirva para buscar solución a los deseos y necesidades sensibles. En ese caso, la diada analítica habrá invadido el campo de la acción, cancelando irremediablemente el espacio analítico. Lo que aquí ocurre es que a la hora de “hacer” no se piensa, del mismo modo que a la hora de pensar no se “hace”.

Sin embargo, demasiadas veces el analista se inclina por indicar al analizado la forma como “debería” hablar con su mujer o su jefe en lugar de someterse a ellos, poner límites a sus hijos y dejar de temerles, ser menos agresivo con su madre, animarse a tener relaciones sexuales con Fulana y dejar de salir con Zutana o hacer ejercicio porque es bueno para su salud. El vértice psicoanalítico apuntaría a comprender y dar sentido y significación al sometimiento, a la tiranía, al miedo, al sentimiento de desamparo o a la voracidad que subyacen a esos conflictos. Desde luego, una vez que se ha perdido el vértice psicoanalítico en una sesión o como modalidad constante dentro del tratamiento, se vuelve cada vez más difícil volver a él.

Ciertamente, esta actitud puede ser atribuida al analizando, pero entendemos que él está autorizado a buscar un análisis para satisfacer sus deseos, con el propósito de eludir las vicisitudes del proceso de pensamiento, porque esa es, precisamente, su dificultad psíquica. La pregunta que gobierna su estado mental es: ¿Para qué meterse en el laberinto de comprender y soportar el dolor de la verdad, si se pueden simplemente satisfacer los deseos?

En el trabajo conjunto con el analista, el sujeto habrá de capacitarse paulatinamente para soportar el dolor que implica la verdad, comenzando con la primera de ellas: que no hay objeto posible que satisfaga a cabalidad todos sus deseos. Esto quiere decir que el analizando puede iniciar un tratamiento gobernado por un impulso a la acción, pero tendrá que desarrollar la capacidad psicoanalítica o de pensamiento en el trabajo analítico.

No obstante, si la tendencia hacia la acción en detrimento del pensamiento es ejercida por el analista, entonces se configura un mal uso del psicoanálisis o un ataque frontal al mismo. Se trata de un “como si” de psicoanálisis en el que, no por el hecho de que se junten en un consultorio dos personas que se hacen llamar analizando y analista, está teniendo lugar una sesión psicoanalítica. Las desviaciones del vértice psicoanalítico pueden parecer insignificantes, pero sumadas son capaces de configurar “…una imitación del psicoanálisis antes que aquello que es genuino…”.