Archivos mensuales: febrero 2015

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La simbolización

Por Gisel Lifshitz

Los símbolos son la representación de una cosa. Las personas buscamos expresar diferentes elementos de nuestra vida afectiva e intelectual por medios simbólicos como son los sueños, los juegos, el arte y el lenguaje. Por esta razón, la simbolización es un concepto fundamental para el psicoanálisis, en tanto que remite directamente a los fenómenos del psiquismo humano.

Por ejemplo, desde los primeros meses del bebé, los objetos (o juguetes) funcionan como símbolos: un niño puede usar una cobijita para ocultarse y después aparecer frente a los ojos de su madre. El juego tiene un significado: “Temo que mamá se aleje, de manera que yo controlo cuándo verla y cuándo desaparecerla”. Freud compara los juegos de un niño que crea un mundo propio con el poeta que en sus obras despliega un mundo de fantasía a partir de sus emociones.

Siguiendo a Hanna Segal, vemos cómo un pequeño puede representar a su madre por medio de un objeto –un muñeco, por ejemplo–, de manera que la evoca y se adueña de ella porque su ausencia le produce dolor y ansiedad. Aquí el sentido de realidad es importante: el niño sabe que el muñeco representa a su madre, pero que ella en verdad está, digamos, en el trabajo.

Freud en La interpretación de los sueños (1900) reconoce la existencia de los símbolos y de nuestra capacidad para representar elementos que no se encuentran presentes, como cuando un pequeño dice “mamá”: con esta palabra invoca a su madre. Más allá, el autor propone que los sueños son una herramienta con la cual la mente encubre algo y, al mismo tiempo, lo revela. La labor del psicoanálisis es descubrir y entender sus significados.

Meltzer consideraba al sueño como una forma de pensamiento simbólico producto de una mente formadora de metáforas. Al hablar de pensamiento simbólico no nos referimos al intelecto, es decir, a ser muy hábil en matemáticas o a tener una excelente memoria, sino que tiene que estar conectado con las experiencias emocionales que vivimos todos los seres humanos, sobre todo dentro de nuestras relaciones afectivas. Pero, ¿cómo se genera este tipo de pensamiento?

Melanie Klein pensaba que para desarrollar la capacidad simbólica es necesario poder tolerar ciertas cantidades de angustia. Bion, siguiendo a Klein, continúa la idea que toma como base la relación del bebé con el pecho materno: el pequeño siente hambre y es alimentado, esta experiencia es el primer momento que le produce tranquilidad: el pecho lo calma. Entonces, buscará repetir esa sensación de gratificación, plenitud y confort. A la siguiente vez que busque el pecho, podrá percibirlo de formas diferentes (temperatura, sabor, olor etc.), ya que no hay un momento en la vida que se reproduzca de manera exactamente igual al anterior.

Incluso, el pecho puede no llegar. Para el bebé surgirá algo nuevo, lidiar con la frustración, y tendrá dos posibilidades, evadirla o modificarla. La evasión contribuye a la patología; en cambio, tolerar y hacer uso de la creatividad conducen al pensamiento simbólico. El niño deberá enfrentarse al dolor y a la frustración que la ausencia le produce y se verá en la necesidad de encontrar formas creativas para digerir las emociones que lo invaden, consiguiendo esperar a que mamá vuelva.

Bion destaca también el papel de la madre para el desarrollo de la capacidad de pensamiento del niño. Ella debe ayudar a poner orden en las emociones que el pequeño padece desde el momento de nacer. Servirá de soporte y modelo para que pueda pensar y digerir los sentimientos que lo impactan, al recibir la comunicación de sus necesidades. Por ejemplo, muchas mujeres saben distinguir cuándo su hijo llora porque tiene hambre, porque está mojado o porque le duele el estómago y actúan en consecuencia (le dan de comer, lo cambian, lo calman, etc.). Esta facultad materna de contención ayuda al bebé a crear poco a poco una similar dentro de su mente.

El psicoanálisis considera que un individuo con capacidad de simbolización es alguien con mejor salud mental y mayor evolución psíquica, ya que simbolizar tiene que ver con la creatividad, la fantasía y la aptitud para estar en contacto con las propias emociones. En cambio, las personas que carecen de esta facultad tienden a ser más propensas a enfermedades físicas y mentales.

Una psique capaz de simbolizar logra recuperarse más fácilmente de circunstancias dolorosas o adversas; puede incluso experimentar una aflicción profunda y reestablecer después el equilibrio de su salud mental.

 

Referencias bibliográficas

Bion, W. (1997). Aprendiendo de la experiencia. Buenos Aires: Paidós.

Freud, S. (1900). “La interpretación de los sueños”. En Obras completas, Tomo IV. Buenos Aires: Amorrortu, 1975.

Klein, M. (2009). “Importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo”. En Obras Completas, Vol II. México: Paidós.

Meltzer, D. (1984). Vida onírica. Madrid: Tecnipublicaciones.

Segal, H. (1989). Un enfoque kleniano de la práctica clínica. Buenos Aires: Amorrortu.

Principales ideas del Taller “Pensando las relaciones víctima-verdugo desde la clínica psicoanalítica”

Por Elena Montes de Oca

Recientemente tuvimos la oportunidad de asistir al Taller “Pensando las relaciones víctima-verdugo desde la clínica psicoanalítica”, que la Doctora Yolanda del Valle impartió en los Planteles Norte y Sur del Centro Eleia. La amplia experiencia de la ponente y la claridad de su exposición nos permitieron profundizar en un tema que encontramos a nuestro alrededor todo el tiempo: los vínculos destructivos, relacionados al dominio y la sumisión. El tema resulta particularmente relevante si tomamos en cuenta la violencia a la que nos enfrentamos cotidianamente en nuestro país y en el resto del mundo, donde los niveles de agresión y crueldad parecen no tener límite. Observamos situaciones en las que el maltrato es evidente o aquellas donde es más sutil; a todas ellas nos podemos aproximar en la sesión analítica, con un interés acentuado en los aspectos no conscientes.

A continuación se desarrollarán las principales ideas expuestas dentro del taller. Para empezar, es necesario considerar que existen distintas formas de destructividad, explorables partiendo de tres dimensiones: la autodestructividad, la relación destructiva con otros y la destructividad vinculada con lo social.

Un concepto fundamental para adentrarnos a este tema es la noción de pulsión de muerte, desarrollada por Sigmund Freud en la parte final de su producción teórica. En el texto “Más allá del principio del placer” (1920), Freud planteó que existen en todos los seres humanos dos fuerzas opuestas: una que tiende a la muerte y otra hacia la vida. La pulsión de muerte se presenta como una fuerza que impulsa a la destrucción, propia o ajena, que deshumaniza, destruye lazos, arrebata la esperanza y puede llevar a la muerte; la pulsión de vida, por el contrario, es energía que busca ligarse a los objetos y se relaciona con la creatividad y el desarrollo. El autor sostiene que estas dos pulsiones se encuentran entremezcladas, su relación y conflictos nos permiten explicar la gran variedad de fenómenos psíquicos que existen. No podemos pensar la vida sin la muerte, así como tampoco el odio sin el amor.

La idea de pulsión de muerte despertó mucha resistencia entre los seguidores de Freud ya que implicaba reconocer un aspecto agresivo y violento en los seres humanos, que no era resultado de frustraciones en el ambiente. Esta destructividad originaria, que la mayor parte del tiempo permanece inconsciente, se dirige hacia lo interno y lo externo, lastimándonos a nosotros mismos y a los demás.

Desde la teoría psicoanalítica y en la práctica clínica podemos observar distintas manifestaciones de esta autodestructividad: las cavilaciones obsesivas, por ejemplo, pueden entenderse como la tortura que un superyó severo ejerce sobre el yo; en estos casos el conflicto se da dentro de la misma persona, entre las distintas partes de su mente. Por otra parte, con el masoquismo nos encontramos frente a una estructura formada en torno al dolor, donde el estado sufriente es la única forma de existencia que se conoce; por eso, el masoquista se coloca en situaciones que le provocan aflicción.

El psicoanalista francés André Green desarrolló la noción de la madre muerta para explorar las consecuencias de una madre que, después de haber brindado afecto e interés a su bebé, presenta una depresión cuando éste es aún muy pequeño. Así, aunque la madre continúa presente y atiende las necesidades físicas del bebé, ya no lo inviste de amor ni de interés. En estos casos, plantea Green, la mente del niño se conforma a partir de esa destrucción y permanece ocupada por un objeto muerto, que posteriormente no le permite establecer nuevas relaciones: lo que se vivió con enorme sufrimiento a muy temprana edad pero no se pudo comprender, busca repetirse en situaciones destructivas a lo largo de la vida.

Existen diversas formas como se manifiesta la agresión hacia el otro. No es lo mismo la destructividad relacionada con el sadismo, que aquella que intenta retirar interés y afecto. Por ejemplo, hacer sentir al otro que no existe donde ni siquiera necesita haber contacto con él, lo podemos observar en los jóvenes que hacen “la ley del hielo” a alguno de sus compañeros, situación que suele ser sumamente dolorosa.

Una forma curiosa como puede manifestarse la destructividad en las relaciones es por medio de la fusión con el otro: aunque se presenta como un amor maravilloso, entre madre e hijo o en una pareja, la fusión puede ocultar aspectos destructivos si los deseos de uno sustituyen a los del otro. Si bien la fusión entre madre e hijo es indispensable para el desarrollo del psiquismo, ésta no deberá prolongarse o volverse crónica, como se ve en la película “El cisne negro”: no hay distinción entre Nina, la bailarina, y su madre; no existen límites y los deseos de la ésta se confunden con los de su hija.

La destrucción también puede darse a través de los vínculos intergeneracionales, donde las identificaciones inconscientes en la familia y la pertenencia al grupo suelen ser una fuerza más poderosa de lo que parece, funcionando como una prohibición interna.

Al hablar de sadomasoquismo, es importante tomar en cuenta que se encuentran presentes los aspectos activo y pasivo, de dominio y sumisión, en distintas proporciones y más o menos desarrollados dentro de un mismo individuo. Esto quiere decir que el sádico es al mismo tiempo un masoquista: siente placer identificándose con el sufrimiento del otro, y viceversa. Freud entendió al masoquismo como la pulsión de muerte dirigida hacia uno mismo, mientras que el sadismo es su desviación al exterior.

Al hablar de la destructividad en lo colectivo, podemos pensar en una organización psicopatológica en las sociedades, que permite que ocurran acontecimientos atroces y ataca la verdad interna desde el exterior, enalteciendo lo trivial y lo superficial; escenario que no es ajeno a nuestra realidad actual.

Por último, para trabajar con la destructividad, no podemos dejar de lado la otra cara de la moneda: la pulsión de vida. En la clínica psicoanalítica, esta fuerza se presenta como una posibilidad para establecer y mantener contacto con objetos buenos y amorosos.

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Jornadas Clínicas 2015: Conflictos, pérdidas y angustias depresivas en los vínculos intersubjetivos

El Centro Eleia celebra 25 años dedicados a la excelencia académica en sus programas de Licenciatura, Maestría, Doctorado y Educación Continua. Dentro del marco de este aniversario tendremos la satisfacción de ofrecer una nueva edición de las Jornadas Clínicas, cuyo objetivo es mejorar y actualizar nuestro nivel científico al compartir en un diálogo abierto la experiencia adquirida en la atención a pacientes. Desde hace más de quince años, la Clínica Comunitaria Eleia recibe alrededor de tres mil personas nuevas cada año. Los temas a los que estarán dedicadas las presentes Jornadas fueron elegidos entre aquellos que con mayor frecuencia se refieren dentro del consultorio y reflejan situaciones de vida que a todos los seres humanos nos conciernen: Conflictos, pérdidas y angustias depresivas en los vínculos intersubjetivos.

 

En la psicoterapia observamos casi siempre un área de la mente con gran malestar emocional ocasionado por una pérdida. La vida, desde su inicio, nos enfrenta a este tipo de situaciones, que se manifiestan, por ejemplo, con sentimientos de nostalgia, pesar, remordimiento, miedo a la soledad, desesperanza… Sin embargo, no resulta sencillo procesar tales emociones, por lo que la mente realiza transformaciones para tolerarlas mejor, convertirlas en otra cosa o negarlas.

 

Los pacientes en psicoanálisis nos cuentan sus intensas experiencias cuando murió alguien importante para ellos, cuando tuvieron una ruptura en una relación o cuando tuvieron que adaptarse a un cambio, dejando atrás un modo de ser que solía brindarles identidad y seguridad. Estos son los aspectos más realistas de las pérdidas: situaciones dolorosas e inevitables en la vida.

 

No obstante, desde la perspectiva psicoanalítica, el terapeuta trabaja con un mundo interno que va más allá de los hechos fácticos. Entonces, vemos que no es necesaria una situación real para experimentar una pérdida o ansiedades depresivas; se revelan otros conflictos con significado emocional, por ejemplo: el odio hacia quienes más amamos, las dificultades de separación, diferenciar el bien y el mal dentro y fuera de nosotros, reconocer nuestros sentimientos agresivos, o bien, ser capaces de forjar una vida con nuestros propios medios.

 

Algunos factores serán determinantes al momento de afrontar dichas experiencias emocionales: la tolerancia a la presencia y la ausencia de los objetos buenos, nuestra capacidad para mantener el juicio frente a una realidad dolorosa interna o externa, la fuerza para encontrarnos con una verdad y la facultad de asumir una identidad que tenga por base la gratitud, el amor y la admiración hacia los padres.

 

Asimismo, en la psicoterapia surgirán experiencias de pérdida, por lo que el analista deberá poseer la destreza para reconocerlas y describirlas. Por ejemplo, un paciente puede sentir que se desinfla su narcisismo cuando escucha una interpretación que le brinda algo que él no pensó antes. Entonces, siente una pérdida con relación a sus creencias y, si acepta el cambio, también perderá el statu quo previo. En algún momento, los pacientes perciben su necesidad hacia el analista y cómo pierden su omnipotencia: será necesario que más adelante dejen ir la posesividad hacia el analista, en la medida que lo introyecten en su mente. En este camino, la persona tratará de mostrar lo imposible que es un cambio dentro de ella, su obsesión infinita por el sufrimiento, su incapacidad por dejar ir en libertad a sus objetos o su empeño al imponer por encima de todas las cosas su propia verdad y sus modos defensivos. Nuestro método traerá a la luz esos aspectos que no dejan al paciente hacer una vida plena, proponiendo una visión profunda, comprensiva y no convencional sobre tales conflictos.

 

Tomando como eje de comprensión la perspectiva psicoanalítica, revisaremos diferentes teorías y las propuestas más recientes acerca de los duelos, las separaciones, el dolor y las defensas contra las pérdidas. Contaremos con un espacio para ponencias de carácter teórico-práctico y doce mesas de discusión, donde analizaremos casos clínicos, con contenido de sesiones, sueños e interpretaciones. Los especialistas nos harán parte de sus conocimientos, experiencias y modos de ver cada situación, permitiendo la intervención del público.

 

Los invitamos cordialmente a formar parte de este gran evento, que tendrá lugar el 5 y 6 de junio de 2015 en nuestro Plantel Sur. El acceso es gratuito, únicamente con registro previo. Los interesados podrán asegurar su lugar poniéndose en contacto con Marlene Mercado al teléfono 5661-21777, ext. 110 o al correo electrónico: mmercado@centroeleia.edu.mx Recomendamos que lo hagan lo antes posible dado que el cupo es limitado.

 

Atentamente:

 

Comisión organizadora de las Jornadas 2015:

Yolanda del Valle

Carmen Islas

Bárbara Sánchez-Armass

Alba Leticia Pérez-Ruiz