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La última lección de Norberto Bleichmar. Semblanza póstuma | Centro Eleia

Escrito por Jorge Salazar | Jun 3, 2026 8:06:22 PM

Una vida pródiga en logros y plena de experiencias como la de Norberto Bleichmar —que deja tras de sí una huella indeleble a través de su vasta obra y su prolífico legado— no se apaga con su muerte, sino que su luz se extiende más allá de este fatídico umbral, límite infranqueable para todo ser que sella para siempre su acontecer vital, mas no su trascendencia.

Norberto fue un hombre audaz y visionario, cuya férrea determinación e inagotable vigor le impulsaron a forjar un proyecto educativo que cambió venturosamente la esencia de la enseñanza del psicoanálisis en México a partir de la década de los años noventa del pasado siglo, poco después de su arribo a nuestro país. Dicho proyecto, como es sabido, concebido con su esposa y compañera inseparable de vida, la Dra. Celia Leiberman, cobró forma en la creación de Centro Eleia, institución que, en la actualidad, treinta y seis años después de su fundación, continúa brindando con creces sus frutos prodigiosos en beneficio de la gran comunidad —alumnos, maestros y personal técnico y administrativo— que la integran y que, con su esmerada labor cotidiana, dan cabal cumplimiento a lo que fue en su origen tan solo un sueño en la mente de su creador.

Quienes lo acompañamos desde los tiempos iniciales de su fundación, primero como estudiantes, formados bajo su generoso magisterio y, posteriormente, como colaboradores, guiados por su sabia dirección, estamos profundamente dolidos por su lamentable e irreparable pérdida; empero, nos sentimos también sumamente agradecidos con él por las numerosas e invaluables lecciones impartidas por su calidad humana excepcional que —estoy cierto— continuarán fructificando en nuestro pensamiento y orientando nuestro quehacer profesional. Cada una de ellas contribuyó a que encontrásemos en el psicoanálisis un camino para enriquecer la propia vida mediante su meticuloso estudio, el ejercicio de su práctica y su transmisión a las futuras generaciones a través de la docencia.

Con su infortunado deceso, “el mundo se ha hecho más pobre y vacío”, como creyera Freud ante la experiencia de pérdida. Pero, en contraste con lo que el mismo Freud sugería como  ocasionamiento   de la melancolía, no es su sombra la que cayó sobre nosotros, sino su refulgente luz, a decir de Recalcati. Esta, como faro en la oscuridad, nos ha conducido desde siempre a buen puerto y continuará iluminando, cada vez más cálida y esplendente, nuestro mundo interior, donde Beto —como cariñosamente le llamamos—, mediante el misterioso obrar de los procesos de identificación, conservará un lugar imperecedero creado con el amor que solo las figuras dignas de admiración, inspiración y aspiración erigen dentro de uno, como bien afirmara Meltzer.

Echaremos en falta su presencia entusiasta, animosa y dispuesta a compartir sus conocimientos y experiencia con sus educandos de todas las edades y niveles académicos, así como su desinteresada participación en las actividades docentes de la escuela, donde mostraba sin reservas su aguda sensibilidad clínica, su rigor en el método psicoanalítico, su afabilidad y sentido del humor. Atesoraremos por igual la herencia intelectual que nos ha inculcado como legado y la tradición de la cual proviene para, como él mismo lo hizo en su oportunidad, trascenderla para su continuo enriquecimiento.

Radicalmente ajeno a las modas culturales y a las imposturas intelectuales, el psicoanálisis fue para Norberto una vocación profesional, un oficio artesanal y una acendrada pasión. Solo desde esta concepción adquirió sentido para él dedicar su vida a esta disciplina, situada a medio camino entre la ciencia y el arte, entre la profesión y el oficio, entre la tradición y la vanguardia, para transmitir a las siguientes generaciones esta misma convicción y liberar la práctica psicoanalítica de pesados lastres y ataduras innecesarias.

Su enseñanza privilegiaba la creatividad personal y el desarrollo del pensamiento en un ambiente caracterizado por la heterogeneidad de sus participantes, la apertura intelectual, la pluralidad de perspectivas, la discusión crítica de las ideas, la exposición ecuánime de los puntos de vista personales y la aceptación respetuosa del disenso. Combatía con vehemencia todo dogmatismo, tanto en la teoría como en la vida gremial de las instituciones psicoanalíticas; de ahí que, en su obra publicada y en las clases de Centro Eleia, defendiera siempre la libertad para abordar, sin prejuicios ni simplificaciones estériles, la complejidad de la mente humana y la cualidad infinita de sus expresiones, consideradas como objetos privilegiados de estudio e investigación del psicoanálisis. De tal modo que nos es factible concluir, como él nos enseñó, que la mente es irreductible a una sola teoría para su comprensión, por más persuasiva y penetrante que esta sea.

Sin soslayar el conocimiento de las teorías —marco imprescindible para desplegar una práctica orientada—, Norberto enfatizaba la primacía de la clínica en el quehacer psicoanalítico. Fue en la sesión, en el diálogo analítico y en las vicisitudes de la relación transferencial donde mostró su sagacidad en la indagación y comprensión del inconsciente, así como su sencillez, sinceridad y creatividad de sus interpretaciones, al convidarnos el espléndido regalo de la intimidad de su consultorio. Por este motivo, siempre nos alentaba a desarrollar el dominio de la técnica y a consolidar la ética de trabajo mediante la dedicación y constancia en las horas invertidas necesarias de estudio, análisis personal y supervisión que el oficio demanda, sin escatimar tiempo ni recursos para ello.

Al igual que Lou-Andreas Salomé, Norberto tuvo una “dulce muerte en casa” —aunque a sus deudos nos sabe amarga— como escribe Freud sobre su querida discípula y amiga en una breve nota necrológica. Norberto falleció súbitamente, sin agonía ni sufrimientos indeseables, sin enfermedades ni secuelas que mermaran su salud, vigor y lucidez. Murió trabajando y estudiando, incansable hasta el último día de su vida, ocupado en la preparación de sus tareas y en el desempeño de sus funciones como director, supervisor y maestro. Murió en paz consigo mismo y con los demás, sin llevarse nada, habiendo entregado todo lo que en vida aprendió y transmitido su saber con gran generosidad, consciente de haber tenido una vida magnífica y dejado tras de sí una obra valiosa que permanecerá incólume para la posterioridad. Nuestro reconocimiento y gratitud hacia Norberto son infinitos por todos los dones recibidos por parte de quien vivió una vida pródiga que continuará resonando en cada salón de clases, en cada pensamiento y en cada corazón.

Quienes conformamos la comunidad educativa de Centro Eleia nos solidarizamos en este penoso duelo con la Dra. Celia, sus hijos, nietos, amigos y colegas.

 

Jorge Salazar

Mayo, 2026