Pertenecer a un grupo es una necesidad humana profunda. Buscamos compañía, reconocimiento, un lugar donde sentirnos parte. No obstante, en ocasiones, esa misma pertenencia puede volverse una trampa.
Al reunirnos con otros, podemos encontrar contención y seguridad, o bien, perder la capacidad de pensar por nosotros mismos. Bion, en su trabajo Experiencias en Grupo (1961/1979), exploró los movimientos inconscientes que surgen en toda reunión humana.
Bion observó que los grupos funcionan en dos niveles simultáneamente. En uno, el grupo de trabajo, los miembros cooperan, toleran la frustración y piensan juntos para lograr una tarea. En otro, más profundo y emocional, actúan los supuestos básicos: fuerzas inconscientes que buscan aliviar la ansiedad del grupo a costa del pensamiento.
Los tres supuestos básicos que identificó fueron: dependencia, ataque-fuga y apareamiento; estos expresan modos de defensa colectiva. En la dependencia, se idealiza a un líder que debe pensar y cuidar por todos —por ejemplo, en una junta de trabajo, todos esperan que el jefe dé la solución y nadie aporta ideas. En el ataque-fuga, el grupo se une para combatir o huir de una amenaza, como cuando los alumnos se unen para criticar al profesor y lo señalan como enemigo.
En el grupo de apareamiento, se espera pasivamente que una unión "salvadora" resuelva los conflictos —como cuando se dice "el siguiente gobierno lo va a solucionar". En todos los casos, la ansiedad se gestiona dejando de pensar: la mente se silencia para no sentir las angustias que provoca la diferencia o la incertidumbre.
En la novela El señor de las moscas (1954), de William Golding, un grupo de niños intenta organizarse tras naufragar en una isla. Lo que empieza como un intento de trabajo cooperativo se torna en una estructura dominada por el miedo y la angustia: surge un líder omnipotente, enemigos imaginarios y ataques contra quien piense diferente.
El grupo, que al inicio buscaba sobrevivir, termina guiado por impulsos primitivos, dependencia hacia el líder y ataques al divergente. La novela ilustra con crudeza lo que Bion describía: el momento en que la ansiedad desborda al pensamiento y el grupo se transforma en masa movida por el miedo y el deseo de pertenecer.
Bion (1961/1979) señala que cuando el grupo opera bajo los supuestos básicos "deja de pensar y actúa como un solo organismo dominado por la emoción" (p. 69). Esta descripción se puede visualizar en la obra "Mimetismo" de Remedios Varo, en la que una mujer se confunde con su entorno hasta volverse casi invisible: su cuerpo se funde con el muro, su vestido adopta el color del ambiente y su figura parece extinguirse.
La mujer parece protegida, pero también desaparecida. Lo mimético se vuelve defensa: pertenecer, aunque eso implique dejar de existir como sujeto.
En el contexto de los grupos, la obra de Remedios Varo se convierte en una metáfora poderosa: la figura que se funde con el entorno representa al individuo que renuncia a su pensamiento para conservar el lazo con el grupo. Como en la novela de Golding, los niños, por temor a la soledad o a ser señalados como enemigos, se quedan callados y contribuyen en una escena agresiva. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cuánto de nosotros se disuelve cuando tratamos de ser aceptados?
Howard Levine (2014) menciona que la tarea analítica consiste en crear un espacio donde las emociones pueden ser pensadas en lugar de actuadas. Mientras el grupo no pueda tolerar la frustración ni la diferencia, se refugiará en la fusión y en el silencio.
Sin embargo, Bion afirma que el pensamiento puede nacer precisamente de la frustración: si el grupo logra sostener la ansiedad sin buscar una solución inmediata, puede transformarla en comprensión. El analista, como continente, ayuda a que el paciente pueda pensar antes de actuar.
¿Es posible pertenecer sin desaparecer? Quizá pertenecer no sea el problema, sino el modo en que se pertenece. Pensar juntos no es fusionarse, sino arriesgar la diferencia en presencia del otro. Es un arte delicado: pertenecer sin perderse, conservar lo propio dentro de un cuadro colectivo.
Cuando un grupo puede sostener ese espacio entre pensar y fundirse, deja de ser refugio para volverse mente: un lugar donde la emoción se transforma en pensamiento y la unión no anula, sino amplía.
Pensar nos separa, pero también nos hace reales. El desafío está en sostener ambos polos sin anular ninguno. Bion llama a esto la capacidad negativa: poder soportar el no saber, no coincidir y no fundirse del todo.
Lo que se busca es mantener la frontera entre el yo y el nosotros, entre el pensamiento y la emoción compartida. Pensar dentro del grupo, sin ceder a la fusión, es un acto de valentía silenciosa: porque solo cuando alguien se atreve a cuestionar, a no fundirse, el grupo entero puede volver a pensar.
Bion, W. R. (1962). Aprendiendo de la experiencia. Paidós.
Bion, W. R. (1979). Experiencias en grupo. Paidós. (Obra original publicada en 1961).
Levine, H. B. (2014). Psychoanalysis and Trauma. Psychoanalytic Inquiry, 34(3), 214–224. https://doi.org/10.1080/07351690.2014.889475