¿Por qué no podemos tenerlo todo? Los límites y la castración en la actualidad

Fecha: 30 julio, 2026

Autor: Alma Espinosa

Elegir forma parte de la vida cotidiana, pero toda elección implica también una renuncia. En una época que promueve la idea de que todo es posible y que la frustración puede evitarse con más esfuerzo o mejores decisiones, aceptar los límites resulta cada vez más difícil. Desde el psicoanálisis, esta experiencia puede pensarse a partir del concepto de castración, entendido no como una mutilación, sino como el reconocimiento de una falta inevitable. Lejos de ser un obstáculo, esta falta constituye una condición fundamental del deseo. Reflexionar sobre aquello que no podemos tener, hacer o controlar permite comprender por qué la renuncia, la pérdida y los límites ocupan un lugar central en nuestra vida psíquica y en la manera en que construimos nuestras elecciones

Todos hemos sido como un niño en la tienda de helados, indecisos al momento de elegir uno de tantos sabores: chocolate, limón, cereza, etcétera. Queremos probarlos todos, pero aparecen las limitaciones: solo podemos elegir uno; a veces no podemos comprar otro; quizá el sabor que queremos ya no está disponible; el estómago no puede comer más; o simplemente la mano solo puede sostener un barquillo.

Lo difícil de esta escena es que elegir una opción implica renunciar a las otras y surge la pregunta: ¿y si el otro hubiera sido mejor? Esta escena, aunque parezca que solo forma parte del mundo infantil, en realidad, nos muestra una experiencia común en todos nosotros. Optamos por una profesión y dejamos otras posibilidades. Elegimos una pareja y renunciamos a otras historias posibles. Decidimos pasar tiempo con nuestros hijos y sentimos que descuidamos el trabajo; nos dedicamos al trabajo y aparece la culpa de no estar presentes en casa. La frustración no viene de una falta de capacidad, de tiempo o de esfuerzo, sino de aceptar que no podemos estar en todos los lugares, sostener todos los roles ni responder a todos nuestros deseos al mismo tiempo.

Hoy en día, se nos invita a pensar que todo es posible. Escuchamos frases como el cielo es el límite, “manifiéstalo”, “atraes lo que vibras”, o “mereces todo, mientras en redes sociales vemos influencers que parecen tener una vida sin falta: éxito profesional, relaciones ideales, viajes, lujo y bienestar, todo al mismo tiempo. Aunque estas ideas pueden resultar motivadoras, también pueden reforzar una fantasía de completud: la idea de que, si nos organizamos mejor, si nos esforzamos más o tomamos las decisiones correctas, podemos evitar cualquier frustración. No obstante, es inevitable no caer en ese sentimiento. Desde niños nos enseñan a perseguir metas, aunque pocas veces se nos habla de lo que no se alcanza, de lo que no se elige, como si perder fuera un error que podría evitarse.

En economía se le llama “costo de oportunidad”. En el psicoanálisis, esta experiencia emocional puede pensarse desde el concepto de castración, la cual no se refiere a una mutilación, sino al reconocimiento de una falta inevitable. Aceptar la castración significa reconocer que no podemos ser todo ni tener todo.

Esta aceptación es sumamente dolorosa. Duele porque rompe una fantasía muy profunda: la de la omnipotencia. Es esa ilusión temprana de que nada debería faltarnos, de que podríamos satisfacer todos nuestros deseos sin tener que renunciar a ninguno. Tal vez no sea casual que en México digamos “me estás castrando” cuando algo nos irrita profundamente. Más allá de su uso coloquial, esta expresión nos muestra que pocas cosas resultan tan molestas como aquello que nos recuerda que no podemos hacer, tener o controlar todo.

Freud describió el concepto de castración al desarrollar el Complejo de Edipo y en alguno de sus textos como “La disolución del complejo de Edipo” (1924), plantea que el niño debe renunciar al deseo por su madre frente a la amenaza de perder aquello que considera valioso: su propio pene. Con esta escena, Freud describe algo fundamental: desear implica también perder.

¿Qué ocurriría si realmente pudiéramos tenerlo todo? Si al elegir no existiera ninguna pérdida, si todos los sabores pudieran probarse al mismo tiempo. Entonces, nada tendría verdadero valor. En esta línea, Lacan (2009) plantea que el deseo surge precisamente de aquello que falta. Es justamente esa falta la que pone en marcha nuestro deseo y nuestro movimiento. Aceptar que algo siempre se pierde no es conformismo. Más bien significa poder disfrutar de lo que sí hemos elegido. Preferir el helado de cereza y aceptar que el de chocolate quedó en la tienda nos permite, por fin, saborear el de cereza.

Referencias:

Freud, S. (1992). La disolución del complejo de Edipo. En Obras completas (Vol. 19, pp. 177–187). Amorrortu.

Freud, S. (1992). Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos. En Obras completas (Vol. 19, pp. 259–276). Amorrortu.

Lacan, J. (2009). La significación del falo. En Escritos 2 (pp. 665–675). Siglo XXI Editores.