Archivos mensuales: agosto 2016

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El paciente mentiroso (primera parte)

Por Ana María Wiener

Hace algunos años, los psicoanalistas se preguntaban si un paciente mentiroso podía ser analizado. Hoy sabemos que la mentira es un síntoma más, una manifestación de perturbación mental y se trabaja con ella como con cualquier otro síntoma. Sin embargo, en ocasiones uno se pregunta qué hacer cuando un paciente miente. No hay una receta para entender lo que pasa cuando un paciente miente, siempre conviene atender distintas perspectivas teóricas de comprensión, porque se trata de un tema complejo que abarca varios fenómenos psíquicos.

La mentira se presenta en el discurso de los pacientes. El que miente sabe que lo hace y también sabe que hay verdades. En ocasiones, las personas se enredan tanto en sus mentiras, que dejan de distinguir entre lo verdadero y lo falso o se creen sus propias invenciones. No es fácil trabajar con un paciente así, ni con lo que nos provoca. Incluso, a veces es difícil detectar que el paciente miente. Por ello, la propuesta de este trabajo es atender al tipo de relación que establecen con nosotros, observar cada detalle del vínculo para poder identificar cuándo se producen una relación y un ambiente falso.

Desde la perspectiva teórica de las relaciones de objeto, el engaño transmite la verdad acerca de la clase de objetos y sentimientos que organizan las relaciones primarias de estos pacientes. Es su manera de expresar qué pasa dentro de ellos y con sus objetos tempranos. Si uno como terapeuta modula la escucha para entender esto, se recobra la posibilidad de trabajar con ellos. Al mismo tiempo, debemos tener en mente que es su manera de defenderse ante la verdad de su realidad psíquica. Para comprender estos mensajes, es necesario ser sensible y sintonizar con lo que el paciente nos produce emocionalmente en cada sesión, es decir, en la contratransferencia.

Algunos psicoanalistas piensan que mentir se relaciona únicamente con la veracidad o falsedad de las proposiciones del individuo. Los teóricos de las relaciones de objeto, por su parte, se preocupan por entender la autenticidad de los objetos internos. Por ejemplo, la mentira del paciente puede señalar cómo éste se ha identificado con un objeto primario que pretende ser algo que no es o quizá se encuentre relacionada con las dudas que él tenga sobre la veracidad de su objeto y, por ende, de la comunicación entre ambos, por lo que tiende a reproducirlo en la relación terapéutica con su analista. Esto lo llevará a temer que el diálogo lo abrume y lo persiga, entonces, miente en lugar de decir la verdad.

Las mentiras pueden crear distintos ambientes dentro del tratamiento terapéutico. Pueden generar confusión, falta de confianza o incomprensión en el terapeuta respecto a lo que pasa. Conviene atender muy de cerca esto para poder descifrar las motivaciones inconcientes del paciente. Edna O´Shaughnessy (1990), miembro actual de la escuela inglesa postkleiniana, propone este ambiente se puede pensar como un estado mental del paciente. La interpretación versaría sobre la descripción de este estado mental, lo que produce y el tipo de relación que genera. Por ejemplo, si un paciente miente y nos evoca incertidumbre, por un lado, nos transmite el tipo de relación que tiene con su objeto primario, una relación dudosa que nos hace revivir el paciente dentro de la sesión. Por otro lado, puede tener la intención de confundirnos y de complicar nuestra comprensión de su funcionamiento mental para no poder trabajar con él. Bion (1959) le llamaría un ataque al vínculo, a la verdad.

El paciente también puede mentir para provocar interpretaciones sádicas y hostiles de parte del analista (que lo regañe o trate mal por mentir), como una invitación moralizante y masoquista. Tal vez mienta para tener el control y conseguir que el analista haga lo que él quiere o lo hace para transmitirnos su desesperanza a ser comprendido, su profunda decepción de un objeto que no lo entiende sino que sólo pretende hacerlo. En este caso, el paciente engaña porque se siente engañado, amenazado y confundido, piensa que el analista no va a poder tolerar la relación que establezcan; entonces, actúa, aparenta lo que no es y miente. Este tipo de relación también expresa el odio que el paciente siente por su objeto primario; lo odia porque no es un objeto que le diga la verdad, que se muestre tal cual es, ni que le ofrezca certidumbre sobre lo que le rodea.

Los pacientes pueden esconderse detrás de las mentiras y, de esa manera, destruyen su desarrollo mental, sus objetos. Al mismo tiempo, obtienen una gratificación masoquista al atacar su impulso por la verdad; sienten satisfacción y excitación por esa destrucción que se provocan. Dicha satisfacción es masoquista, por un lado, y maníaca, por otro, al incluir y forzar al terapeuta dentro de su mundo de mentiras y engaños. Se sienten en control, superiores, significa un triunfo sádico para ellos el poder manipular al otro. Por lo general, idealizan este aspecto de su personalidad y se conceden una gratificación narcisista (Meltzer, 1992).

En un nivel de mayor gravedad y destrucción, se encuentra el vínculo que establece una parte débil de su mente con un tirano sádico que controla y manipula, estableciendo un pacto perverso (Rosenfeld, 1971; Steiner, 1993). Cuando el analista toma las mentiras como verdades, cae en ese pacto perverso que lo inhabilita y, entonces, juega el rol del débil que le proyecta el paciente. La mentira pervierte la comunicación entre paciente y analista.

Como mencioné anteriormente, estos pacientes pueden provocar enojo en el terapeuta a causa de sus mentiras. En este caso, el analista se identifica con el objeto sádico que el paciente le proyectó. Quiere provocar que uno le maltrate para obtener una gratificación masoquista, excitarse sintiendo dolor. Es el aspecto perverso que mencionaba Freud (1917) del mentir. Al no caer en este pacto perverso y observar con detenimiento lo que sentimos, podemos interpretarle al paciente cómo busca obtener esta recompensa si nosotros lo regañásemos por sus mentiras y habremos de aclarar que nosotros no estamos ahí para juzgarlo, sino para comprender por qué lo hace, por qué obtiene satisfacción al ser tratado con sadismo.

O’Shaughnessy (1990) propone analizar cada ramificación de las relaciones objetales de estos pacientes, porque es una vía de dos sentidos. Al mismo tiempo que ellos nos mienten y creen lo que creen, sienten que nosotros les haremos lo mismo, que les mentiremos para controlarlos, manipularlos, destruirlos y someterlos. No confían en nosotros, al igual que no confían en sus objetos internos. Su mundo es persecutorio y lo paranoide obstaculiza el crecimiento y desarrollo mental del paciente. Se vuelve necesario describir este ambiente para hacer conciente al paciente de su desconfianza y de la proyección de sus sentimientos en el terapeuta. Por ejemplo: “Mire, usted cree que yo también le miento para hacer lo que yo quiera con usted. Eso genera un ambiente de desconfianza, lo que le hace sentir una terrible desesperanza de salir de esto. En realidad, usted piensa que yo voy a ser como usted, no cree que puedo reaccionar, ser diferente y ayudarle”.

Esta teoría recomienda abordar, tanto lo que el paciente trae inconcientemente a la relación terapéutica, como la reacción inconciente del analista ante ello, para desmantelar ese sistema vicioso y destructivo del mentir. En el siguiente texto desarrollaré la postura de otras perspectivas clínicas para trabajar con la mentira.

Referencias

 

  • Bion, W. R. (1959). Attacks on linking. International Journal of Psychoanalysis, 40: 308-315. Reimpreso en Bion, W.R. (1967). Second Thoughts: Selected Papers on Psycho-Analysis. Londres: Heinemann.
  • Freud, S. (1917 [1916]). Conferencias de introducción al psicoanálisis. 20ª conferencia: “La vida sexual de los seres humanos”. En Obras Completas, tomo 16. Buenos Aires: Amorrortu, pp. 277-289.
  • Freud, S. (1917 [1916]). Conferencias de introducción al psicoanálisis. 21ª conferencia: “Desarrollo libidinal y organizaciones sexuales”. En Obras Completas, tomo 16. Buenos Aires: Amorrortu, pp. 292.
  • Meltzer, D. (1992). The Claustrum: An investigation of claustrophobic phenomena. Perthshire: Clunie Press.
  • Rosenfeld, H. (1971). A clinical approach to the psycho-analytical theory of the life and dead instincts: an investigation into the aggressive aspects of narcissism. J. Psychoanal. 52:169-178.
  • Steiner, J. (1993). Psychic Retreats. Surrey: Routledge.

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Psicoanálisis, terapia psicoanalítica, terapia de apoyo y terapia de esclarecimiento

Por Gabriela Cardós

 

Hoy en día, los pacientes acuden a consulta por un gran número de situaciones y tenemos una enorme variedad de tipos de personalidad en ellos, lo que crea la necesidad de clínicas diversas y da paso a un vasto campo de psicoterapias. En ese sentido, hay enfermedades para las que el tratamiento más efectivo es el psicoanálisis, pero existen otras en las que no resulta tan adecuado.

El psicoanálisis tuvo su indicación fundamental para las neurosis y posteriormente se extendió hacia otros campos. Sin embargo, en la actualidad algunos autores afirman que es necesario replantearse esta idea, pues sabemos que hay pacientes que pueden beneficiarse a través de otras técnicas, como la terapia breve de corte psicodinámico, la psiquiatría psicoanalítica o con terapias de esclarecimiento.

En su trabajo “Psicoanálisis, psicoterapia psicoanalítica y psicoterapia de apoyo”, Kernberg (1998) plantea que la distinción tradicional entre psicoanálisis y psicoterapias psicoanalíticas se ha venido difuminando. El autor reconoce la eficacia terapéutica de estos métodos para diferentes situaciones clínicas, así como la de la terapia de grupo, la de pareja y la de familia.

Habrá escenarios en donde lo conveniente sea hacer una terapia de esclarecimiento. Pensemos, por ejemplo, en el caso de unos padres que consultan porque tienen dificultades para ponerle límites a su hijo. Durante el proceso observamos que no pueden mantener el horario y piden cambios de cita frecuentemente. Entonces, convendría explicarles que tienen problemas para ponerse límites a sí mismos y que poseen aspectos adolescentes en su propia vida, por ello les parece difícil transmitirle algo diferente a los hijos. Sería necesario hablar un poco de su personalidad y con cuidado explicarles que es probable que sus padres a su vez tampoco hayan logrado hacerlo, por lo tanto, es lógico que tengan problemas ahora con sus propios hijos.

En ocasiones recibimos en tratamiento a niños que sufren de terrores nocturnos. Mientras hablamos con los padres, nos hacen saber que cuando esto ocurre, ellos le permiten venir a su cama y pasar la noche. Será, entonces, preciso explicarles que –contrario a lo que se piensa– los niños tienen sexualidad y que esta acción puede calmar su miedo, pero también contribuye a que tenga fantasías de separar a la pareja y con ello estar de vuelta asustado al sentir que ha sido violento con ellos, de manera que la situación no se arregla. En este caso, habrá cosas que el chico deberá resolver en una terapia de juego, pero los padres tendrán que comprender la importancia de no recibir a su hijo por las noches, a través de una terapia de esclarecimiento en donde se les explique las desventajas de hacerlo y que esto también tiene que ver con su propia historia.

Otro motivo común de consulta es que los padres busquen ayuda porque su pequeño sigue mojando la cama en la noche. La madre nos hace saber que ella misma tuvo ese problema de pequeña y, al indagar un poco más sobre cómo es la conducta del niño, vemos que le sigue poniendo pañal por la noche y que se siente muy ansiosa todas las mañanas cuando va a buscarlo para saber si se ha orinado o no. Entonces, podemos darnos cuenta de que el comportamiento de la madre y la ansiedad por el recuerdo de su propio síntoma pueden estar jugando un papel importante en lo que le pasa a su hijo y sería de mucha utilidad poder explicárselo, además de sugerirle que le quite el pañal.

Lo que pretendemos es describir los síntomas a partir de lo que Freud denominó “series complementarias”, es decir, que están sostenidos a partir de factores internos (en el caso anterior, por ejemplo, podría ser el temor del niño de crecer) y factores externos (las dificultades de la madre). Por ello habrá ocasiones en donde, además de atender al paciente por quien se consulta, podemos hacer una terapia de esclarecimiento con los padres.

En una terapia psicoanalítica interpretaríamos el conflicto inconsciente, mientras que una terapia de esclarecimiento les explicaríamos porqué tienen dificultad al poner límites a sus hijos, o qué pasa con ellos mismo, que necesitan que el chico venga a su cama y el impacto de esto en él, o de qué manera la angustia de una madre puede conectarse con el síntoma del hijo. La terapia de apoyo, por su parte, busca una mejoría sintomática y una mayor adaptación.

Para Kernberg, la teoría entre estas diferentes aproximaciones es común, pero no los objetivos ni la técnica. En todo caso, podría decirse que las técnicas del psicoanálisis y de la psicoterapia psicoanalítica son iguales con modificaciones cuantitativas.

El psicoanálisis tiene pretende explorar el inconsciente e indagar profundamente las vivencias y fantasías que favorecen la formación del carácter. Es un tratamiento a largo plazo en el que se utilizará el diván, los silencios del paciente y donde el analista mantendrá una postura neutral que no sirve como modelo al paciente. Por su parte, la psicoterapia psicoanalítica se propone desarrollar en el paciente una actitud de auto observación y una manera diferente de pensar sus conflictos. Busca modificaciones que le permitan lograr una mejor calidad de vida, cambiando algunos aspectos de su personalidad. En todo caso, en ambas terapias, el objetivo es que el paciente recupere su historia, le dé sentido y construya una verdad propia.

La terapia de apoyo por su parte, pretende suprimir la ansiedad y otros síntomas para volver al estado anterior a la crisis, que se supone era mejor. En ella se sugieren comportamientos nuevos para modificar pautas de conducta y establecer un vínculo terapéutico reasegurador o protector que desempeñe un rol correctivo. La estrategia fundamental es de tipo sugestivo-directivo. En la clarificación se explora con el paciente la información que nos ha dado y los elementos que son contradictorios. La confrontación se utiliza para mostrar al paciente alguna situación que niega o esconde porque le resulta conflictiva o dolorosa.

Dentro de esta gama de técnicas de psicoterapia, hace falta entender las indicaciones para cada una de las modalidades, situación que se encuentra en continuo debate en la actualidad. Por ejemplo, el psicoanálisis clásico es el tratamiento de elección para pacientes neuróticos, pero poco a poco se ha ido extendiendo hacia patologías graves. De cualquier modo, existen contraindicaciones individuales como falta de motivación, dificultad para la introspección, no darse cuenta de que algo le está sucediendo, entre otras, que determinarán si el paciente puede ser atendido con psicoterapia psicoanalítica o no.

Decimos que un paciente es apto para recibir una psicoterapia psicoanalítica cuando necesita aumentar el significado que tienen sus acciones y los efectos que tienen su conducta, si tiene capacidad de introspección, deseo de comprenderse, una actitud participativa y disposición para ensayar cambios. Sin embargo, estaría contraindicada cuando el paciente no puede controlar sus impulsos y esto pone en riesgo su vida o el tratamiento, cuando posee una inteligencia limitada, tiene rasgos claramente anti-sociales o una situación de vida desesperada que requiere un cambio urgente. Entonces la psicoterapia de apoyo se convierte en la terapia de elección.

También puede usarse terapia de apoyo con pacientes graves o en situaciones de cambio, en la transición de una etapa evolutiva a otra, por ejemplo, de la niñez a la adolescencia, el matrimonio, la jubilación. Es útil con pacientes reactivos que antes tenían un nivel de adaptación aceptable de intensidad leve y no interesados en profundizar en sus conflictos. Incluso, puede recurrirse también a esta técnica como un tratamiento preparatorio o pre-analítico con pacientes graves o en situaciones especiales, como el duelo o una enfermedad en las que el paciente necesita ser acompañado o sostenido en una primera fase, para más adelante pasar a un modelo como la psicoterapia psicoanalítica o el psicoanálisis.

En resumen, tanto la psicoterapia psicoanalítica como la de apoyo se desprenden del psicoanálisis y permiten expandir el campo de las intervenciones psicoanalíticamente orientadas a un número de personas que quizá no puede o debe tratarse a través de un psicoanálisis clásico.

 

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Depresión. Una perspectiva psicoanalítica

Por Jorge Salazar

La depresión es y ha sido una entidad nosológica inespecífica, un padecimiento primario de las emociones, un desorden del estado de ánimo, un trastorno del humor, una enfermedad orgánica con predisposición hereditaria, una alteración de la bioquímica cerebral debida a la deficiencia de neurotransmisores, un síndrome de origen multifactorial, un tipo de personalidad, una patología del carácter, un temperamento asociado con el genio creativo, una experiencia de crisis existencial, una actitud ante la vida, en especial, una forma de goce estético y de acceso al lado oscuro del alma humana, la falta de espíritu, el signo ominoso de nuestros tiempos calamitosos, la epidemia contemporánea, jinete del apocalipsis, la moda negra, el flagelo del fin de siglo, el azote del principio de siglo, un estado mental abatido, el empobrecimiento de las funciones cognitivas, esa visible oscuridad, un conflicto psicológico entre las instancias psíquicas, una posición en el desarrollo emocional temprano, el predominio de la pulsión de muerte en la vida anímica, la cobardía moral, el preludio del suicidio, un débito de la investidura libidinal, el “perro negro”, el mal de Saturno y, en su acepción más antigua, un predominio de bilis negra.

 

Las perspectivas para acercarse al fenómeno depresivo son, por lo tanto, múltiples y, lejos de excluirse entre ellas, se complementan unas a otras, lo que enriquece la comprensión de una manifestación de suyo compleja. En contraparte, la pluralidad de miradas sobre la depresión —provenientes tanto del interior de la clínica como por fuera de ella— aunada al empleo muchas veces indiferenciado de los términos con los que se le nombra, impiden que la depresión tenga contornos bien delineados y ocasionan que su definición sea imprecisa.

 

La depresión no fue indiferente para Freud, aunque solo le dedicó un breve ensayo —por otra parte, seminal— a lo largo de su extensa obra teórica: Duelo y melancolía (1917). Publicado hace casi cien años y escrito dos antes, este artículo contiene las ideas fundamentales para discernir los estados depresivos a través del esclarecimiento de los procesos psíquicos que intervienen en su génesis. Más importante aún, Duelo y melancolía sienta las bases para comprender la formación de la personalidad psíquica. De un lado, la experiencia de pérdida se acompaña de la internalización en el yo del objeto perdido mediante los mecanismos de identificación, lo cual conduce, potencialmente, a la aceptación de la pérdida y al fin del duelo. De otro, el yo ha sufrido en este proceso una descomposición de su estructura que lo divide y confronta a la parte identificada con el objeto perdido con otro sector de la mente en el que residen las aspiraciones y reproches dirigidos, en su origen, al objeto pero vueltos desde ahora contra sí mismo.

 

En la medida que los reproches están cargados de hostilidad, se expresa el monto de sadismo superyóico que castiga al desvalido yo, también culpable de la pérdida del objeto. Las fuerzas relativas en el sutil equilibrio de los mecanismos puestos en juego harán la diferencia entre el duelo con su adecuada resolución y la depresión propiamente dicha. El entendimiento de la relación entre el yo y el superyó —la peculiar tensión que se establece entre estas dos instancias psíquicas— llevó a Freud a considerar, unos años más adelante (1924) y una vez consolidada la teoría estructural del aparato mental, que la melancolía es la auténtica “psiconeurosis narcisista”.

 

En rigor, la concepción freudiana de la depresión es una síntesis de ideas propias con las desarrolladas por Abraham unos años antes, entre las que destacan el sadismo derivado de la pulsión agresiva en la relación objetal (más ambivalente aún) y la incorporación oral destructiva del objeto perdido. Desde su primer artículo sobre el tema (1911), Abraham comparó los trastornos depresivos con los obsesivos, diferenciándolos, a su vez, a partir de las variaciones correspondientes a su evolución libidinal: las manifestaciones más regresivas de la libido se encuentran en los primeros mientras que los segundos serán más evolucionados en términos libidinales. Además, consideró las ideas de Freud sobre la psicodinámica de las psicosis que éste publicó en el “Caso Schreber” para distinguir entre las formas neurótica y psicótica (o cíclica) de las depresiones y a ambas de la paranoia.

 

Con el tiempo, Abraham (1924) realizó una disección todavía más fina del desarrollo de la libido al subdividir las etapas libidinales, precisamente porque reconoció el papel significativo de la agresión pulsional en la relación con el objeto y, por ende, en la formación del yo. Con base en su esquema de la evolución libidinal, Abraham situó a la melancolía como una enfermedad fijada en la etapa oral canibalística, lo que la vuelve una afección muy primitiva, caracterizada por intensos afectos de odio y hostilidad en la relación objetal, así como con graves fallas narcisistas que se evidencian en las experiencias de frustración y decepción.

 

Melanie Klein, como sabemos, amplía las nociones anteriores y desarrolla una concepción psicoanalítica original que reformula la metapsicología freudiana y enriquece la exploración clínica del mundo interno al situar en primer plano la comprensión de la naturaleza de la fantasía psíquica. Se podría afirmar que, para esta autora, la depresión es estructurante del psiquismo al señalar que la pérdida del pecho es la experiencia prototípica de toda pérdida ulterior que se elabora —no sin culpa ni dolor— mediante la recreación simbólica del pecho perdido transformado ahora en un objeto interno dentro de la realidad psíquica. El conflicto entre las pulsiones de vida y de muerte es determinante para promover el desarrollo de la personalidad y el crecimiento mental cuando logra predominar el amor sobre el odio; por el contrario, cuando éste triunfa sobre aquél, surge angustia, soledad y depresión clínica entre otras manifestaciones mórbidas.

 

Sin duda, el aura de romanticismo que rodea a los temperamentos melancólicos se disipa al advertir el papel que la agresión juega en su formación.

 

Freud, Abraham y Klein constituyen, a juicio de muchos, los tres pilares fundamentales para la comprensión psicoanalítica de los estados depresivos; sus concepciones principales tienen vigencia, aplicación y rinden frutos en la clínica contemporánea. Después de ellos destacan, en una primera etapa, las contribuciones de Frieda Fromm-Reichmann, René Spitz y Edith Jacobson. Cada uno de estos autores tuvo profesionalmente con la depresión un encuentro muy personal y, al mismo tiempo, intenso y exigente al enfrentar en su práctica clínica las expresiones quizás más graves y extremas de estas dolencias psíquicas. Sus obras se consideran clásicos de la literatura psicoanalítica en la época de expansión del campo de influencia de la teoría y clínica.

 

En un segundo momento, autores como Bowlby, Winnicott y, más recientemente, Green, propusieron otras hipótesis sobre la génesis de los estados depresivos. Congruentes con sus principales postulados teóricos, sugieren que la falla materna conduce a un déficit estructural en el bebé en formación y, por ende, la depresión, más que una consecuencia de la agresión psíquica, es un efecto de la desinvestidura libidinal en el desarrollo de la personalidad ocasionada por una función inadecuada del objeto.

 

Como hemos señalado, los estados depresivos han formado desde siempre parte de las investigaciones científicas psicoanalíticas pero, en la actualidad, el interés del psicoanálisis por la depresión parece residir en sus virtudes terapéuticas. Así lo constata la reciente publicación de varios artículos en revistas especializadas en los que se demuestra la eficacia de la psicoterapia psicoanalítica en su aplicación general, tanto como su superioridad sobre la terapia cognitivo conductual en el tratamiento de la depresión en particular.

 

Emprender juntos la travesía por la vasta experiencia acumulada durante más de un siglo de investigaciones psicoanalíticas sobre el campo clínico de los trastornos depresivos, tocando puerto en los autores y sus obras más significativas, es una aventura fascinante y enriquecedora a la que todos somos invitados.

 

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Ansiedad: un grito de alerta

Por Angélica Toledo

Santiago entró al consultorio diciendo que “ahora sí se sentía mal”. Por primera vez en mucho tiempo, tuvo insomnio. Anteriormente, se había dedicado a todo menos a pensar en su futura jubilación. “Me está matando la ansiedad”, refirió en cuanto pudo expresarse de forma menos agitada. “No sé qué hacer: mi mamá me exige, mis hijas me exigen, es un cuento de nunca acabar”. Posiblemente, esas presiones siempre estuvieron ahí, pero su mente se encontraba muy ocupada pensando en otras cosas menos peligrosas. Se dedicó a evitar cualquier sentimiento, especialmente, lo que él llama su “ansiedad interminable”.

La palabra “ansiedad” es utilizada frecuentemente y en diferentes momentos de la vida. Pero, ¿qué es?, ¿por qué ocurre?, ¿cómo se manifiesta? y, más importante aún, ¿cómo se trata? En términos generales, puede ser definida como un sistema de alerta ante ciertas situaciones que pudieran ser consideradas como amenazantes. De alguna forma, es un mecanismo de defensa. En situaciones normales, la ansiedad es funcional y no debiera representar ninguna dificultad. Sin embargo, cuando provoca alteraciones o incapacita la conducta normal, podemos decir que ya se tiene un problema de ansiedad.

Freud consideraba a la ansiedad como un afecto, resultado de la lucha entre fuerzas agresivas o sexuales, en un primer momento. Tiempo después, la definió como una fuerza señal que da aviso de lo amenazador para una parte de la mente.

Muchos otros teóricos han hablado y tratado de explicar la ansiedad desde diferentes puntos de vista. Algunos la entienden como una señal, no nada más ante el peligro, sino como una forma de comunicación. Para Melanie Klein, la ansiedad aparece en dos momentos distintos. Cuando se dañó o se transgredió a alguien o algo, surge la ansiedad persecutoria. Por ejemplo, alguien se pasa un alto, después teme ser descubierto y multado. Pero la ansiedad también puede estar relacionada con la necesidad de resarcir el daño a quien se le hizo.

Las diversas manifestaciones de la ansiedad y sus síntomas tienen un objetivo en común: liberarse de ella, ya sea mediante rituales o, incluso, desplazándola a otros objetos, como ocurre en el caso de las fobias. Posiblemente, W. Bion diría que estas actitudes colaboran a reducir la angustia, de forma que uno no tenga que enfrentar el dolor mental que generan algunas situaciones.

Recuerdo a una familia que, en vez de lidiar con la ansiedad que les estaba causando la operación del padre –quien tenía ya unos 80 años–, preferían distraerse con las diferencias que tenían entre ellos: no pensar para no sentir.

La ansiedad no es un concepto aislado, pues viene de la mano con muchos síntomas y consecuencias. La ansiedad patológica se manifiesta de diferentes formas como: trastorno de angustia, fobias, trastorno obsesivo compulsivo o trastorno por estrés postraumático.

Existen elementos que predisponen a la angustia; pueden ser biológicos, genéticos, de personalidad (según como se afrontan las situaciones estresantes, además del estilo de vida de cada quien) o ambientales (cómo se aprendió y bajo qué contextos).

Los factores que desencadenan la angustia son diversos e interactúan de distinta manera con los recursos mentales de cada individuo. Son acontecimientos desbordantes o con consecuencias graves para el sujeto, obstáculos para conseguir alguna meta e, incluso, puede ocurrir en algunos casos en los que se haya consumido drogas o estimulantes.

Es importante pedir ayuda cuando:

  • Exista una pérdida de habilidades que se tenían previamente para afrontar los problemas.
  • Las soluciones encontradas resultan peor que el problema mismo.
  • Aparecen conflictos en áreas que antes no eran problemáticas.
  • Se establecen mecanismos fóbicos o hasta miedo al miedo.

Gabbard (2002) piensa que el tratamiento de la ansiedad debe comenzar con una evaluación psicodinámica bien pensada y minuciosa, teniendo en cuenta que se trata simplemente de la punta del témpano. Es esencial el diagnóstico del origen y la naturaleza del temor.

Ciertamente, la ansiedad es un padecimiento por el que todos atravesamos en algún momento. Tratarla es un trabajo de mucha paciencia porque los síntomas son únicamente la parte superficial y visible. Una vez que se logra identificar el motivo verdadero, entonces la ansiedad se reduce. De esta manera, el alivio de los síntomas se encuentra estrechamente relacionado con el reconocimiento y abordaje de las causas que los provocaron.

 

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El adolescente y su familia

Por Bárbara Sánchez-Armass

Cuando en casa hay un niño que comienza a vivir el proceso adolescente, toda la familia vive la turbulencia. Los padres también presentan ansiedades y duelos, se cuestionan situaciones del pasado y de su vida actual. Son ellos quienes deben mantener la fuerza, la paciencia y el ejemplo para hacer frente a los conflictos. La función que tiene la familia[1] y, en específico, los padres es muy importante durante este proceso.

Los padres son quienes deben generar un clima familiar de amor, contención y esperanza. Para ello es necesario mantener una actitud paciente pero firme, enfrentar sus propios conflictos y mostrar al adolescente que no por ello se desmoronan. Esto se puede llevar a cabo al establecer una relación asimétrica con los hijos en la que reine la claridad en los roles, funciones, obligaciones, límites y posiciones. Es una etapa difícil para los padres, pues el adolescente necesita separarse de ellos aunque mantenga una dependencia emocional y económica. Dicha separación se manifiesta a través de la rebeldía, ya que con ella toman una distancia necesaria, a la vez que van teniendo sus propias experiencias. Progresivamente, el adolescente va construyendo su propia jerarquía de valores y buscan el amor fuera del seno familiar (M. Harris, D. Meltzer (1990).

Para los padres este periodo es difícil porque el adolescente los devalúa, los critica o los menosprecia, y al mismo tiempo quiere seguir teniendo las comodidades de casa. La idealización que tenían de ellos en la infancia se viene abajo, piensan que sus padres son hipócritas y que ejercen un poder que deben derrocar (Meltzer, D. 1996).

Por otra parte, los padres sienten que han perdido al hijo de la infancia, aquél que era obediente, bien portado, que les platicaba sus anécdotas del día y que buscaba su cariño incondicional. Deben despedirse del niño y asimilar al nuevo adolescente en la familia (A. Aberastury, 1989).

Para algunos padres resulta muy doloroso que el adolescente los cuestione, los critique o que se quiera alejar un poco de ellos. Sin embargo, deben soportar estas actitudes ambivalentes de los hijos para poder estar disponibles como figuras de sostén, pensamiento y ayuda cada vez que el hijo los necesite. Los padres deben estar atentos a sus propios conflictos, mantener viva la relación de pareja, encontrar nuevos intereses y pasiones. Para esto es importante que se muestren como modelos de identificación y que sepan poner límites. Es natural que existan momentos de cercanía y otros de separación o rebeldía. El conflicto entre generaciones es necesario para crear la identidad. Debe existir una diferencia generacional que ayude al adolescente a obtener una vida adulta. Sin embargo, también pueden darse conflictos serios entre padres e hijos. Para algunos adolescentes resulta muy dolorosa la separación con los padres y entonces se muestran rebeldes en demasía, lo cual fomenta una relación infantil con ellos. Otra razón de conflictos es cuando el adolescente no puede vivir sus dificultades como algo propio y entonces atribuye todos sus problemas a los progenitores, esto P. Blos (1979), lo llamó “brecha generacional”. También existen dificultades que manifiestan los padres, tales como el temor a poner límites al hijo, lo cual genera relaciones tiránicas. Otro caso es cuando a los hijos se les trata como amigos, confidentes, pareja o cómplices. Estos casos no ayudan al proceso de internalización de los límites y de la imagen de los padres como figura de sostén, bondad y reflexión. Inclusive, estas situaciones pueden perjudicar la identidad sexual.

Otro aspecto a tomar en consideración es la cultura que también fomenta la juventud como un valor. Si los padres no pueden asimilar su adultez y dejar atrás su juventud entonces no establecen la diferencia generacional. Los padres que niegan la pérdida de la juventud no pueden tener un rol parental adecuado (M. Brady, 2015).

 

Cuando en la relación de padres e hijos predomina el amor, la comprensión, la tolerancia a la separación y a los conflictos, los límites y el pensamiento entonces podemos pensar que después de la tormenta viene la calma. Un logro, al final de la adolescencia, es aspirar a identificarnos con lo mejor de los padres y llevarlos dentro de la mente con gratitud.

[1]Actualmente encontramos adolescentes que viven en familias compuestas de diversos modos: los padres y los hijos, los padres y los abuelos; otros viven sólo con un padre. También habrá otros que tengan padres homosexuales. Estas situaciones influyen en el adolescente.

 

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