Iniciemos nuestro tema trayendo a la mente la escena mítica de un ser tan hermoso e irresistible que se enamora de su propio reflejo en el agua. Narciso, embelesado con una imagen que desconoce como propia, tiene un desenlace funesto al ser víctima de su propia belleza, que lo arrastra hasta la muerte.
Se podría pensar que la historia de Narciso nada tiene que ver con nosotros, pero en realidad todos guardamos un origen similar.
Freud inicialmente tomó el término narcisismo en un sentido energético, construyendo así el concepto de narcisismo primario: al inicio de la vida, toda la energía psíquica está concentrada en el propio yo, lo que implica que toda experiencia de placer parte de uno mismo, y sólo después podemos dirigirla a otros.
En un segundo plano, el narcisismo le sirve a Freud para explicar que el sí mismo es nuestro primer objeto de amor y que debemos recorrer un largo camino para amar genuinamente. Sería entonces el narcisismo un momento normal del desarrollo de la mente, del que se va saliendo poco a poco para establecer los cimientos del amor propio, de la seguridad y la confianza en uno mismo y de una parte fundamental de la identidad.
Por "identificación", en psicoanálisis se comprende un mecanismo por medio del cual tomamos elementos de otros para integrarlos a nuestra forma de ser. Es un método complejo que se presenta en diversas formas y modalidades.
Existe un tipo al que se denomina identificación narcisista, que forma parte de los recursos más tempranos con los que contamos para construir nuestra identidad, la cual puede definirse como un conglomerado de identificaciones.
La identificación narcisista en sus aspectos normales y benignos puede comprenderse como la tendencia a colocar energía psíquica en rasgos de otras personas que reconocemos en nosotros mismos. Es un mecanismo muy temprano que conservamos toda la vida; el bebé, por ejemplo, se identifica con el padre porque reconoce en él atributos masculinos que él mismo posee. El hecho de que formen parte de sí mismo de manera inicial es el requisito para identificarlos en otros.
La identificación narcisista resulta necesaria para poder socializar y salir al mundo, con lo cual se construyen las primeras relaciones.
Así ocurre, por ejemplo, cuando acudimos a una reunión en la que no conocemos a nadie y terminamos hablando con alguien que estudió lo mismo que nosotros, o con quienes encontramos algo en común: la afición por un mismo equipo deportivo, el haber coincidido en la misma escuela primaria, etc. No nos relacionamos con otros de manera casual; lo hacemos a partir de lo idéntico, a manera de espejo.
En realidad no somos del todo originales: nos vamos construyendo a imagen y semejanza de los que nos rodean; tomamos de los padres gustos, preferencias, inclinaciones y aberraciones. Existen, por ejemplo, familias en las que todos se dedican a una misma profesión; mujeres que cocinan por identificación con sus madres, de quienes toman ese don.
Para llegar a ello tenemos que ir haciendo distintas renuncias que culminen con el reconocimiento y la gratitud hacia las personas que dejaron huella en nuestra identidad. Una mujer puede reconocer y agradecer a su madre el haberle inculcado un autocuidado que en su vida adulta le permite atender sus necesidades médicas. Un hombre puede arreglar su auto y mientras lo hace recordar a su propio padre como maestro de dicha tarea.
Siguiendo las ideas de Klein y otros autores como Meltzer y Segal, los seres humanos experimentamos de manera intensa sentimientos de envidia con respecto a las cualidades y atributos de otras personas. A pesar de que tomamos de los padres muchos elementos para construir nuestra propia personalidad, no siempre se logra la capacidad para identificar y reconocer lo que portamos de nuestros objetos que ahora es parte fundante de nosotros mismos.
El motivo radica en que resulta profundamente doloroso aceptar que no somos omnipotentes. No en vano se habla de heridas narcisistas: experiencias en las que nos topamos con nuestra condición humana, ser uno más en el mundo, con lo cual descendemos de nuestro lugar de ser únicos y especiales. Esto podemos observarlo, por ejemplo, en la decepción que sentimos cuando en un restaurante al que asistimos cotidianamente no nos dan un trato especial.
Freud y otros autores como Lacan coinciden al pensar que al inicio de la vida el bebé entra en un estado de omnipotencia en el que siente que puede hacerlo todo, pensando que él y la madre se completan el uno al otro, por lo que no hay nada que les falte.
La madre mira orgullosa a su hijo, a quien idealmente percibe hermoso, y el bebé no mira a la madre sino a su reflejo como ese ser único y maravilloso que posee todas las cualidades imaginables. En la vida cotidiana pasamos por momentos así: cuando pensamos que tenemos el derecho de saltarnos una fila, cuando exigimos un trato especial o cuando nos colocamos por encima de los demás enalteciendo nuestros atributos.
En algunas personas no hay posibilidad de renunciar a esa imagen narcisista, ya que se establece como el centro de la personalidad y de la identidad. Así ocurre en los trastornos narcisistas, en los cuales se presenta una identificación con la parte grandiosa. Muestran una gran necesidad de ser admirados y de que los demás les hagan sentir que son extraordinarios; toda la energía está dirigida hacia sí mismos, por lo que no pueden entender más que sus propias necesidades.
Hugo Bleichmar describe personalidades narcisistas en las que no hay empatía con los demás: son personas amables siempre y cuando reciban la admiración que buscan; esa mirada del otro les permite mantener cierto equilibrio que se rompe ante la menor crítica, lo que despierta un estado de ira y desprecio.
Los vínculos son desechables y se eligen con base en la capacidad de los objetos de reflejarles su imagen ideal. Hay una tendencia a ocupar todo el espacio, convirtiendo las conversaciones en un escenario en el que exhiben y exaltan sus cualidades.
Se puede concluir que la identificación narcisista está presente al inicio de la vida y se conserva como un mecanismo importante que aporta a la personalidad y a los vínculos, pero que en algunos casos puede instalarse predominando como el centro, en cuyo caso se consideraría algo patológico.
Referencias:
-
Arundale, J. (2017). Identity, narcisism, and the other. Londres: Karnac.
-
Bleichmar, H. (2016). Cómo es vivir con una personalidad narcisista. Colonización Emocional. Recuperado de https://www.colonizacionemocional.com
-
Freud, S. (1910). Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci. En Obras completas, XI. Amorrortu.
-
Freud, S. (1914). Introducción al narcisismo. En Obras completas, XIV. Amorrortu.
-
Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras completas, XVIII. Amorrortu.
-
Hall, C. S. (1983). Compendio de psicología freudiana. Paidós.
-
Laplanche, J., y Pontalis, J. B. (1967). Diccionario de psicoanálisis. Paidós.
-
Winocur, J. (1996). El narcisismo y la identificación narcisista. Revista de Psicoanálisis, 53(1), 227-253.