{"id":13504,"date":"2025-08-27T10:21:39","date_gmt":"2025-08-27T16:21:39","guid":{"rendered":"https:\/\/www.centroeleia.edu.mx\/blog\/?p=13504"},"modified":"2025-10-03T16:05:39","modified_gmt":"2025-10-03T22:05:39","slug":"la-funcion-parental-en-la-adolescencia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.centroeleia.edu.mx\/blog\/la-funcion-parental-en-la-adolescencia\/","title":{"rendered":"La funci\u00f3n parental en la adolescencia"},"content":{"rendered":"\n<p>Por Crist\u00f3bal Barud<\/p>\n<p>La adolescencia es un periodo marcado por los cambios, turbulencias, duelos y transformaciones que no solo impactan al joven, sino tambi\u00e9n a su familia. Este periodo representa un momento de crisis y reestructuraci\u00f3n, en el que la funci\u00f3n parental necesita adaptarse para acompa\u00f1ar el tr\u00e1nsito adolescente.<\/p>\n<p>Desde el nacimiento, el beb\u00e9 requiere de una mente que sea capaz de contener y transformar su angustia. Esta funci\u00f3n, que Bion llama <em>reverie<\/em>, permite a la mente de la madre recibir las proyecciones emocionales del reci\u00e9n nacido (ansiedades, angustias, estados no pensados) y transformarlas en algo digerible, simb\u00f3lico. Esta capacidad no ocurre solo en la madre con su beb\u00e9, sino que se transforma y se prolonga de distintas formas a lo largo del desarrollo, especialmente en momentos de crisis.<\/p>\n<p>Durante la adolescencia, esta necesidad contin\u00faa, aunque adopta una forma distinta: el adolescente proyecta, rechaza, provoca, se encierra, pero tambi\u00e9n busca una presencia ps\u00edquica capaz de alojar todo eso sin devolverlo igual de crudo. Una presencia que no responda con rechazo ante el rechazo, ni con angustia frente a la angustia. Una mente que piense, y que, con ese gesto silencioso, d\u00e9 permiso para que el adolescente empiece a pensar por s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>Los padres se enfrentan a la vivencia de haber perdido al ni\u00f1o que conoc\u00edan. A veces, lo que retorna no es solo el desconcierto del presente, sino tambi\u00e9n lo no resuelto del pasado: sus propias heridas adolescentes, sus batallas con la autoridad, sus fracasos o frustraciones, y tambi\u00e9n la confrontaci\u00f3n con un cuerpo joven, sexuado, lleno de vida, que puede despertar celos, rivalidades o nostalgia. Frente a este impacto, hay quienes intentan ejercer el control con horarios, normas estrictas, exigencias, como si pudieran detener el crecimiento; por ejemplo, prohibiendo salidas, controlando el dinero que les dan o imponiendo reglas r\u00edgidas que limitan la autonom\u00eda. Otros, por el contrario, act\u00faan de manera man\u00edaca o permisiva, buscando competir con el adolescente y negando el paso del tiempo: se pintan el cabello, salen con parejas mucho m\u00e1s j\u00f3venes o adoptan estilos de vida que intentan recuperar una juventud perdida.<\/p>\n<p>Donald Meltzer y Martha Harris, en <em>Familia y comunidad<\/em> (1990), proponen la idea de la pareja conyugal como un funcionamiento mental que implica la capacidad de generar amor, de sostener la esperanza, de contener el dolor depresivo y de conservar la capacidad de pensar. No importa si se trata de los padres biol\u00f3gicos, de dos mujeres, de dos hombres o de figuras no parentales; lo central es que entre ellos exista un lazo emocional y una disposici\u00f3n compartida a ejercer esa funci\u00f3n de sost\u00e9n. La vida emocional de los dem\u00e1s miembros de la familia, sobre todo de los hijos, depende de que ese v\u00ednculo est\u00e9 vivo, disponible y funcionando. Si pueden mantenerse juntos en esas funciones, aunque no siempre est\u00e9n de acuerdo o no se entiendan del todo, habilitan en los hijos la posibilidad de crecer, de sentir, de pensar, de tolerar la frustraci\u00f3n. Pero si esa funci\u00f3n se fractura, si el v\u00ednculo se llena de proyecciones no digeridas, si lo que reina entre ellos es el odio o la desesperanza, los hijos quedan expuestos al desamparo ps\u00edquico.<\/p>\n<p>La pareja tambi\u00e9n debe ser capaz de proteger: no solo cuidando, sino confrontando o poniendo l\u00edmite a todo lo que confunda, invada o desorganice emocionalmente a los que dependen de ellos.<\/p>\n<p>As\u00ed, lo central no es la forma que toma la familia, sino que exista un estado mental adulto como lo plantea Meltzer, una disposici\u00f3n ps\u00edquica que implica la capacidad de pensar antes de actuar, de no dejarse arrastrar por los impulsos y de reconocer las consecuencias emocionales de los propios actos. Esto tambi\u00e9n supone no entrar en guerra con los hijos, aunque duela. Sin embargo, ese estado adulto nunca es permanente ni garantizado.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>Referencia:<\/p>\n<p>Harris, M., y Meltzer, D. (1990). <em>Familia y comunidad: modelo Harris &#8211; Meltzer<\/em>\u00a0(Vol. 5, Roland Harris Trust). Spatia.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Crist\u00f3bal Barud La adolescencia es un periodo marcado por los cambios, turbulencias, duelos y transformaciones que no solo impactan al joven, sino tambi\u00e9n a su familia. Este periodo representa un momento de crisis y reestructuraci\u00f3n, en el que la funci\u00f3n parental necesita adaptarse para acompa\u00f1ar el tr\u00e1nsito adolescente. Desde el nacimiento, el beb\u00e9 requiere de una mente que sea capaz de contener y transformar su angustia. 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