En la práctica clínica actual, resulta cada vez más frecuente escuchar a los pacientes comentar acerca de sus conversaciones con asistentes de inteligencia artificial (IA), como ChatGPT, Claude o Gemini, entre una sesión y otra. Datos recientes de una encuesta a psicólogos realizada por la American Psychological Association (APA) señalan que más del 77 % de los psicólogos atiende a personas que recurren a estas herramientas para autodiagnóstico, como un apoyo a la terapia, o una fuente de consulta rápida. Esta nueva realidad nos invita a reflexionar detenidamente sobre su impacto en la subjetividad y en el proceso terapéutico.
Desde la mirada psicoanalítica, la relación con un asistente de IA ha estado trascendiendo el objetivo para el cual fueron desarrollados: como una herramienta de apoyo para procesar información, redactar, resumir o explorar ideas de manera rápida, manteniendo el criterio humano para aprobar los resultados. Los pacientes suelen depositar en estas herramientas digitales fantasías y expectativas complejas ligadas a la intolerancia a la espera y frustración, al “no”, a tramitar la ausencia y la separación con los vínculos. En la clínica observamos cómo estos asistentes conversacionales se relacionan con la incapacidad del paciente de tolerar la pausa entre sesiones o con la incapacidad de tolerar la independencia del terapeuta y la alteridad de un ser humano con vida propia.
A diferencia de la relación terapéutica con un humano, que se sostiene en el otro real, la IA ofrece disponibilidad instantánea, una tendencia sistemática a la validación y la adulación y, casi siempre, le da al paciente lo que quiere escuchar. Esta interacción sin fricciones puede operar defensivamente, funcionando para algunos pacientes como una pseudocontención, o un objeto pseudotransicional que podría convertirse en un objeto fetiche, desde la teoría de Winnicott (1999), como un objeto complaciente que no permite elaborar las separaciones o las frustraciones de una relación real (Selek, 2026). O, con la idea de Esther Bick (1968), pueden también funcionar como una “segunda piel”, una envoltura que organiza las experiencias emocionales del paciente y les da una sensación de cohesión y protección cuando este aún no puede hacerlo por sí mismo, evitando así el esfuerzo psíquico que implica pensar acerca de la realidad actual (Lemma, 2025).
El éxito del trabajo analítico implica construir una alianza terapéutica con un otro real que contiene, que metaboliza las experiencias emocionales y proyecciones del paciente, apoyando en su proceso reflexivo y acompañando la transformación progresiva de la estructura psíquica a través de interpretaciones complejas que incluyen las fantasías y defensas, la relación transferencial y el análisis de la contratransferencia. Otro componente clave es el encuadre, donde el terapeuta no se encuentra disponible al instante ni responde a cada requerimiento de forma inmediata. Todas estas intervenciones son fundamentales para promover el desarrollo psíquico y optimizar las relaciones del paciente consigo mismo, con los demás y con la realidad.
Por otro lado, la complacencia de los asistentes conversacionales de IA pueden rigidizar las defensas y adormecer el pensamiento reflexivo y cognitivo, con un impacto de mayor riesgo en personas en situación de vulnerabilidad. Se han documentado casos en los que estos sistemas fallan en la detección de situaciones de peligro, llegando incluso a alentar conductas autolesivas al no contar con un juicio clínico humano. Asimismo, en pacientes graves, la tendencia de la IA a validar todo, incluyendo distorsiones o delirios, puede propiciar lo que algunos llaman una “psicosis por IA”, en la que la interacción digital se convierte en un espejo que amplifica la patología en lugar de analizarla. A esto se suma el riesgo de una adicción por disponibilidad constante, que, al ofrecer gratificación inmediata y sin fricciones, fomenta un uso compulsivo que aleja al paciente de la realidad.
Frente a este escenario, nuestro rol como profesionales de la salud mental no radica en rechazar la tecnología, sino en acoger e integrar lo que el paciente nos trae sobre estas interacciones como un material clínico adicional y valioso. Explorar por qué y en qué momentos se recurre a la IA permite aproximarnos a sus fantasías inconscientes, al temor a la soledad y a la dificultad para tolerar la incertidumbre o la ausencia del terapeuta.
Es fundamental alertar acerca de lo que se pierde cuando la necesidad de ser escuchado o acompañado se satisface de forma continua a través de una herramienta digital, que puede cumplir funciones técnicas concretas, pero no puede constituir un espacio terapéutico. El trabajo con una persona real implica encontrarse con alguien expuesto a la emoción, capaz de ofrecer una empatía genuina y de sostener los momentos de silencio, frustración o desacuerdo que son indispensables para el crecimiento emocional. Ninguna simulación digital puede sustituir la vivencia transformadora de sentirse comprendido por otro ser humano.
Si te ha pasado que hablas más con una IA que con las personas a tu alrededor, en el Servicio de Atención Psicológica de Eleia podemos ayudarte a explorar por qué.
Referencias:
American Psychological Association. (2026). Patients are bringing AI to therapy.
Bick, E. (1968). Cap. 2. La experiencia de la piel en las primeras relaciones de objeto. En Magnana J, y Juárez C. Observación de bebés. Paidós
Lemma, A. (2025). At the meniscus of self-understanding: Rethinking the examined life in technogenetic times. The International Journal of Psychoanalysis, 106(6), 1089-1107.
Selek, M. (2026). On Technology and the Ecology of Thinking: Thinking and Aliveness in the Brave New World. International Journal of Applied Psychoanalytic Studies, 23, e70060.
Winnicott, D. W. (1999). Escritos de pediatría y psicoanálisis. Paidós