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Ser vista, ser elegida: reflexiones desde una supervisión clínica. Algunas notas sobre la mirada y la construcción del sí mismo

Escrito por Ana María Wiener | Nov 4, 2026, 9:11:36 PM

 

 

“Algunos lo llamaban el árbol del cielo, pues allí donde caía su semilla crecía otro que luchaba por llegar arriba. Lo mismo florecía entre cercas que entre escombros; era el único árbol que podía brotar de las grietas del cemento…”

-Fragmento de “Un árbol crece en Brooklyn” de Betty Smith

 

“It takes a village to raise a child”. Se necesita un pueblo para criar a un niño. Este conocido proverbio implica que la crianza de un hijo no recae únicamente en la madre, sino que esta necesita de toda una comunidad que la apoye y la sostenga para que pueda no solo alimentar, sino cuidar y criar a su bebé.

Y, a la vez, desde una mirada psicoanalítica, esto conlleva también a que ese “pueblo” que acompañó y sostuvo a la madre formará parte de la identidad del bebé. Las cualidades de esos primeros lazos emocionales, tanto de la madre como de su comunidad, van a impactar en la manera en la que el bebé se relacionará con los otros y consigo mismo.

Es decir, el tipo de pareja que elegimos, el círculo de amigos que tenemos, el trabajo que sufrimos o gozamos, el cuidado hacia las mascotas, si atendemos nuestro cuerpo y nuestra mente con buenos médicos o con alguien con malas prácticas: todas estas relaciones de la vida cotidiana van a estar silenciosa, pero fuertemente influidas por los primeros lazos emocionales que tuvo el bebé.

Estos vínculos tempranos se mezclarán con los aspectos innatos del bebé, como son sus pulsiones y fantasías, lo que derivará en la complejidad de nuestras relaciones tanto con los otros como con nosotros mismos. Por ejemplo, no será lo mismo que el bebé crezca con una madre amorosa que intenta ser paciente, tanto consigo misma por ser madre primeriza como con las demandas del bebé (al que apenas está conociendo), que con una mamá sobrepasada por la angustia o con una mamá incapaz de vincularse emocionalmente con él, ya sea por una situación psicótica o narcisista. En la actualidad, a pesar de que existen diversas vertientes psicoanalíticas la mayoría de los analistas concuerdan en que el tipo de madre que tuvimos influye fuertemente en el desarrollo mental y emocional, pues sentará una base de cómo es ser cuidado y atendido y, posteriormente, uno podrá cuidarse y cuidar de otros de manera similar.

Ya Freud explicaba que el yo es un precipitado de identificaciones, tanto conscientes como inconscientes, que hacemos sobre todo con nuestros padres. En “Esquema del psicoanálisis” (1938) menciona que “el niño es psicológicamente el padre del adulto” (p. 133), pues la forma en la que atravesamos los distintos conflictos en la infancia moldeará nuestra forma de ser en la adultez.

Klein menciona en “Amor, culpa y reparación” (1937) que la vida emocional y la capacidad de amar en el adulto se originan en las primeras relaciones del bebé, sobre todo con la madre y, posteriormente, con el padre. En este texto explica que la maternidad, la paternidad, las relaciones familiares, la elección de pareja, las amistades y la relación con uno mismo se sostienen en la forma en la que se integraron el amor, el odio y la reparación en los vínculos más tempranos.

Retomando el ejemplo de la mamá primeriza, podríamos pensar que, cuando esta tiene más paciencia, es porque logró, en ese momento identificarse con su propia madre, que la cuidó, le cantó y la arrulló. Y ese cuidado lo tendrá no solamente con su recién nacido, sino incluso consigo misma, con su cuerpo y con el tipo de médicos que elige.

Clara Nemas, psicoanalista argentina estudiosa de la escuela psicoanalítica postkleiniana, plantea que el cuerpo es como el bebé que vamos a tener que cuidar toda la vida (comunicación personal, octubre 2025). Hay que estar al pendiente de las necesidades, deseos y cómo los vamos a atender, qué hay que limitar.

Me viene a la mente la película de La Ballena (Aronofsky, 2022), en la que el personaje principal es incapaz de cuidarse a sí mismo, como si no hubiera dentro de él un representante de una mamá que lo ayude a comer bien o de un padre que le ponga límites. Es capaz de comerse tres cajas de pizza, pero incapaz de ir con un buen médico, nutriólogo y terapeuta.

Estas identificaciones no son solamente con la madre; como mencioné al principio, también están los que la sostienen (o no). No es lo mismo crecer con un padre que cuida a la madre, que la sostiene emocionalmente para que ella pueda, a su vez, sostener al bebé, que, al contrario, con uno que ignora o incluso maltrata a su pareja. Con una abuela amorosa que enseña pacientemente a la hija a cuidar al nuevo bebé o con una abuela que rivaliza porque ella misma ya no podrá gestar.

Meltzer (1974), analista de la escuela postkleiniana, establece que, dependiendo de la escena primaria que tenemos en la mente, será el tipo de relaciones que entablemos. Pienso en una paciente que tenía un recuerdo temprano de su papá golpeando a la madre, y ella buscaba constantemente a hombres que la maltrataran.

Es decir que cómo nos vinculamos tanto con los otros como con nosotros mismos; si nos ejercitamos y comemos lo que nos nutre; con qué tipo de médicos nos atendemos; dónde nos formamos, etc., depende de si hay o no algo dentro de nosotros que nos ayude a cuidarnos. Entonces, ese personaje protector o persecutorio dependerá de los primeros vínculos que tuvimos.

 

Referencias:

Freud, S. (1938) Esquema del Psicoanálisis. En Obras Completas (Tomo 23, p.133) Amorrortu Editores.

Klein, M. (1937). Amor, culpa y reparación. En Obras Completas (Tomo 1, pp. 310-340). Paidós.

Meltzer, D. (1974). Estados sexuales de la mente. Kargieman.