{"id":13733,"date":"2026-01-05T15:49:11","date_gmt":"2026-01-05T21:49:11","guid":{"rendered":"https:\/\/www.centroeleia.edu.mx\/blog\/?p=13733"},"modified":"2026-01-12T13:15:24","modified_gmt":"2026-01-12T19:15:24","slug":"la-angustia-infantil-el-monstruo-que-acecha","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.centroeleia.edu.mx\/blog\/la-angustia-infantil-el-monstruo-que-acecha\/","title":{"rendered":"La angustia infantil: el monstruo que acecha"},"content":{"rendered":"\n\n\n<p>Por Kaori R\u00edos<\/p>\n<p>\u201cLos ni\u00f1os tambi\u00e9n se angustian aunque no pueden decirlo\u201d. Esa frase podr\u00eda ser el punto de partida para pensar un fen\u00f3meno que los adultos solemos pasar por alto: la presencia de miedos invisibles, de peque\u00f1os \u201cmonstruos\u201d que acechan desde dentro y que solo pueden calmarse cuando alguien los nombra. Creemos que la infancia es un tiempo de inocencia, de juegos, de risas, pero lo cierto es que tambi\u00e9n es una etapa donde se experimentan emociones intensas, confusas y profundas.<\/p>\n<p>La ansiedad, lejos de ser una emoci\u00f3n exclusiva de los adultos, habita desde los primeros momentos de la vida. Desde el psicoan\u00e1lisis, Freud (1926) describi\u00f3 la angustia como una se\u00f1al del yo frente a un peligro interno. No se trata solo del miedo ante algo real, sino de una emoci\u00f3n que advierte que algo del mundo interno se ha puesto en juego. Melanie Klein, m\u00e1s tarde, mostr\u00f3 que incluso los beb\u00e9s viven angustias tempranas: temores de destrucci\u00f3n, de p\u00e9rdida del amor o de quedar abandonados por el objeto que los sostiene. Es decir, la angustia es parte del desarrollo, no una falla de \u00e9l.<\/p>\n<p>Cuando un beb\u00e9 llora desesperado porque su madre tarda en volver, no solo puede deberse a la expresi\u00f3n de una necesidad biol\u00f3gica, como el hambre o el fr\u00edo, sino que tambi\u00e9n experimenta algo m\u00e1s profundo: una sensaci\u00f3n de desamparo que puede vivirse como amenaza de desaparici\u00f3n. Klein llam\u00f3 a esto angustia de aniquilaci\u00f3n, propia de la posici\u00f3n esquizoparanoide. M\u00e1s adelante, cuando el ni\u00f1o empieza a reconocer que el objeto amado y el odiado son el mismo (que la madre buena y la madre frustrante son una sola), surge entonces la angustia depresiva, acompa\u00f1ada de culpa y deseo de reparar.<\/p>\n<p>Estas experiencias son inevitables. Donald Winnicott habla sobre la importancia de la presencia y la ausencia de un entorno capaz de contenerlas. Si el entorno acoge, sostiene y traduce estas emociones en algo pensable, el ni\u00f1o ir\u00e1 aprendiendo que el interior no es un enemigo. Si no hay quien contenga, la ansiedad puede transformarse en un vac\u00edo sin nombre, en miedo sin objeto o en s\u00edntomas que aparecen m\u00e1s adelante.<\/p>\n<p>Cuando un ni\u00f1o se muestra inquieto, no duerme, tiene terrores nocturnos, tartamudea, presenta dolores corporales, irritabilidad o cambios bruscos de humor sin explicaci\u00f3n aparente, muchas veces no est\u00e1 \u201cport\u00e1ndose mal\u201d; est\u00e1 intentando decir aquello que con palabras a\u00fan no puede expresar. \u00a0\u00a0<\/p>\n<p>A veces esos miedos toman la forma de un monstruo debajo de la cama, una sombra que persigue o un ruido que parece venir de la oscuridad. No obstante, ese monstruo no est\u00e1 afuera; muchas veces representa aquello que teme dentro de s\u00ed: puede ser rabia, puede ser tristeza. En la fantas\u00eda infantil, el monstruo encarna el miedo de perder al objeto amado o de ser destruido por sus propios sentimientos. En el juego, en el dibujo o en el silencio, la ansiedad busca su cauce, y el adulto que observa y escucha puede descubrir en estos gestos una historia emocional a la que es imprescindible otorgarle una narrativa, darle un lugar y darle cabida.<\/p>\n<p>Winnicott (1958) dec\u00eda que el desarrollo emocional del ni\u00f1o depende de la existencia de un ambiente suficientemente bueno: una madre o figura cuidadora capaz de sostener sus ansiedades primitivas. Cuando este ambiente falla, el ni\u00f1o no logra pensar sus miedos, sino que puede padecerlos. En cambio, cuando se siente comprendido, puede transformar la angustia en pensamiento, el miedo en creatividad y el desamparo en confianza. El mismo autor comenta que el beb\u00e9 no puede existir solo sino que existe en la medida que hay otro que lo sostiene.<\/p>\n<p>Hoy, los ni\u00f1os crecen en entornos sobreestimulados: pantallas encendidas desde temprano, padres ausentes por exceso de trabajo, exigencias escolares que dejan poco espacio al juego. Todo ello puede generar ansiedades en las que el desaf\u00edo actual no es eliminar la ansiedad (porque forma parte del crecimiento), sino darle un espacio donde pueda pensarse y transformarse. Escuchar a un ni\u00f1o ansioso no es solo calmarlo: es ayudarle a encontrar palabras, a sentirse mirado y comprendido.<\/p>\n<p>La ansiedad en la infancia no debe entenderse como un error del desarrollo, sino como el modo en que el ni\u00f1o nos muestra que est\u00e1 vivo, sensible, en b\u00fasqueda de sentido. Freud dec\u00eda que \u201cla angustia es una se\u00f1al\u201d, y podr\u00edamos agregar, siguiendo a Klein y Winnicott, que es una se\u00f1al de vida ps\u00edquica que pide ser escuchada.<\/p>\n<p>Acompa\u00f1ar la ansiedad de un ni\u00f1o es una tarea silenciosa y paciente. No se trata de explicarle que \u201cno pasa nada\u201d, sino de sostenerlo para que descubra que puede sobrevivir a lo que siente y que la intensidad de sus emociones no desborda ni aniquila al adulto. Que sus miedos, por m\u00e1s grandes que parezcan, pueden tener palabras, dibujo, juego y pensamiento.<\/p>\n<p>Porque, al final, toda ansiedad infantil nos recuerda algo esencial: solo cuando alguien nos ayuda a pensar lo que tememos, el monstruo deja de acechar en la oscuridad y se transforma en una figura que puede mirarse, nombrarse y jugarse. El miedo deja de ser aquello que amenaza con destruirlo todo para convertirse en una emoci\u00f3n que el ni\u00f1o puede sostener y que el adulto puede acompa\u00f1ar.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<h2>Referencias:<\/h2>\n<ul>\n<li>Freud, S. (1926). Inhibici\u00f3n, s\u00edntoma y angustia. <em>Obras completas <\/em>(Vol. 20). Amorrortu.<\/li>\n<li>Klein, M. (1935). Una contribuci\u00f3n a la psicog\u00e9nesis de los estados man\u00edaco-depresivos. <em>Obras Completas<\/em> (Vol. I). Paid\u00f3s.<\/li>\n<li>Winnicott, D. W. (1958). <em>Los procesos de maduraci\u00f3n y el ambiente facilitador<\/em>. Paid\u00f3s. Psicolog\u00eda Profunda.<\/li>\n<\/ul>\n<p>\u00a0<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Kaori R\u00edos \u201cLos ni\u00f1os tambi\u00e9n se angustian aunque no pueden decirlo\u201d. 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