Se aborda el tema de la vejez desde el psicoanálisis, en específico, la complejidad de esta etapa de la vida. La muerte es un evento biológico pero también psíquico, que acompaña al ser humano desde sus primeros momentos de vida. Asimismo, se hace una reflexión sobre el duelo, las pérdidas asociadas al envejecimiento, la jubilación, las limitaciones físicas y la muerte de los seres queridos. Se plantea que la psicoterapia psicoanalítica ofrece un espacio para elaborar estas experiencias, resignificar los vínculos, integrar las pérdidas y otorgar nuevos sentidos a la propia existencia.
“Aunque la materialidad de la muerte nos destruye,
la idea de la muerte puede salvarnos.”
– Irvin Yalom
Hablar de vejez implica, casi inevitablemente, hablar de la muerte. Para el psicoanálisis, la proximidad al final de la vida constituye una experiencia profundamente compleja que moviliza fantasías, conflictos, y deseos que, en el mejor de los casos, pueden llegar a brindar sentido a la existencia. Más que un suceso puramente biológico, la muerte puede pensarse como un asunto psíquico que acompaña al ser humano desde los primeros momentos de la vida hasta el culmen de esta.
Es frecuente que, a nivel cultural, la muerte permanezca fuera de la conversación cotidiana, pues precisamente remite a la movilización antes mencionada. Hay, inclusive, una serie de intentos (desesperados, en ocasiones) por prolongar de forma indefinida la juventud, lo que puede llegar a asociarse con la invisibilidad experimentada por el adulto mayor, como si, al alejar nuestra mirada del tema, se negara entonces la finitud humana. Sin embargo, este distanciamiento dificulta la posibilidad de elaborar las pérdidas asociadas al envejecimiento como proceso natural, limitando así la vía para comprender este momento de vida a profundidad.
En esa línea, y de acuerdo con la propuesta psicoanalítica, la vejez se presentará como un momento privilegiado para la reestructuración del mundo interno, pues surgen pérdidas concretas, como la jubilación, las limitaciones físicas, la muerte de los seres queridos y la disminución de ciertas capacidades, que suelen llevar aparejadas preguntas como: ¿qué significado ha tenido la vida para mí?, ¿qué dejo en quienes me rodean?, ¿qué partes de mi historia no se han resuelto aún?, entre otras.
Las ideas de Sigmund Freud son cruciales para la comprensión analítica del tema. En textos como Duelo y melancolía (1917), aborda cómo es que cada pérdida significativa exige un trabajo psíquico complejo, mediante el cual la persona reajusta sus vínculos internos y encuentra nuevas formas de investir la vida. En la vejez, este trabajo de duelo adquiere una intensidad muy particular, pues muchas de estas pérdidas ocurren de forma simultánea. A pesar de ello, cabe decir que es cierto que no todas las personas viven el tránsito por estas experiencias de la misma forma. Algunas logran integrar las pérdidas como parte del curso esperado de la vida, mientras que otras llegan a experimentar sentimientos de profunda desesperanza y vacío.
De ahí que la transmisión se vuelva un aspecto central en este momento. Con el paso del tiempo, suele intensificarse en el senescente el deseo de dejar algo de sí mismo en las generaciones que vienen delante. No se trata solo de herencias materiales, sino de vivencias, recuerdos, relatos familiares y enseñanzas que enmarcan la necesidad de sostener lazos afectivos. Múltiples autores plantean que esta necesidad se vuelve una forma de hacerle frente a la angustia que la muerte causa, pues aquello que permanece en los otros brinda una suerte de continuidad simbólica que trasciende el final de la propia existencia. Por supuesto que este proceso no ocurre al margen del conflicto. Las dificultades familiares, los planes que no se concretaron, los duelos no resueltos o los vínculos marcados por resentimientos y peleas pueden llegar a surgir con fuerza durante la vejez. Es frecuente que la cercanía a la muerte pueda reactivar las intenciones de reparar a través de reconciliaciones, aunque, en otros casos, llegue a revivir las experiencias de culpa y arrepentimiento que perpetúan la distancia con los demás.
Probablemente, uno de los aportes más significativos de la psicoterapia psicoanalítica consiste en ofrecer un sitio en el cual se puede hablar de aquello de lo que poco se habla. Cuando la vejez y la muerte, que parece frecuentemente acompañarla, pueden ser pensadas, dejan de ocupar el lugar de la angustia sin nombre y se convierten en elementos organizadores que permiten la reelaboración de las relaciones, brindando así nuevos significados a la propia existencia. Ahí radica la importancia de un trabajo psicoterapéutico que requiere una escucha particularmente sensible y paciente de la historia completa del sujeto, y no únicamente a la sintomatología del momento.
Aprende más sobre estos temas, así como las maneras más adecuadas de intervención con pacientes pertenecientes a este grupo de edad, en el curso corto “La atención psicoterapéutica y el trabajo con adultos mayores”. ¡Inscríbete!
Referencias:
Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. Obras completas, (Vol. 14, pp. 235-255). Amorrortu Editores.
Yalom, I. (2008) Mirar al sol. La superación del miedo a la muerte. Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V.